Ríome, que para eso estamos, de quienes desprecian una obra de arte por la presumible liviandad de su contenido y ponen cara de haber masticado alguna sabandija, como si únicamente lo sesudo contase con el privilegio de chismorrear sobre lo que importa, es decir, sobre el ‘quid pro quo’ del medio ambiente, lo humano y lo impío, pues la omnipotencia de los dioses y la veracidad de ambos es cuestión propia de las roncerías, fraudes e intimidaciones de cualquier papanatas. Resulta de lo más triste la incomprensión de que los elementos más cultos no son indispensables en una buena obra artística, que será tal si reluce de algún modo y se mantiene alejada de lo chabacano.
Jardiel Poncela, el dramaturgo innovador, inestable y poco aprehendido en su momento al que los estrujones femeniles dejaron huella en la solapa y los comentaristas enardecieron su afán, estuvo en boca de estos esnob que cultiparlan, cultipiensan y no advierten el jugo de algunas manifestaciones populares. En Cuatro corazones con freno y marcha atrás, un dignísimo triunfo de crítica y asistencia, Jardiel demostró lo que pocos tuvieron al unir factores tradicionales y un rumbo diferente, la rebeldía que se enfrentaba al pasado escénico con originalidad, ritmo y apostura, el embate contra el esquema al uso, las permanentes humoradas con cabriolas, las diabluras verbales, los estrambóticos  conflictos y el don de dirigir los dardos al centro de la diana. Y como cosecha, una extravagante obra de ficción científica sobre el brete de la inmortalidad y sus contrasentidos, las relaciones humanas en lo que no se concibe, la hartura de lo interminable; un espectáculo insólito pero verosímil, entusiasta y divertido cuyos derroteros no se transitarían de no ser por el tesón, según sus propias palabras, de este adelantado de chispa.

ENRIQUE JARDIEL PONCELA, Cuatro corazones con freno y marcha atrás, Vicens Vives. 

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