
Césped y flores artificiales para embellecer Alicante. Con ustedes, el nuevo invento de nuestro Ayuntamiento. La justificación: que vivimos en una ciudad escasa de agua en la que cuesta mantener el verde natural. Que se lo digan al jardinero del Rico Pérez.
Y digo yo, ¿por qué no ponen cactus? (En la ciudad, no en el estadio, que para un año que el Hércules va bien no vaya a ser que pinche). Sí, cactus, son verdes, apenas necesitan agua, no son especialmente desagradables para la vista y, encima, te garantizas que ningún vándalo te los vaya a destrozar sin llevarse un punzante recuerdo.
Recordarán que hace un tiempo ya saltó a la palestra pública, gracias a INFORMACION, que junto al Postiguet habían instalado una palmera falsa que enmascaraba una antena. Tranquilidad, que no creo que las rosas o los geranios prefabricados que nos puedan traer sirvan de soporte a tal tipo de tecnologías.
Lo que sí me da bastante yuyu es que yo siempre he relacionado este tipo de ornamentación floral manufacturada con los cementerios. Y vale que con tantas obras en la ciudad, en Alicante por socavones no será.
Y llámenme cursi, pero me pone tristón imaginarme una escena de este tipo: una niña –vale la de Rajoy o cualquier otra– jugando en un florido parque alicantino (vale, es ficción), se acerca a un parterre, inclina su cabeza y acto seguido le pregunta a su abuela: «Yaya, ¿por qué ya no huelen las flores?». «Porque las han puesto de plástico», respondería la anciana. «¿Y por qué?», insistiría la pequeña. «Porque así no se mueren nunca», replica la mujer. «¿Y tú, yaya, puedes hacerte de plástico?». Silencio y fundido en negro.
Bien, dejemos el toque melodramático. ¿Qué me dicen de los insectos? ¿Alguien ha pensado en ellos? No vaya a ser que se «entretengan» con nosotros a falta de otros capullos –con perdón– en los que posarse.
Puestos a ser tan ahorradores con el agua –que es necesario, eso está claro–, que coloquen césped artificial en los campos de golf; que no baldeen las calles cuando está lloviendo (yo lo he visto, lo juro); que en la Ofrenda Floral a la Patrona los pétalos sean todos de nailon; y en la Cremà, nada de «ea, ea, ea, la manguera aquí no llega», todos a soplar a las hogueras como si de un cumpleaños multitudinario se tratase, hasta que se apaguen por inanición. Igual hasta alargan un día más las fiestas. Retiro esto, que la mitad de Alicante me puede poner… verde.
Oye, y si finalmente la iniciativa del verde que te quiero plástico tuviera éxito, ¿por qué no crear en Alicante un Museo del Louvre con láminas enmarcadas de la Gioconda, la Venus de Milo, la Victoria de Samotracia o El escriba sentado? ¿O por qué no votamos a falsos políticos? Bueno, eso igual ya lo hemos hecho alguna que otra vez.
Está bien que, al menos, los promotores de la idea admitan que está todavía un poco verde y se vaya a realizar antes una prueba a eso de la hierba impostora con el fin de comprobar qué tal queda y cómo respira el pueblo soberano. Más sintético, seguro.
Eso sí, preocúpense, señores jardineros municipales (¿o debería decir enmoquetadores?), de fijar bien al suelo las láminas –o como quiera que se llamen–, que si los amigos de lo ajeno se llevan ya hasta el cable de cobre, qué no harán con tan llamativas alfombras.
Y otra cuestión: apuéstense lo que tardamos en ver publicada la foto de algún despistado operario de mantenimiento regando el plástico verde. Aquí somos así.
Ay, Alacant, la millor terreta del món. Pero no es capaz de crecer en ella el césped. ¿Qué caballo de Atila la habrá pisado? Llegará un día, tal como van las cosas, que no sabremos cuánto de Alicante es verdad y cuánto mentira. Por lo menos que dejen los fuegos, que esos sí son desde siempre artificiales y, aún así, huelen.
No quiero acabar sin reproducir el lema enarbolado -nótese la intención arbórea del epíteto– para el plan municipal de plastificación vegetal: «Alicante, guapa, guapa, guapa». Olé, olé y olé. Conclusión: Alicante, a lo Isabel Preysler: guapa, guapa, guapa, pero artificial.
(Fotomontaje: Pepe Gil)