Si hay un escritor anglosajón desconocido por J. L. Borges, o es que ha surgido después del tránsito a otra esfera del maestro argentino del adjetivo y la trama, del relato escueto y la ironía, o es que no se trata de un escritor que merezca ser conocido. No es el caso de Thomás de Quincey, a quien muchos tal vez puedan considerar un autor “menor” en el panorama de la literatura en lengua inglesa, pero que es un auténtico maestro de la ironía y de la afilada expresión cáustica en muchas ocasiones. Juzguen ustedes a partir de ese par de frases, que pasaré a reproducir, más adelante, del libro que hoy les invito a leer: “Suspiria de profundis”. Antes, unas necesarias consideraciones.
“Necesarias”, he escrito. Y sin duda he cometido al hacerlo una enorme falta de respeto para con los lectores de esta entrada, así como también para con mi propia persona: nunca debe ser el escribiente quien juzgue como necesarias, o como menos, (¡ o nada en absoluto!), precisas, aquellas cosas que escriba y rotule bajo el nombre de “consideraciones”: diga cada cual lo que deba y le corresponda, informe, explique, dé datos, y deje los juicios para sus lectores. Me dispensen ustedes, pues, o disculpen lo de “necesarias”, antes por mí escrito ahí arriba.
Julio César, en una de sus obras tantas veces tomadas como modelos de loable imitación, escribió en cierta ocasión aquello de “… cum vos considero, milites, in quantum periculum esse imperator et…”, y donde, (para el lector informado, sobraría lo que añado), el “imperator” era, naturalmente, el propio Julio César: que en el tiempo cuando escribió sus obras, el término “imperator” tenía únicamente el valor de “jefe supremo de un ejército”.
¡Qué deferencia del “imperator” César para con sus legionarios: poner sus propias consideraciones, las del jefe supremo, a la misma altura que las que ni por mientes se les pasarían a sus tropas! Es ese tipo de “falacia poética” a que nos habitúa la literatura en ocasiones. Pero a lo que íbamos: Thomás de Quincey.
Pleno de ternura y a la vez de ironías y hasta sentimientos que casi rozan lo sublime cuando ataca la hipocresía de una sociedad y sus crueldades, para con los niños sobre todo, para con el ser humano en general, la continuación de sus “Confesiones de un inglés comedor de opio”, el “Suspiria de profundis”, es un librito de indudable mérito. Hay imágenes en él, y reflexiones, y se apuntan pensamientos sobre mil y una cuestiones, (que atañen a la cultura clásica del autor), que, hoy, nos asombrarían. Anota a pie de página cosas que a muchos sorprenderían.
Tocaría ahora esas citas prometidas arriba. Las hay de honda poesía, como aquella en que, tras de ver el cadáer de su hermanita aún en su lecho de muerte, oye un viento que ya nunca olvidará y al que califica de… Mejor dejar que los lectores descubran por sí mismos las calidades literarias de De Quincey, como las descubrió J-L. Borges, entre otros. Y sus ironías de todo tipo. Y sus ataques, desde la más honda cultura clásica, (: cita a Virgilio de memoria, y le enmienda la plana, de paso), a aquella sociedad de su tiempo, cruel e hipócrita en tantas cosas. ¿Muy diferente de como lo es la actual? Ustedes se den sus propias respuestas. Y me permitan dé sólo una cita del libro. Es ésta: “… los niños ven con mirada más penetrante que los adultos todos los sentimientos elementales del hombre.” (pág. 65 de la 1ª Parte del “Suspiria…”): Todo el librito -son 141 páginas- está como salido de una extraña mente sabia y buena: como suele ser la de los grandes soñadores. Y De Quincey lo era. Y en alto grado. Estimamos hoy.
“Suspiria de profundis”. Thomás de Quincey. Alianza Editorial. (1985. 2008.)
Manuel Laza Zerón