Me compadezco de quienes dicen escribir por ímpetus desazonadores, para resistirse a su angustia existencial a base de pinchazos de tridente en el trasero, como el dramaturgo reconvertido en guionista de aquella fascinante obra coeniana. Sin embargo, a no ser que el devenir de uno cuente con un pelotón de continuas miserias y, al tiempo, disponga de ratos para la escritura, ni los infinitos males del mundo ni una personalidad lúgubre, cínica y remilgada disculpan no hacer frente a los primeros con arrojo y, nunca, vivir soltando ayes como si no marchara criatura más triste que uno sobre la faz de la tierra. Escribir ha de ser útil, estimulante y enriquecedor, tanto para quien emborrona cuartillas como para la sociedad, y sobre todo, divertido; y me juego cien maravedíes de plata a que Luis Martín-Santos se lo pasó como nadie al redactar Tiempo de silencio.

Líbrense los lectores de creer que le acuso de divertirse con el sufrimiento de sus personajes, con la amargura de lo que relata, lo que supondría atribuirle un sadismo absurdo, pues me refiero a que no son muchas las ocasiones en que me ha tomado la seguridad de que un autor escribe poco menos que como si fuera a darse una pavonada, seduciendo en cada oración y jugando con el lenguaje, imprimiendo un estilo inconcebible para la era del monocorde, con un aire maravillosamente barroco, intelectual y heterogéneo, dejando atarantado a todo el mundo, con una sonrisa bobalicona, poniendo en guardia a la censura; y no puede evitar que el regocijo se le escape de manera no tan sutil en la ironía y la acidez con que describe los estratos urbanos de la capital y, por extensión, de una cultura y de una época, ni que me sobrecoja al leer sobre “las imágenes lamentables” de un existir de padecimientos, inopia y mediocridad, la descripción lúcida y despiadada de la que, como muchos todavía y por entonces, bailaba frente al palio.

LUIS MARTÍN-SANTOS, Tiempo de silencio, Seix-Barral.

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