Una habitación propiaLa interpretación de Nicole Kidman en el papel de Virginia Woolf en la película Las Horas (The Hours), supuso – además del Oscar del 2002 a la mejor actriz para la australiana – el primer contacto para muchos con una figura ignorada hasta ese momento, la escritora británica Adelina Virginia Stephen, más conocida como Virginia Woolf.

Para aquellos que la ya la conocían, Woolf es sobre todo una novelista consumada, con un manejo inigualable de las voces narrativas y la introspección psicológica de sus personajes, valores que han hecho de esta autora y de algunas de sus obras – en especial La señora Dalloway, Al faro u Orlando – ejemplos insuperables de la técnica que conocemos como monólogo interior.

Pero hay una parte fundamental de la producción woolfiana desconocida todavía hoy para el gran público. Me refiero obviamente a los dos ensayos feministas recogidos en el libro Una habitación propia (A Room of One’s Own). Se trata este libro de una auténtica joya literaria, tanto por su valor simbólico – el hecho de que fuera una mujer acomodada socialmente la que denunciara la situación del sexo femenino - como y sobre todo, por la riqueza de unas metáforas visuales, algunas de las cuales han pasado ya a la historia de la literatura feminista. Recoge este librito los textos de dos conferencias que pronunció Virginia Woolf en la Universidad de Cambridge, donde fue invitada para hablar sobre un tema concreto: “Las mujeres y la novela”.

¿Qué necesitan las mujeres para escribir buenas novelas?

Cuando todo el mundo esperaba un discurso erudito sobre las novelistas británicas en boga, Woolf sorprendió a todo el mundo lanzando una pregunta al vacío: ¿qué necesitan las mujeres para escribir buenas novelas? La respuesta la dio ella misma: todo cuanto las mujeres necesitaban para escribir novelas era solamente una cosa, independencia económica y personal, esto es, una habitación propia.

Partiendo de esta base, Woolf hace un recorrido por la historia de la mujer y su secular dependencia del hombre. Denuncia las dificultades que siempre ha tenido cualquier mujer para poder escribir, estudiar, leer, o simplemente expresar su opinión. La sumisión económica y social de la mujer al varón, la ha privado de cualquier cosa parecida al tiempo libre, al tiempo para uno mismo, a la vida privada en definitiva. Esta tradicional sujeción de la mujer a los imperativos de una sociedad patriarcal es retratada por Woolf con una inteligencia extrema, un lenguaje sutil y afilado, lleno de metáforas e ironías, pero a la vez de denuncia desgarrada y queja profunda por una situación que le provoca malestar, que considera tremendamente injusta.

La hermana imaginaria de William Shakespeare

Entre los episodios memorables que la lectura de esta obra nos ofrece, es célebre la historia que narra Woolf sobre la hermana imaginaria de Shakespeare. Qué habría pasado – se pregunta Virginia -, si en pleno siglo XVI, la osadía de un mujer le hubiera hecho creer que podía ser actriz de teatro o incluso actor como lo fue Shakespeare. La respuesta nos la da ella misma: lo mínimo que le hubieran dicho es que no estaba en sus cabales, que no sabía lo que estaba pidiendo…

virginiawoolf Pero más allá de la belleza literaria de este libro, pienso que es la actualidad de su mensaje lo que más invita a su lectura. La libertad que reclamaba Woolf para la mujer en el Londres de los años treinta, es la misma independencia que persigue la mujer – y también los hombres obviamente – en los inicios del siglo XXI. En nuestra sociedad posmoderna y globalizada, donde todo se mide en términos sociales y de masas, es el individuo común el que reclama un espacio propio para si mismo, un hábitat inviolable e íntimo en donde poder expresarse. Esta necesidad de reclamar una independencia personal – ausente en la vida de muchas mujeres hasta hace bien poco – es precisamente la mayor originalidad de Virginia Woolf y lo que hace a su feminismo, universal e imperecedero. Así, lejos de perder su vigencia con el tiempo, la personalidad de Virginia Woolf y su mensaje se alza ante nosotros como algo que por nuestro propio bien, no nos convendría olvidar.

Virginia Woolf, Una habitación propia, Seix Barral, Barcelona, 2001.

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