Harold Brodkey ya había publicado El alma fugitiva, una de las novelas más reputadas de Norteamérica, cuando un médico le diagnosticó que padecía sida. En 1993. El escritor, casado con Ellen Schwamm, no mantenía relaciones homosexuales desde el 77. El primer sorprendido por su enfermedad fue él mismo.
Lo que me interesaba de este libro, la memoria de Brodkey durante los años que le quedan (hasta 1996), no era su declive ni su descripción de la agonía, sino la manera en que convivió día a día con la enfermedad. Era un enfermo caprichoso, inquieto y, a veces, insoportable. Él lo reconoce en el libro, y es su mujer quien apechuga con todo.
A partir de la noticia de la enfermedad, el autor retrocede para desvelar algunos recuerdos de infancia, los de una vida difícil: huérfano desde niño, fue vendido a los Brodkey, y su padre adoptivo abusó sexualmente de él. Harold Brodkey acepta su muerte y nos va relatando cómo se siente: años repletos de altibajos, con un estado de ánimo que se desplaza entre la felicidad conyugal absoluta y la tristeza por una vida que quizá esté cuajada de errores. Quien busque detalles demasiado escabrosos o cierta piedad del autor por sí mismo, no los encontrará. Es un buen libro, aunque tal vez se eche en falta más garra en las últimas páginas.  

Esta salvaje oscuridad. La historia de mi muerte, de Harold Brodkey
Barcelona, Anagrama    

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