Nathan Englander supuso una revelación para la crítica con este título, en el que reúne nueve cuentos (¿Un guiño a Salinger?), de los cuales al menos cinco resultan estupendos y uno de ellos sublime. Y más valía que fuese así, dado el trabajo que me ha costado hacerme con un ejemplar del libro, tras recorrer librerías madrileñas y librerías de internet. Creo que me enteré de la existencia de este autor gracias, cómo no, a Rodrigo Fresán. Dicen que emparenta con Woody Allen, por tratamiento de sus personajes. Sus criaturas suelen ser judías, así que yo añadiría conexiones con Philip Roth y con otros autores judíos con tendencia a cultivar un humor que examina sus tradiciones con cierto cariño y algo de mala leche.

Situaciones absurdas

El humor de Englander a veces conecta con el absurdo. Como en el cuento El gilgul de Park Avenue, en el que un gentil tiene de pronto una revelación: un alma judía habita en su interior. Su mundo cambiará desde entonces, tratando de adaptarse a las costumbres judías, lo cual implica enfrentarse a su mujer, que no está dispuesta a tolerar lo que ella cree es una crisis de madurez o un desequilibrio psicológico. Y su esposa pregunta: “¿Por qué la gente que descubre la religión tiene que ser siempre tan extremada?”. En el relato que da título al volumen, un hombre observa compungido el rechazo de su mujer: no quiere acostarse con él y la situación puede desencadenar una ruptura. El marido acude a pedir consejo a su rabí, y éste le recomienda contratar los servicios de una prostituta que calme sus necesidades; de este modo, podrá alejarse de su mujer sin agobios, hasta que ella decida regresar a sus brazos. El rabí dice: “Uno está autorizado a llegar hasta donde haga falta con tal de conseguir la paz en el hogar”. El hombre inquiere: “Pero, ¿una prostituta?”. El rabí responde: “Para el alivio de insoportables impulsos”. O pensemos en El vigesimoséptimo hombre, en el que un grupo de escritores rusos conversan antes de ser fusilados.

Pero es el último cuento, en el que Englander abandona el humor, el más brillante de todos: se titula He aquí nuestra sabiduría. El narrador se libra por los pelos de morir en un atentado en Jerusalén. Le aconsejan que debe vivir igual que antes, metido en la rutina. Pero ya nada puede ser como antes: “La tremenda sacudida ha quedado atrapada en mis manos. Los sonidos de ayer prendieron en mi cabeza. Me presiono repetidamente un oído, como un nadador. Un problema menor de frecuencia, sin duda. He adquirido el zumbido congénito de los oídos de Jerusalén”.

Para el alivio de insoportables impulsos, de Nathan Englander

Lumen, Barcelona

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