sobrevivir.jpgEl oxímoron es una figura retórica que combina dos palabras de significado opuesto en la misma estructura sintáctica. El oxímoron está de moda entre los tecnócratas, que han acuñado expresiones como “guerra limpia” o “fuerzas de paz” para hacernos digerir lo indigerible. Serge Latouche analiza en este libro una de estas antinomias: “desarrollo sostenible”. La lógica desarrollista es incompatible con la conservación del planeta y sólo dejaremos de fabricar antinomias cuando comprendamos que somos nosotros los que nos tenemos que adaptar al entorno porque el entorno nunca podrá adaptarse a una economía que no le permite regenerarse, una economía que tiene tanta prisa en obtener beneficios que ni siquiera tiene tiempo para levantar la vista y contemplar el abismo al que se aproxima. El decrecimiento, como sostiene Latouche, no sólo es ineluctable, sino que podría servir para paliar desigualdades. No se trata de un retroceso sino de una redefinición del concepto de bienestar. Se trata, en palabras de Latouche, de “renunciar al imaginario económico, es decir, a la creencia de que más es igual a mejor”. No será sencillo, pero nos va la vida en ello.

Sobrevivir al desarrollo, de Serge Latouche
(Icaria)

Dice el prologuista de “Dalí o el antioscurantismo”, casi al final de su presentación de la visión que da René Crevel de la obra del gran pintor universal que era Salvador Dalí, que “… acabó divorciándose de todo menos de Gala y de sí mismo”. Dalí. No es cierto. Dalí nunca se divorció de su profundo compromiso con lo que era el arte en todas sus manifestaciones, en especial la pintura. Si un buen día el de Cadaqués se decide a firmar una serie de infolios en blanco, es sólo para lanzar a la cara de los “grandes cornudos putrefactos del siglo” la profunda distancia que el genio veía entre advenedizos de tres al cuarto con su generación en los mejores creadores representada, como pueden ser Lorca o Buñuel, entre otros.

El libro de R. Crevel no nos parece un libro: está más cerca de lo panfletario que de lo crítico serio. Es una visión muy sesgada, muy lateral, y finalmente bastante desacertada, de lo que significa y es y contiene la obra pictórica de Salvador Dalí. Crevel tuvo la desgracia de sufrir una intensa “pérdida del sentido de la realidad” -lo que finalmente le llevaría al suicido- y esa pérdida de lo que las cosas son en su más íntima y honda esencia es, a nuestro juicio, lo que le hace “ver” (como ve) en “interpretar” (como interpreta) lo que alcanzó a conocer de la obra daliniana. ¡Con toda razón el propio Salvador Dalí desautorizó y se proclamó contrario a cuanto se decía en el libro del infortunado René Crevel!

Si hemos de ser sinceros, la única validez “real” que tiene el libro es que nos vale para mejor trazar la bio-bibliografía de René, pero no, nunca, para mejor entender ni mucho menos para asumir la interpretación que da de la genial obra del primer pintor de humanismo pleno, de Renacentismo en su más alta esencia, del siglo XX, que era S. Dalí.

Dalí o el antioscurantismo

René Crevel 

Ed: El Barquero 2003 


Para estas noches heladas, mientras las calles se llenan de nieve y da pereza salir, conviene contar con un clásico como Charles Dickens. Es uno de esos autores que nunca fallan, que siempre reconfortan y entretienen. La edición de estos relatos escogidos sobre fantasmas resulta muy oportuna. De ello se ha encargado Impedimenta. 

Afuera se vislumbra un tiempo de perros. Así que uno coge este libro, se sirve una infusión caliente y hace nido en el sofá y lee las historias sobre gente que se aparece en el momento en que, en otras tierras lejanas, su cuerpo sucumbía; sobre espectros que confiesan su condición, aunque no puedan revelar los secretos del más allá; sobre guardavías a quienes los espíritus anuncian grandes catástrofes; sobre hombres que no creen en estos misterios, pero acaban creyendo; sobre individuos asesinados que regresan a los lugares que solían frecuentar o a las casas donde murieron.

En algunos hay, incluso, espacio para el humor. Como en “El letrado y el fantasma”, en el que un hombre convence, al espectro que lo importuna, de la necesidad de viajar por otros rincones, y no sólo por aquellos lugares donde fueron desgraciados en vida. Lo dicho: bendito sea Dickens y su eficacia narrativa. 

  
Para leer al anochecer. Historias de fantasmas, de Charles Dickens
Madrid, Impedimenta

Gerardo de Nerval pertenece a ese tipo de escritor que encuentra su más firme y fiel público crítico cuando ya el tiempo ha dejado de ser cosa suya, pero continúa siendo algo (el tiempo) donde sus obras siguen, con toda vigencia, en plenitud: la que desde un principio deberían haber tenido, pero por esos ¿azares? de la historia, en cualquiera de sus formas, -del arte, de la literatura, de los usos sociales, de las ideas…-, pasaron un tanto poco valoradas durante los años en que su autor pudo haber saboreado esa fama que con entera justeza sin duda mereció. Me refiero a sus obras más puramente literarias, creativas, pues las de crítica o las traducciones sí fueron valoradas en vida del autor, así como sus colaboraciones en la prensa de la época.

“Las hijas del fuego” es un libro que contiene una multitud de inicios de otros libros, como embriones de obras diversas. Es un libro pleno de carisma, polimórfico, complejo en apariencia: como compleja debió de ser la mente de su creador. Su lectura no ha perdido en absoluto interés. Sus páginas conservan un indudable frescor, y si en algunos casos se deja ver en exceso la impronta del siglo en que fuera escrito y concebido, en nada eso dificulta ni desdice la modernidad que hemos ahí arriba señalado. G. de Nerval, sino todo lo contrario:  su visión del sueño como una especie de segunda vida cobraría tiempo después renovado valor.

En la dedicatoria de su “Les filles du feu” usa Nerval el término “surrealismo”, como en su momento señalarán destacadas figuras del célebre movimiento que, si tiene a André Breton como cabeza visible, es en Salvador Dalí donde más firme expresión plástica cobra. Gèrard de Nerval pertenece por derecho propio a esa estirpe de “hijos de un fuego”, que no es sino la percepción de “el otro lado” de la realidad a la vez que de la propia limitación humana, lindando con un ansia de infinitud, y que lleva a muchos, en efecto, a ese acto de difícil calificación como es el suicidio. Nerval, nacido en París  en 1808, acabó sus días ahorcándose de una farola de la gran ciudad un malhadado día de 1855: hijo, pues, de un fuego que acabó devorándole.

La lectura de “Las hijas del fuego” es interesante. Una obra que a ratos puede parecer caleidoscópica, a ratos de alta inspiración, pero que en todo momento mantiene viva la atención del lector. La traducción que para Cátedra se ha hecho es de suma calidad y refleja una perspicacia de los valores de las lenguas, tanto la traducida como aquella a que se vierte, que el lector agradece. De todos sus relatos destacaría “Aurelia”, no sólo por su influjo en los surrealistas, sino por su intensa captación de lo que hemos llamado “el otro lado de la realidad”.

Plantearía al lector una tarea: tratar de leer “Las hijas del fuego” como un libro actual, no como una obra de honda inspiración romántica ni como preludio de la enorme tragedia que sobrevino a la mente, ya muy afectada, de Gerardo de Nerval, quizá el romántico más adelantado a su tiempo que ha dado la literatura francesa. O si no el que más, desde luego sí que uno de ellos. Termino: quien vive el arte como un fuego, acaba por él devorado, consumido, quemado. Pero, ¿acaso se puede vivir el arte de otro modo que como un fuego? Flote la respuesta entre los libros, al aire de sus páginas. O quede libre en el viento, como nos cantó  Dylan décadas atrás.

“Las hijas del fuego”, de Gerard de Nerval.

Cátedra. Letras Universales. Edición de 1990.

Edición de Fátima Gutiérrez. Traducción de Susana Cantero.

La carcajada inteligente, sin relación alguna con el esnobismo ni los chistes grupales, difícil es de encontrar entre tanta majadería y brocha gorda, y no menos componer lo que la provoque. Sin discutir estilos o grados de finura, pero habiéndola, ironía, absurdo o mordacidad, siempre es más inasequible lo cómico que lo trágico, y de cualquier manera, lo hilarante que lo serio. Los trajines de Eduardo Mendoza, en el buen sentido, constituyen el humor inteligente de amplio espectro en nuestra literatura, y el protagonista de tres de sus obras, la personificación del delirio mental y chusco: un detective oligofrénico del que un comisario se sirve para investigar cierta desaparición en un colegio barcelonés de madres lazaristas, ya que conoce los ambientes más ingratos de la sociedad, no dispuso de “otra escuela que la calle” ni de “otro maestro que las malas compañías”, no tiene una hebra de cebollino, le es posible ensuciar su nombre sin detrimento ajeno y pueden librarse de él “sin empacho”.
Tal es la propuesta de El misterio de la cripta embrujada, la aventura inaugural de este investigador improvisado, extravagante e ingenioso, una novela dicharachera, ocurrente, viva, desfachatada, verborreica, que circula casi con disimulo por los tiempos espasmódicos de la Transición, te induce a mantener una sonrisilla en los labios durante la lectura y prorrumpir a menudo en una risotada con las ideas de este, ejem ejem, individuo. Conjuga parodia, picaresca y esperpento, y hará las delicias de todo aquel que valore, sin ofuscarse, la carcajada inteligente.

EDUARDO MENDOZA, El misterio de la cripta embrujada, Seix Barral.

El difunto Camilo José Cela inaugúró su carrera como novelista con esta historia en los primeros años cuarenta del siglo XX. Sirva como anécdota aquella, que el propio Cela contó en una ocasión, en la que tras publicarse éste, su primer libro, fue corriendo a una librería para ver quien lo compraba. Observó que un hombre había comprado dos libros y uno era el suyo. Se acercó amablemente al hombre y se confesó autor del libro; que con mucho gusto si el quería, le firmaría. El hombre, estupefacto, miró el libro. Después miró a Cela y salió corriendo como alma que lleva el diablo. El otro libro que había comprado y tenía colocado en primer lugar era: La Guerra de las Galias de Julio César.
La novela de Cela, que aun no ha alcanzado tanta trascendencia histórica consta de una curiosa estructura narrativa. Primeramente un trancriptor encuentra el manuscrito del protagonista: Pascual Duarte. Se trata de un convicto que escribió sus memorias antes de morir con intención de calmar su conciencia. Las memorias ocuparán la mayor parte del libro. Al final de este dos cartas ajenas al protagonista aportarán una visión externa de su muerte. Así, Cela, nos aporta distintos puntos de vista sobre un mismo hecho. la confesión reflexiva de Pascual Duarte será la que más se aleje de frivolidades. Nos servirán de tren, mediante un lenguaje tosco y arcaico, que nos llevará por una España rural profunda donde la miseria hace acto de presencia a cada momento. Dónde es la verdadera protagonista.


CAMILO JOSÉ CELA, La Familia de Pascual Duarte, Destino.

84-8310-934-4_bigjpg.jpegEn los años treinta del siglo XX, Salvador Dalí se obsesiona por El Ángelus , de Jean Francois Millet (pintor francés realista de mediados del XIX que muestra en ese cuadro a una devota pareja campesina que interrumpe la labor a mediodía para rezar).Dalí interesado como estaba en la posibilidad de conferir un valor objetivo a su mundo de experiencias irracionales, convirtió la actividad paranoico-crítica en un método para descubrir nuevas imágenes y nuevas asociaciones de ideas. Este sistema daliniano implica además un método hermenéutico que llevaría al genial pintor a transformar el Ángelus de Millet, es una alegoría erótica y no una obra de significado religioso católico. En este ensayo el autor atribuye a dicho cuadro, que se halla en el Louvre, tal significación. Además su hipótesis del ataúd existente entre las dos figuras de campesinos, queda demostrada cuando tiempo después el Louvre somete al cuadro de Millet a un análisis con rayos ultravioletas y se descubre, en efecto, que había habido un ¨arrepentimiento¨ : el ataúd.

Para el pintor catalán el Ángelus era la obra pictórica mas turbadora, enigmática, densa y rica en pensamientos que haya existido jamás: y además es una de las obras pictóricas más reproducida a lo largo de la historia. En este libro podemos contemplar  las distintas versiones que hace Dalí del cuadro de Millet, así como las similitudes con otras obras a lo largo de la historia de la pintura universal.

En definitiva, el autor utiliza el método paranóico-crítico para desmenuzar el cuadro de Millet, y se vale además de sus propios sueños.

Con la lectura de este libro podemos contemplar el cuadro de Millet con los ojos de Salvador Dalí, y recibir a la vez una verdadera clase magistral de Arte.

Para finalizar me quedo con su frase “Jugando a ser un genio se llega a serlo”, sin duda Él lo consiguió.

Salvador Dalí

El mito Trágico de “El Ángelus” de Millet

Editorial: Tusquets, 1998

relato.jpgEn 1955 Gabriel García Márquez era un joven reportero desconocido que trataba de hacer periodismo en un diario bogotano esquivando la censura de la dictadura militar del general Gustavo Rojas Pinilla. En febrero de ese año ocho tripulantes de un destructor de la Marina de Guerra de Colombia desaparecieron en una tormenta caribeña. Tras cuatro días de búsqueda infructuosa fueron declarados muertos oficialmente. Pero uno de ellos, milagrosamente, salvó su vida y apareció diez días después del accidente en una playa del norte del país. El joven Gabo reconstruyó su historia, que fue publicada por entregas en el periódico para el que trabajaba con detalles que pusieron en un aprieto al gobierno. El cierre del diario llegó meses después del escándalo político. Pero más allá de la valentía del periodista y del náufrago a la hora de hacer pública esta aventura sin faltar a la verdad, hay algo fascinante que nos descubre, y es la obstinada fortaleza de la mente, que es capaz de resistir en situaciones extremas incluso cuando el cuerpo se ha rendido: “Hay un instante en que ya no se siente la sed ni el hambre. Un momento en que no se sienten ni los implacables mordiscos del sol en la piel ampollada. No se piensa. No se tiene ninguna noción de los sentimientos. Pero aún no se pierden las esperanzas”.

Relato de un náufrago, de Gabriel García Márquez
(Tusquets)

Harold Brodkey ya había publicado El alma fugitiva, una de las novelas más reputadas de Norteamérica, cuando un médico le diagnosticó que padecía sida. En 1993. El escritor, casado con Ellen Schwamm, no mantenía relaciones homosexuales desde el 77. El primer sorprendido por su enfermedad fue él mismo.
Lo que me interesaba de este libro, la memoria de Brodkey durante los años que le quedan (hasta 1996), no era su declive ni su descripción de la agonía, sino la manera en que convivió día a día con la enfermedad. Era un enfermo caprichoso, inquieto y, a veces, insoportable. Él lo reconoce en el libro, y es su mujer quien apechuga con todo.
A partir de la noticia de la enfermedad, el autor retrocede para desvelar algunos recuerdos de infancia, los de una vida difícil: huérfano desde niño, fue vendido a los Brodkey, y su padre adoptivo abusó sexualmente de él. Harold Brodkey acepta su muerte y nos va relatando cómo se siente: años repletos de altibajos, con un estado de ánimo que se desplaza entre la felicidad conyugal absoluta y la tristeza por una vida que quizá esté cuajada de errores. Quien busque detalles demasiado escabrosos o cierta piedad del autor por sí mismo, no los encontrará. Es un buen libro, aunque tal vez se eche en falta más garra en las últimas páginas.  

Esta salvaje oscuridad. La historia de mi muerte, de Harold Brodkey
Barcelona, Anagrama    

Hay un libro singular que por una gran cantidad de azares y coincidencias, (desde ahora, reitero que no creo en el azar. Llamamos “azar” al desconocimiento de las causas de las cosas. No hay, pues, “casualidades” sino causalidades. Lo casual no existe más que como un modo de hablar comúnmente aceptado), es obra última del célebre sabio suizo, publicada con el título de “El Hombre y sus símbolos. Contiene la única obra escrita por Jung para poner al alcance del público no especialista el “quid” de la Psicología Profunda, la noción del “sí-mismo”, la de “la sombra”, la del “ego” como elemento iliminador de un continente mucho mas vasto:  el que conocemos como “ Inconsciente”, ya se trate del personal o del “incosciente colectivo”. En términos generales, constituye un libro de importancia impar, como quiero razonar con la mayor brevedad que me sea posible.Creo no exagerar si afirmo que la obra del famoso discípulo de Freud, maestro al que llega a superar y desde el que forma su propia escuela de investigadores de la Psique humana, estaría entre los diez libros más importantes del siglo XX en el terreno de lo que se llaman “Humanidades”, incluída la propia obra de Sigmund Freud, La Interpretación de los sueños (de 1900).

Esta obra divulgadora de Carl Gustav Jung fue la última que escribió. Que lo hiciera, es una historia aparte en la que juega un importante papel la constancia de un periodista (J. Freeman), así como la fidelidad de una serie de discípulos del maestro suizo, -fallecido en junio de 1961-, que bajo su dirección, (que a la postre sería la última), se avienen a publicar junto al propio Jung otras obras explicativas de la que genera el libro en su totalidad. Jung era extremadamente cauteloso con lo que publicaba. Sólo se avenía a divulgar un saber cuando estaba absolutamente convencido de que ello iba a beneficiar a más o a menos cantidad de público “lego” en la materia, pero nunca a perjudicar a nadie.

Y además, sólo accedía a dar el “sí, quiero” a lo que se le proponía cuando desde su propio interior “algo” le decía que debía hacerlo. No otra cosa es lo que le ocurre cuando accede a escribir el primer prólogo en lengua inglesa para una obra muy antigua de tipo oracular: el I King o Libro de las Mutaciones, escrito en la China de unos 4000 años antes de Cristo. Pero esto es otra historia que también está narrada, y por el propio investigador del mundo de lo onírico, Jung, entre otras muchas cosas de antropología, símbolos, arquetipos, religiones antiguas…etc. En la edición completa del “I King” (o “I Ching”) puede leerse ese prólogo. (Me refiero a la edición en castellano de Edhasa, precedida de un soneto, expresamente escrito para el evento, de Jorge Luis Borges. Manejo la vigésimo séptima edición de la mencionada editorial, que es del año 2003).

Ahora pasemos a hacernos una pregunta: ¿Y si todo lo que el ser humano hace no diera de sí sino un des-estructurado “unus mundus”, - esto es, el mundo como un todo (“unus mundus”) en la Mens Dei, pero des-estructurado por el propio hacer humano a partir de ciertos vericuetos de la Historia de la Humanidad? Si es así, la Psicología Profunda de Jung, y con ello todo el arte, la pintura, la literatura, la música, el cine, los cuentos de hadas, el folklore en su totalidad, los mitos…, etc., todo eso, parece apuntar a esa idea.

La Mente Humana, representada como un círculo donde hay un centro primordial (el “sí-mismo” junguiano) y una zona de luz (la consciencia, con el “ego” como centro iluminador) y donde está lo que ciertas tribus o cuasi tribus de la Península del Labrador llaman el “Gran Hombre” -con el que buscan contactar a través de sueños o de prácticas chamánicas y otros metodos- y que coincide con “el sí-mismo” de que habla Jung…, eso, la Mente Humana así vista, para nosotros es en la práctica algo hasta cierto punto “intemporalizante”. No es que la llamada “cuarta dimensión”, cual es el Tiempo, no exista. Es que existe “de otra manera” en el Universo Onírico, en el Espacio Mítico, en el eterno psicodrama que es lo vital activo.

Para todo lector culto la lectura de este libro resultará fascinante, sin duda alguna: no sólo se aprende a conocer más de sí como persona, sino a mejor entender  sueños, hábitos, el folklore de los pueblo o naciones, de las culturas actuales o primitivas. Y se acaba por comprender que desde tiempos prehistóricos eso que llamamos “humanidad”, en puridad, ha cambiado muy, muy poco. Asombroso, ¿verdad? Pues atrévanse a comprobarlo por ustedes mismos, y accedan a ese singular libro, que de fijo que sus páginas acabarán por atraparles: si no en los escritos del propio Jung, sí en los de Marie-Louise von Franz, o cualquiera de los otros discípulos de Carl Gustav que colaboran con artículos y estudios en la obra.

“El Hombre y sus símbolos”, de C. G. Jung

Editorial Paidós, 2ª edición. 1977

Me compadezco de quienes dicen escribir por ímpetus desazonadores, para resistirse a su angustia existencial a base de pinchazos de tridente en el trasero, como el dramaturgo reconvertido en guionista de aquella fascinante obra coeniana. Sin embargo, a no ser que el devenir de uno cuente con un pelotón de continuas miserias y, al tiempo, disponga de ratos para la escritura, ni los infinitos males del mundo ni una personalidad lúgubre, cínica y remilgada disculpan no hacer frente a los primeros con arrojo y, nunca, vivir soltando ayes como si no marchara criatura más triste que uno sobre la faz de la tierra. Escribir ha de ser útil, estimulante y enriquecedor, tanto para quien emborrona cuartillas como para la sociedad, y sobre todo, divertido; y me juego cien maravedíes de plata a que Luis Martín-Santos se lo pasó como nadie al redactar Tiempo de silencio.

Líbrense los lectores de creer que le acuso de divertirse con el sufrimiento de sus personajes, con la amargura de lo que relata, lo que supondría atribuirle un sadismo absurdo, pues me refiero a que no son muchas las ocasiones en que me ha tomado la seguridad de que un autor escribe poco menos que como si fuera a darse una pavonada, seduciendo en cada oración y jugando con el lenguaje, imprimiendo un estilo inconcebible para la era del monocorde, con un aire maravillosamente barroco, intelectual y heterogéneo, dejando atarantado a todo el mundo, con una sonrisa bobalicona, poniendo en guardia a la censura; y no puede evitar que el regocijo se le escape de manera no tan sutil en la ironía y la acidez con que describe los estratos urbanos de la capital y, por extensión, de una cultura y de una época, ni que me sobrecoja al leer sobre “las imágenes lamentables” de un existir de padecimientos, inopia y mediocridad, la descripción lúcida y despiadada de la que, como muchos todavía y por entonces, bailaba frente al palio.

LUIS MARTÍN-SANTOS, Tiempo de silencio, Seix-Barral.

Que vivimos en un mundo cuyas direcciones tienden al bipolarismo es algo evidente. El ser humano, pese a su desarrollado racionalismo, no está exento de sus instintos primitivos que lo conducen en ocasiones a posturas radicales. Existen para esto las normas sociales, destinadas a regular nuestro comportamiento. Pero derivado, precisamente, de ese bipolarismo del que hablaba, incluso estas normas tienden a transformarse en sus antónimos con el sucesivo paso de las épocas. Algo hay en nosotros que intenta romper con lo que anteriormente hemos sido o nos han inculcado. Por ejemplo: el Barroco, estilo que padece de horror vacui crónico, sucedió a un austero clasicismo renacentista. Y así podríamos citar numerosos ejemplos.

William Golding nos plantea esta cuestión en El señor de las moscas: Un grupo de niños sobreviven en una isla tras un accidente de avión. La ausencia de adultos empuja a que los niños mayores sean quienes asuman el papel de líderes. Hartos de una corta vida llena de reglas y carentes de una normativa social profunda todos los intentos por organizarse como una comunidad resultan vanos.

El ritmo de la historia avanza de forma pausada, pero inexorable. Pasaremos de la playa al bosque bajo y de éste a la selva. Poco a poco la intriga nos envolverá como si nosotros mismos atravesáramos la islay fuéramos descubriendo la cima de la montaña que la corona. Cada vez más despojados de los rastros de civilización haremos el camino evolutivo a la inversa. Bajaremos la montaña por el otro lado.

Para entonces la estaca habrá sustituido a la caracola y el gruñido a la palabra. El contrato social habrá desaparecido.

WILLIAM GOLDING, El señor de las moscas, Alianza Editorial.

Compré “El arte de rechazar una novela” para un amigo que acababa de escribir un libro, y me pareció oportuno regalarle éste, para que fuera acostumbrándose a lo que le esperaba.

El arte de rechazar una novela recopila las cartas escritas por 99 editores para rechazar un manuscrito de 99 formas diferentes.

Es un libro muy interesante para todos aquellos que nos gusta la literatura, ya que nos permite sentir lo que todo escritor alguna vez al ponerse en contacto con las editoriales: El rechazo, en muchas formas diferentes; algunas de ellas tan increíblemente originales y ocurrentes que nos harán sonreír e incluso sentirnos un poco culpables por habernos atrevido a molestar a esas personas todopoderosas que deciden qué libros pasan la criba y podrán ser leídos por el gran público, y cuáles, como el nuestro, no merecen más que el desprecio, el sarcasmo o el paternalismo más ñoño (entre muchas otras respuestas).

Para que entendáis mejor qué tipo de libro es “El arte de rechazar una novela” os pongo unos extractos de tres cartas que me han gustado especialmente:

“Hay que ser desgraciado, ofrecernos un libro tan hermoso para que se nos haga la boca agua y retirarnos el bocado justo antes de que hayamos tenido tiempo de cerrarla. Felizmente tengo intuición. Váyase a publicar a otra parte y deje trabajar a las personas honradas”

“Jamás publicaremos un manuscrito tan abyecto y grosero. Le prohibimos que en el futuro nos vuelva a enviar algo que haya salido de su mente, a todas luces enferma. Hágase ver por un médico y manténgase alejado de la literatura. Usted no sabe lo que es y ya ha ensuciado demasiado papel”

“No podemos publicarlo ¿Cómo podría una pequeña editorial como la nuestra darle a usted una remuneración que esté a la altura de semejante obra maestra? Nuestros medios son demasiado modestos como para asumir las responsabilidades del éxito que le espera. Es una empresa demasiado grande para nosotros”

Iván Adrián Martínez Ricarte
ivan@librosyliteratura.es

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