alfonsina.jpgLa única obra en prosa de Alfonsina Storni ha sido repetidamente marginada por las diversas antologías publicadas hasta el momento. Y es la propia poetisa quien ha propiciado tal exclusión al infravalorar los textos recogidos en este libro a través de la breve nota que los precede. Lo que ella califica como “simples frases de estados de amor escritas en pocos días” son, sin embargo, soberbios poemas que rebosan fuerza y hondura. El trance del amor marcó la vida de la autora que un día de octubre buscó la paz adentrándose en el mar, tal y como recuerda la voz de Mercedes Sosa. Un trance que topaba con las convenciones de la sociedad bonaerense de principios del siglo pasado, resultando, por lo mismo, más arduo y lacerante, convirtiéndose así en motor de su producción literaria. Esta obra, torrencial y urgente, está dividida en cuatro partes que representan cada uno de los saltos gigantes que la pasión nos obliga a dar cuando lleva las riendas de nuestra conducta. Es una obra escrita por un corazón mortalmente herido, pero agradecido por haber llegado a descubrir su razón de ser: latir con vehemencia, “rojo, jugoso, maravillado”.

Poemas de amor, de Alfonsina Storni
(Hiperión)

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Si hay un escritor anglosajón desconocido por J. L. Borges, o es que ha surgido después del tránsito a otra esfera del maestro argentino del adjetivo y la trama, del relato escueto y la ironía, o es que no se trata de un escritor que merezca ser conocido. No es el caso de Thomás de Quincey, a quien muchos tal vez puedan considerar un autor “menor” en el panorama de la literatura en lengua inglesa, pero que es un auténtico maestro de la ironía y de la afilada expresión cáustica en muchas ocasiones. Juzguen ustedes a partir de ese par de frases, que pasaré a reproducir, más adelante, del libro que hoy les invito a leer: “Suspiria de profundis”. Antes, unas necesarias consideraciones.

“Necesarias”, he escrito. Y sin duda he cometido al hacerlo una enorme falta de respeto para con los lectores de esta entrada, así como también para con mi propia persona: nunca debe ser el escribiente quien juzgue como necesarias, o como menos, (¡ o nada en absoluto!), precisas, aquellas cosas que escriba y rotule bajo el nombre de “consideraciones”: diga cada cual lo que deba y le corresponda, informe, explique, dé datos, y deje los juicios para sus lectores. Me dispensen ustedes, pues, o disculpen lo de “necesarias”, antes por mí escrito ahí arriba. 

Julio César, en una de sus obras tantas veces tomadas como modelos de loable imitación, escribió en cierta ocasión aquello de “… cum vos considero, milites, in quantum periculum esse imperator et…”, y donde, (para el lector informado, sobraría lo que añado), el “imperator” era, naturalmente, el propio Julio César: que  en el tiempo cuando escribió sus obras, el término “imperator” tenía únicamente el valor de “jefe supremo de un ejército”. 

¡Qué deferencia del “imperator” César para con sus legionarios: poner sus propias consideraciones, las del jefe supremo, a la misma altura que las que ni por mientes se les pasarían a sus tropas! Es ese tipo de “falacia poética” a que nos habitúa la literatura en ocasiones. Pero a lo que íbamos: Thomás de Quincey.

Pleno de ternura y a la vez de ironías y hasta sentimientos que casi rozan lo sublime cuando ataca la hipocresía de una sociedad y sus crueldades, para con los niños sobre todo, para con el ser humano en general, la continuación de sus “Confesiones de un inglés comedor de opio”, el “Suspiria de profundis”, es un librito de indudable mérito. Hay imágenes en él, y reflexiones, y se apuntan pensamientos sobre mil y una cuestiones, (que atañen a la cultura clásica del autor), que, hoy, nos asombrarían. Anota a pie de página cosas que a muchos sorprenderían.

Tocaría ahora esas citas prometidas arriba. Las hay de honda poesía, como aquella en que, tras de ver el cadáer de su hermanita aún en su lecho de muerte, oye un viento que ya nunca olvidará y al que califica de… Mejor dejar que los lectores descubran por sí mismos las calidades literarias de De Quincey, como las descubrió J-L. Borges, entre otros. Y sus ironías de todo tipo. Y sus ataques, desde la más honda cultura clásica, (: cita a Virgilio de memoria, y le enmienda la plana, de paso), a aquella sociedad de su tiempo, cruel e hipócrita en tantas cosas. ¿Muy diferente de como lo es la actual? Ustedes se den sus propias respuestas. Y me permitan dé sólo una cita del libro. Es ésta: “… los niños ven con mirada más penetrante que los adultos todos los sentimientos elementales del hombre.” (pág. 65 de la 1ª Parte del “Suspiria…”): Todo el librito -son 141 páginas- está como salido de una extraña mente sabia y buena: como suele ser la de los grandes soñadores. Y De Quincey lo era. Y en alto grado. Estimamos hoy.

 

“Suspiria de profundis”. Thomás de Quincey. Alianza Editorial. (1985. 2008.)

Manuel  Laza  Zerón

Hace ya más de cinco años –cuando entré en la universidad- que empecé a practicar un deporte distinto: la esgrima. Por aquel entonces apareció publicado un libro bastante interesante que trataba del arte de la espada –arte que cumplía tres mil años-: Blandir la espada, de Richard Cohen. Un detallado manual de cómo la historia del hombre moderno y ‘civilizado[1] ha ido ligada a un trozo de metal que durante treinta siglos lo ha convertido en una extensión de su brazo.Este tratado, recomendado para aquellos que posean una amplia curiosidad histórica, nos mostrará la evolución de la forja y la tradición de distintas culturas: Occidente, Islam y Oriente. Una curiosidad –que probablemente muchos conozcan, pero la mayoría ignore- es que con la incorporación de las armas de fuego[2] en las guerras la espada alcanzó la excelencia y la categoría de arte. Pues no estaba ligada a la masiva necesidad de ganar una batalla sino a la particular obsesión por mejorar una técnica que correspondía a la lucha de un individuo contra otro individuo. Dicha obsesión llevó a los maestros de los siglos XVII y XVIII a buscar la ‘estocada perfecta’ que otorgara la victoria en los continuos duelos que se sucedieron durante estos siglos.Seguramente la parte más interesante del libro sea la última, en la que narra el desarrollo de la esgrima como una competición y deporte –evolución natural al practicarse en las universidades y ceder el protagonismo en los duelos a las pistolas- que generaría grandes rivalidades entre distintas naciones –Italia, Francia y Hungría-. Y se convertiría en la disciplina favorita de la ultraderecha europea del período entre guerras: Adolf Hitler lo utilizaría para su propaganda nazionalsocialista. Más tarde, la Unión Soviética como otro ejemplo de su ’superioridad’ sobre Occidente bajo los pabellones olímpicos.

Intrínsecamente ligado a la ambigua idea de honor se nos presenta un viejo deporte maltratado por un mundo actual que corre demasiado como para entender que “la vida es breve, la ocasión fugaz, el experimento peligroso, el juicio difícil y el arte largo”[3]. Muy largo, algo así como unos tres mil años.

RICHARD COHEN, Blandir la espada, Ediciones Destino. 


[1] Nótese la ironía.[2] Las armas de fuego, debido a la pólvora eran conocidas como armas negras. De ahí que las armas cortantes de cierta longitud sean conocidas como armas blancas.

 [3] Hipócrates de Quíos.

Hace unos días tuve una larga conversación con un reputado profesor de universidad, Catedrático de Historia e Instituciones Económicas. Hablando de la coyuntura económica que estamos padeciendo, le decía que quizá la única vertiente “positiva” que yo le veía  a esta crisis era la enorme cantidad de libros sobre economía que se están publicando y vendiendo últimamente en España o la cantidad de debates televisivos y tertulias radiofónicas en torno al tema económico que uno puede ver o escuchar a lo largo del día. Si antes eran muy pocos los que mostraban interés por el tema (los economistas siempre se han quejado de que la gente no se preocupa por tener unos conocimientos mínimos), ahora son muchos los que, afectados directa o indirectamente por la crisis, tratan de encontrar una respuesta a lo que está pasando en España y en el mundo, tratan de saber por qué no llegan tan fácil a fin de mes o por qué cuesta tanto encontrar trabajo. Donde antes se discutía sobre fútbol o sobre política, ahora se discute sobre economía con una familiaridad inopinada.

Entre esta oleada de libros sobre economía que se vienen publicando, ocupa un lugar destacado el apartado de los libros que tratan de analizar la trayectoria histórica y los orígenes del capitalismo, tratando de encontrar una posible explicación a la crisis financiera actual. Algunos son libros coyunturales como la propia crisis, libros escasamente documentados y de lectura fácil y llevadera, escritos deprisa y corriendo para aprovechar el tirón y pensando en aquellos cuya limitada paciencia no les permite profundizar lo debido. Para quien huya de esta literatura precipitada y quiera ahondar en la materia existen otras opciones más recomendables. Una de ellas es el libro que con el explícito título de Imperialismo acaba de publicar la Editorial Capitán Swing, como segundo título de su colección “Entrelíneas”.

Imperialismo es un oportuno volumen que recoge dos textos clásicos y fundadores de la teoría imperialista: “Estudio del Imperialismo”, obra pionera en la materia del economista inglés John A.Hobson e “Imperialismo. Fase superior del capitalismo”, célebre folleto escrito por de Vladímir I.Lenin. Como colofón a estos dos estudios, la edición incluye un excelente epílogo del afamado geógrafo David Harvey.

Pese al relativo desconocimiento que se tiene de ella en España, la obra de John Hobson sobre el imperialismo ha sido un trabajo de referencia para muchos de los autores que han intentado explicar el fénomeno imperialista. En obras de Rosa Luxemburgo, Hannah Arendt, Trostky, Schumpeter o Max Weber, hallamos ecos y referencias a la teoría hobsoniana. Concebido como una crítica a la política colonialista e imperial de Gran Bretaña, el análisis de Hobson parte de lo que él llama “teoría del subconsumo” y argumenta que el imperialismo británico fue la única salida al crecimiento de una economía capitalista cuyo nivel de producción no podía ser asumido por la metrópoli londinense.

Lenin por su parte, intentó demostrar en su escrito que el imperialismo no era ni más ni menos, que la fase última en la evolución del capitalismo. Con su tendencia a la formación de monopolios y oligarquías del capital financiero, el capitalismo rebasó pronto los límites nacionales y necesitó una expansión internacional (a costa de los países que vivían al margen del sistema) que permitiera exportar y acrecentar ese capital.

Tanto para aquellos que han criticado el neoliberalismo de George W.Bush como para aquellos que siguen defendiendo las ventajas del “libre mercado” como un factor tendente a la democratización, la lectura de estos dos textos les puede resultar muy ilustrativo. Si la globalización es el futuro - o ya el presente - inevitable, qué mejor que retroceder en el tiempo y ver qué tal les fue a quienes ya pensaron en el mundo como un todo, a los profetas de la “aldea global” y el mercado mundial.

 Imperialismo, John A. Hobson - Vladímir I. Lenin, Capitán Swing Libros

“Los seres humanos tienen más cosas dignas de admiración que de desprecio”. Quiero empezar con esta frase que los propios autores utilizan a modo de agradecimiento hacia sus hijos. Para mí resume un modo de afrontar la vida. Es como si leemos un libro que no nos acaba de gustar, pero del que sin duda acabamos aprendiendo algo positivo con su lectura.

Los autores centran la novela en la Barcelona del siglo XX en la que los monumentos de Gaudí va creando y armando el escenario donde se desenvuelve la trama. El hilo conductor son las construcciones modernistas realizadas por el gran arquitecto catalán. A lo largo del relato vamos apreciando la iconografía e iconología que rodea el mundo Gaudí.

María y Miguel, los protagonistas, hacen un recorrido histórico que puede ser valorado como camino iniciático y también como muestra de una acumulación, a veces forzada, de hechos históricos de hondo calado que van desde casi los orígenes de la humanidad hasta prácticamente el día de hoy, pasando por la filosofía Zen, la Kábala…, ¡y la propia Cueva de Nerja! En este último caso en un deliberado anacronismo histórico: la famosa Cueva se descubrió hace ahora 50 años. 

Llena de guiños al lector, en la novela se aprende casi de todo, (me atrevería a afirmar), menos de cómo se escribe una novela. Pese a ello, su lectura es entretenida, y como decía el genio creador del modelo moderno del género literario “novela”, don Miguel de Cervantes, “no hay libro que no nos enseñe algo, por malo que sea”. Invitaría a leer “La clave Gaudí” desde esa perspectiva, sin olvidarnos, como ya dije, de su capacidad de entretener y hasta evadir de la realidad. Como en esa variedad de cajón de sastre hay un propósito didáctico, y como desde luego aprende uno un camino a evitar si se quiere escribir una novela-novela, considero apropiado recomendar su lectura. 

Autores: Esteban Martín, Andreu Carranza

Editorial: Debolsillo, 2008.

Durante años, por una visión equivocada fruto de la infancia, creí que John Belushi había sido un rey de la taquilla gracias a las pocas películas en las que participó. Leyendo esta exhaustiva biografía escrita por Bob Woodward sabemos que no fue así. Que su éxito vino por la televisión (Saturday Night Live) y que sólo Desmadre a la americana fue un bombazo. El resto fueron descalabros económicos: 1941, Continental Divide, Mis locos vecinos… incluso The Blues Brothers (Granujas a todo ritmo), aunque haya cobrado categoría de culto con el tiempo. Belushi estuvo a punto de protagonizar una película bajo la dirección del prestigioso Louis Malle, pero murió cuando el proyecto aún estaba en fase de desarrollo. Fueron muchos los que vieron su potencial como actor: el citado Malle, Steven Spielberg, Penny Marshall, Robert De Niro, Michael Apted, Jack Nicholson

Bob Woodward (recordemos el Caso Watergate junto a su colega Carl Bernstein) entrevistó a numerosos amigos, familiares, conocidos e incluso camellos que le pasaban coca y heroína a Belushi para escribir este libro. Aquí queda constancia de su rivalidad con Chevy Chase. De sus juergas junto a Nicholson, De Niro, Ron Wood, Keith Richards o Robin Williams. De las montañas de cocaína que esnifó. De su talento en bruto, jamás explotado en cine como algunos planeaban para él. De sus caprichos de estrella. De sus días y sus noches sin pegar ojo, viviendo al límite de fiesta en fiesta. Hasta su muerte por sobredosis.

La figura de John Belushi siempre me apasionó, sobre todo por su papel como Joliet Jake Blues, junto a Dan Aykroyd. Este libro representa la mejor manera de acercarse a su lado oscuro y conocer la leyenda. Nos alegramos de su traducción en España, 25 años después de su publicación en USA.

[En cuanto a la edición: abundan las erratas, y las palabras que deberían llevar tilde y no la llevan, y algunos guiones y comillas mal puestos, y fallos de esa índole que incomodan la lectura]      

Como una moto. La vida galopante de John Belushi, de Bob Woodward

Barcelona, Global Rythm Press

gunter-grass.jpgLeí hace poco en la prensa que un equipo de científicos neoyorquinos investiga la posibilidad de crear una sustancia que elimine nuestros recuerdos de manera selectiva. Lo más escalofriante de la noticia es que las probabilidades de éxito de la investigación, por ahora limitada a ratones de laboratorio, son elevadas. La ventaja aducida por el médico que dirige el experimento es que permitiría borrar de la memoria humana vivencias traumáticas y evocaciones dolorosas. Pero borrar errores y padecimientos supone vaciar de sentido cualquier aprendizaje. Si Günter Grass llamó “Pasapresenfuturo” a su concepto del tiempo, si se atrevió a escribir poemas después de Auschwitz y si obtuvo en 1999 el Premio Nobel de Literatura es porque aprendió de un pasado sucio, marcado por la complicidad, y porque sus obras están hechas de memoria: “Aquellas primeras experiencias con la Literatura y su aparato me devolvieron atrás. Otra vez tenía diecisiete años. Fin de la guerra. La capitulación incondicional. Cautiverio en agujeros del suelo. Fotos que mostraban las montañas de gafas, zapatos y huesos. Un obstinado no querer creer”. Basta leer este conciso ensayo para comprender que es incalculable el daño que ese insensato grupo de científicos de Brooklyn podría ocasionar al arte de la escritura.

Escribir después de Auschwitz, de Günter Grass
(Paidós)

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No se debe caer en la tentación de pensar que la guerra sea un estado connatural al ser humano, en sentido estricto, y a todo cuanto es el universo y las cosas existentes en él, en un sentido más lato y con fuerte raigambre filosófica. Al menos, desde ciertas ópticas de determinados filósofos del alba de nuestra Cultura, que ahora vamos a situar en Grecia. En otros contextos, lo situaríamos en el pueblo de Israel, la Roma heredera de los clásico griegos, y el cruce de culturas y religiones que recorre, como un diablillo nada cojuelo, toda la Historia: de norte a sur y de este a oeste. Unas veces, las menos, aunando saberes y modos o visiones del mundo, y otras, las más, arrasando cuanto puede. Tal vez para que se cumpla aquella queja machadiana que rezaba “… desprecia cuanto ignora.”

El libro de Raimon Panikkar “Paz y desarme cultural” es, en su sencillez aparente y en su honda sabiduría, una reflexión que en todo tiempo, pero mucho más en el actual, debería ser de obligado ejercicio intelectual. Y también de praxis. Sobre todo en el ejercicio de la política, la economía, y la propia enseñanza y difusión de ideas. Sin ese “desarme cultural” de que habla R. Panikkar no existe posible diálogo: ni entre individuos ni mucho menos entre culturas, pueblos, y diferentes visiones del mundo y de la vida. Y sin auténtico diálogo no hay posible paz, y lo que se llama “philosophia pacis” pasa a ser un fantasma, nada más.

Cuando R. P. habla en el capitulo III de la parte primera de su librito, (: no llega a las 200 páginas, incluídas las que contienen la escogida bibliografía), de qué debe entenderse por la expresión “philosophia pacis” y aclara que en ella debe verse tanto un genitivo objetivo como uno subjetivo, y cuando pasa a continuación a explicitarse, nos damos cuenta de que estamos ante una “obra mayor” en el seno de la rica bibliografía personal del autor. Obra mayor que es ahora, en estos tiempos de crisis en tantos ámbitos, cuando más urgencia y peso retoma, siendo su lectura, (como antes dije), todo un auténtico ejercicio de auto-análisis de tipo espiritual.  Además de serlo, -se mire como se mire-, de un marcado nivel intelectual. Basta con echar una ojeada a la bibliografía que el autor cita para hacerse una idea de la tarea titánica que en esa obrita se nos resume y regala. Tarea titánica, -aclaremos lo que se dice-, que para el propio R. Panikkar seguramente nunca llegó a ser tal, sino una simple y ordenada “puesta a punto” de una cuestión crucial para el espíritu humano y su diálogo “con lo que es”.

Con la certeza de que cualquier lector medio está al nivel que este tipo de libros exige para su mejor comprensión y provechosa lectura me he atrevido a citarlo aquí, y además de citarlo, a recomendar su lectura. Raimundo Pániker Alemany, nacido en Barcelona en 1918, recibió la Medalla de Oro de Barcelona al Mérito Cultural el 31 de marzo del pasado año 2008. Hermano de otro notable intelectual catalán, (Salvador Pániker), es hijo de madre catalana y padre hindú. Su obra y su talante hacen de Raimon un autor yo diría de que inexcusable presencia en nuestras bibliotecas. Las discrepancias ideológicas entre Raimon y Salvador, (también filósofo), no hacen más que avivar el fuego de la razón que en ambos arde. E iluminan, se quiera o no, inesperados “puñetazos en la mesa”, como cita Salvador, el más joven de los dos, en su “Primer Testamento” (1990). 

Obra.- “Paz y desarme cultural”

Autor.- Raimon Panikkar Alemany

Editorial.- Espasa - Calpe. Madrid. 2002 (1ª edición en Coleccion Booker)

¿Se durmieron ustedes alguna vez en clase de filosofía? ¿Serían incapaces de hablar sobre las teorías de Sócrates, Aristóteles o Platón? ¿Salen huyendo cual estampida de búfalos cuando oyen hablar de La duda razonable? Tranquilos, tengo la solución, de manos de Francisco Giménez Gracia, quien nos plantea el reto de darle una segunda oportunidad a la filosofía (o una tercera, o una cuarta, si fuere necesario). Sacudiéndonos de encima todos los prejuicios acumulados tras largos años de bostezos ante la sola palabra Demiurgo y con una sencilla premisa: a través de la muerte de tal o cual filósofo y como éste trágico suceso es irónicamente contrario a las ideas que en vida siempre defendió. Lo sé, parece más un ejercicio de humor negro digno de Eugenio. Pero el discurrir de las páginas engancha al lector capítulo a capítulo con una cómica narración que nos integra en el entorno habitual del autor: su familia, su esposa, sus amigos.

Conoceremos por qué una vieja le jugó una mala pasada a Tales de Mileto. Por qué Pitágoras se paró en un campo de habas mientras era perseguido con malas intenciones por las tropas de la ciudad de Siracusa. Por qué el encuentro con la religión cristiana le sentó tan mal a la filosofía y como los pedagogos parecen empeñados en querer rematarla.

El autor -a quien tuve el gusto de conocer en una sala de esgrima- nos sacará una sonrisa mientras afrontamos como la cabezonería humana ha ido poniendo trabas a lo largo de los siglos al pensamiento racional. Si ustedes nunca tuvieron la filosofía como su asignatura más firme no se asusten, aprenderán a quererla. Decidirán incluso cuál es su teoría favorita: si la de Demócrito o Parménides. Todas –o casi todas- sus dudas serán respondidas. Empezando por la primera: ¿Para qué sirve la filosofía?

FRANCISCO GIMÉNEZ GRACIA, La leyenda dorada de la filosofía, Ediciones Libertarias

Dicen los expertos que los actuales son tiempos difíciles, tiempos de incertidumbre y pérdida de valores. Términos como “modernidad líquida”, “sociedad del riesgo” o “sociedad de hiperconsumo”, empleados todos ellos por eminentes sociólogos, no son más que distintas formas de referirse a una misma realidad, la de una sociedad moderna en la que todo es efímero y volátil; una sociedad en la que la duda y el recelo, la sospecha y la inquietud, nos hacen vivir en un estado de alerta initerrumpida. La traslación de esta inquietud al mundo editorial, nos brinda un panorama en el que también lo fugaz y lo pasajero se impone. Escaparates y ferias del libro nos abruman con reclamos y novedades de un mercado editorial sobresaturado, lleno de lo que un historiador italiano llamó “libros meteorológicos”: libros oportunistas – aunque pocas veces oportunos – y coyunturales cuya corta vida casi nunca justifica tanto papel y tanta tinta.

Por todo esto y por muchas otras cosas, merece la pena dirigir nuestra mirada hacia editoriales nuevas que luchan por hacerse un hueco en esa jungla de papel que es el negocio editorial nacional. Una de estas editoriales es Capitán Swing Libros, un joven sello madrileño liderado por Daniel Moreno, que ha irrumpido en las librerías españolas como quien pone una pica en Flandes, con el firme propósito de rescatar del olvido, textos clásicos de la sociología o la historiografía europea y americana que, por diferentes e incomprensibles motivos, no habían sido editados todavía en España. Libros como Florencia insurgente de Maquiavelo o ¿Por qué no hay socialismo en los Estados Unidos? de Werner Sombart, han sido su carta de presentación.

Su última novedad publicada es La guerra campesina en Alemania, un extraordinario ensayo de Friedrich Engels, del que Capitán Swing nos ofrece una edición cuidada y completísima que, además del texto de Engels, incluye un magnífico prólogo de Ernst Bloch y una serie de apéndices (correpondencia entre Marx y Engels, un texto de Martín Lutero y muchas otras cosas) que completan y enriquecen la edición. Leyendo el texto de Engels, ejemplo magistral de historia social de la Alemania medieval y las revoluciones de 1830 en Francia y 1848/50 en Alemania, sorprende pensar que hasta ahora nadie se había fijado en él. Una cosa es que Engels haya vivido siempre – editorialmente hablando – a la sombra de Marx; otra cosa distinta es que nos inunden sagas de vampiros y niños aprendices de magos, mientras auténticos clásicos como el de Sombart o éste de Engels permanezcan sin editar.

Por esto, me parece justo reconocer el esfuerzo de editoriales jóvenes como ésta que tratan de llegar a un público diferente, ofreciendo un producto cuidado y de calidad, un libro clásico de los que dan lustre a nuestras modestas bibliotecas. Esa es mi propuesta para luchar contra la crisis. Para vencer este desasosiego espiritual que reina en nuestra sociedad, para salir de esa espiral de lo precario y lo efímero, propongo una vuelta a los clásicos, un retorno a las lecciones que nos brindaron en su día los más grandes y de las que tantas y tantas generaciones han aprendido. En este sentido, propongo la lectura de Friedrich Engels porque, a diferencia de lo indigestos que nos pueden resultar algunos libros de historia que se publican actualmente, el libro de Engels es un clásico y, que yo sepa, a nadie le amarga un clásico.

 La guerra campesina en Alemania, de Friedrich Engels, Capitán Swing Libros

velazquez.jpg“El misterio de Velázquez” es un libro que nos atrapa desde el principio hasta el final de su lectura, con una prosa muy amena que te va introduciendo en la España de Felipe IV, y  en la realización del  famoso cuadro de Velázquez, Las Meninas. Podríamos decir que es una pequeña novela histórica. Para centrarnos en  el momento histórico y en los personajes que aparecen, el autor, Eliacer Cansino, al final del libro nos hace una pequeña biografía de cada uno de ellos, e incluye además una reproducción del  cuadro con la identificación de todos sus figurantes. Con estos datos es obra que resulta así muy acertada para la iniciación en la comprensión de la Obra de Arte y su realización. Y en este caso concreto, la Pintura. A través de su lectura se puede apreciar cómo el artista se enfrenta al lienzo en blanco y sus avatares para conseguir plasmar su visión artística en un trozo de tela. Aquí la lucha ante el lienzo desnudo se ve en el enfrentamiento entre Velázquez y Nerval, al que el autor del libro llega a convertir en un ser diabólico. (¿Como una especie de Mefistófeles?).

A la vez que Velázquez pinta Las Meninas podríamos decir que  E. Cansino va pintando ante el lector, con ágiles palabras, la  Corte Española del siglo XVII y la creación novelada de este cuadro. La voz del narrador del Misterio de Velázquez es Nicolasillo uno de los innumerables enanos que poblaron la corte de Felipe IV.

Como diría Barbarica, una de las meninas, “la luz se lleva dentro” (frase que hace repetir el autor de la novela, en alemán, a Nicolasillo: man trägt das Licht in sich). Pero también está la luz dentro de toda obra de arte. Y Velázquez es uno de esos grandes artistas que supo pintar la luz interior de cada personaje, incluso podemos observar esa luz en todos los cuadros que salieron de sus pinceles. ¿Acaso no ha habido algún crítico que afirmó que Velázquez era capaz de pintar incluso el aire, el espacio?.

Autor: Eliacer Cansino.

Editorial Bruño.

marcuse.jpgQue nuestra opulencia descansa en la sobreexplotación de recursos propios y ajenos y que el elevado coste del tren de vida occidental lo van a pagar las generaciones futuras no es ningún secreto. El papel que la publicidad juega en este perverso engranaje es más importante de lo que parece, pues además de actuar como combustible para hacer funcionar la maquinaria consumista a ritmo desaforado, corre un tupido velo sobre las consecuencias que desencadena un tipo de economía basada en el productivismo que sufre en estos momentos una grave crisis estructural. Un tipo de economía que ha imperado y sigue imperando tanto en los Estados que idolatran el libre mercado como en los que han representado hasta ahora el socialismo real (China, que no por casualidad ha acudido recientemente al rescate de Wall Street, es uno de los países en los que impera con mayor ímpetu la ley fundamental del capitalismo salvaje que todo lo sacrifica en pro del máximo beneficio empresarial). Es decir, en todas partes la publicidad acelera la velocidad del vehículo en el que viajamos al tiempo que nos oculta el nada apacible destino de nuestro viaje. Concebida así como un arma de doble filo, el Grupo Marcuse la convierte en objeto de una crítica radical en este lúcido ensayo políticamente incorrecto.

De la miseria humana en el medio publicitario, del Grupo Marcuse
(Melusina)

Me acuerdo de la lectura de Me acuerdo (Je me souviens), de Georges Perec, y de cómo deseé que se tradujera al castellano Me acuerdo (I Remember), la versión original del norteamericano Joe Brainard en la que aquel se inspiró, y de la alegría que supuso encontrar finalmente este título entre las novedades de Sexto Piso.

Me acuerdo de, mientras estaba leyendo y disfrutando estas anotaciones de Brainard, apuntar en la memoria que su autor va desglosando su mundo en pequeños fragmentos, pero también el nuestro, nuestro universo repleto de trozos del pasado: los chicles pegados bajo las mesas de clase, el vacío de los domingos, las chucherías que nos animaron la niñez, las leyendas urbanas, los temores juveniles, los primeros roces sexuales, los múltiples descubrimientos.

Me acuerdo del placer inmediato que sentí al abrir el libro y leer las primeras líneas y al continuar su lectura, un volumen delicioso que contiene las palabras de un hombre bisexual y provocador capaz de hacer una obra maestra con sus recuerdos de infancia y juventud, y me acuerdo de asombrarme por su manera de ofrecer unos treinta años de vida sólo con fragmentos, con miniaturas, con observaciones profundas y con observaciones banales, pues nuestra existencia está construida con ambas: aquello que nos enriquece y aquello que nos motiva, y me acuerdo de pensar “Tengo que recomendarles este libro en El Lector Sin Prisas”.

Me acuerdo, de Joe Brainard

México / España, Sexto Piso

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