Elogio de las comparsas
No se equivoquen, que aunque este blog se titule “Alicante tiene tres cosas” y el título de este artículo hable de comparsas, no voy a escribir sobre nuestras fiestas de Moros y Cristianos. Quizá otro día.
Hoy no, hoy he elegido esa palabra, comparsa, para referirme con toda la solidaridad y todo el aprecio del mundo a aquellos que, en tantas y tantas situaciones de esta vida loca, quedan en un segundo plano; aquellos sin quienes las cosas no serían iguales y a quienes, sin embargo, nadie reconoce nunca su valía o su valor.
Por ejemplo, desde aquí quiero romper una lanza (o todas las que haya, que pago yo) en honor de cada uno de los escritores que, año tras año, hacen posible la pantomima del Premio Planeta.
En esta última edición ha habido 490 incautos -acompáñese la dedicatoria de este adjetivo con un cariñoso tirón de orejas- que decidieron gastar tiempo y energía enviando sus trabajos a un certamen más amañado que la pasada liga en Segunda División.
Un periódico publicó quién era la escritora ganadora, en este caso Ángeles ídem, el mismo día en que se iba a celebrar la gala donde el jurado debía, ejem, ejem, deliberar y escoger la obra ganadora.
También horas antes, Lucía Etxebarría, invitada al sarao, tuvo la mala suerte (¿qué habría bebido?) de confundir a una periodista con Ángeles Caso y, ni corta ni perezosa, preguntarle qué hacía ella en el autobús con toda la canallesca si tenía que recoger el premio más tarde.
En fin, son sólo unas evidencias más que apuntar a la larga lista de gazapos que dejan claro que premios como el Planeta o, sin irnos muy lejos, el Ciudad de Torrevieja o el Azorín no suelen ser más que fraudes disfrazados de una presunta literatura puesta al servicio del show-business.
Normal que haya tantas novelas aspirantes procedentes de fuera de España, un hecho que las editoriales convocantes se cuelgan como medalla. Claro, es más fácil que los extranjeros ignoren los tejemanejes del negocio patrio. Aunque Internet ayuda a que se corra la voz.
Porque, que nadie se lleve a engaño, son un negocio: se trata de vender libros. Y a un autor desconocido, por mucha calidad que tenga, no le vas a dar la pasta con la que está superdotado el galardón planetario (601.000 euros) o el de Hernández Mateo (360.000 euros). Necesitan un nombre y una cara conocidos. Y si luego escriben algo decente, pues miel sobre hojuelas.
Pero no es preciso hablar de premios literarios para indignarse viendo cómo se toma el pelo a la gente. Si tienen algún familiar, amigo o conocido que haya opositado para un puesto de trabajo en alguna administración pública, o lo han hecho ustedes mismos, puede que sepan de lo que hablo.
Un modelo de concurso oposición municipal podría tener las siguientes coordenadas: Cientos de candidatos. Muchos meses de estudio. Pocas plazas. Tan pocas que se pueden contar con los dedos de una mano. Con los mismos dedos con los que se adjudican.
Los que han empollado, los que se han lijado los codos esperan, como manda la lógica, un examen… digamos que duro. Cuanto menos, que esté a la altura del esfuerzo que les ha supuesto “comerse” esos tochos de libros sin atragantarse.
Pero no. Resulta que algunos concursos oposiciones, al igual que ocurre con el Planeta, se convocan sólo como mero trámite legal para dar el caramelo a una/s determinada/s persona/s. Y lo que debía ser una primera prueba que sirviera para “filtrar” a los realmente preparados, se convierte en un ejercicio tan sencillo que lo superaría el mismísimo Abundio, con toda su fama de tonto a cuestas.
¿Qué ocurre entonces? Que llegado finalmente el concurso de méritos, si da la “casualidad” de que entre los aspirantes hay interinos con cierta antigüedad en el departamento del puesto en juego, ya puede uno haber sacado las mejores notas, que no tiene nada que hacer. Mera comparsa.
Que conste en acta que yo nunca me he presentado a ningún certamen literario de relumbrón, ni tampoco a ningún concurso oposición, amañado o sin amañar. Conociendo el percal, para perder el tiempo mato moscas. Como algún que otro funcionario. O como algún que otro escritor con negro (literario).
Pero eso no significa que no me parezca una tremenda injusticia. Sobre todo, porque creo que hay pocas cosas más crueles que jugar con las esperanzas de la gente.
Es lo que hay: unos ponen la carne en el asador y, en cambio, a otros les ponen el plato encima de la mesa sin mover un dedo (bueno, basta con que quien manda mueva uno -el índice concretamente-). Hemos pasado de la selección natural de Darwin a la selección “digital” del homo trifasicus.
Las comparsas deberían rebelarse, plantarse de una vez: o todos moros, o todos cristianos. ¿Se imaginan un Premio Planeta con sólo dos novelas presentadas -ganadora y finalista-?
Queda el consuelo de saber que, pese a la dedocracia que tenemos tan españolizada, pese a esa cultura del enchufismo tan “corriente”, los más preparados, los constantes, los mejores, son a la larga los que hacen que todo ruede, aunque otros se empeñen en pincharles las ruedas.
En fin, vuelva usted mañana. Y si no me ve por aquí, estoy desayunando. ¿Les suena?
