Otras lenguas


No puedo evitar que una mueca burlona y una mirada de conmiseración asomen a mi semblante al advertir cómo se desgañitan algunos partidarios del nacionalismo, ya fueren meros patriotas fervorosos o luchadores independentistas, cuya simpleza de órganos es igual de lamentable que su petulancia e ineptitud para ver más allá de sus narices, asumir que antes son individuos del género humano, que la nuestra es la misma travesía, y comprender que la organización estatal contemporánea es la más razonable, que el céfiro irresistible que globaliza sopla desde siempre y, erradicando sus agudas imperfecciones, es positivo que lo haga.

Quizá no tendría que mirarles de ese modo si leyeran una obra con un epígrafe pragmático y bien feo redactada por Eric Hobsbawm, ángel y no apóstol de Cambridge, de las ballenas y la revolución dual, en la que el marxista británico aborda el asunto nacionalista con una nitidez y erudición envidiables: Naciones y nacionalismo desde 1780, preparada tras las Conferencias Wiles que impartió hace ahora veinticuatro años. No sé si debemos agradecerle más el apunte de los orígenes ideológicos nacionalistas y la historia de las construcciones nacionales, hito contemporáneo de la humanidad para gozo de Rousseau, con sus periodos territoriales, de autodeterminación sociocultural y wilsoniano, o que meta el dedo en la llaga refiriéndose a la ingeniería unificadora de la cultura e identidad estatales, a las adulteraciones de la “mitología programática” en orgullos patrióticos y multitud de arrebatos de emancipación, ajenas a la certidumbre histórica, y los conflictos con la progresiva supranacionalidad. Pero conviene acordarse de la tesis del viejo Maurice Block, citada y compartida por Hobsbawm, según la que “el principio de nacionalidades es legítimo cuando tiende a unir, en un conjunto compacto, grupos de población dispersos, e ilegítimo cuando tiende a dividir a un estado”.

Si bien no suele darse, hay ocasiones en que la ironía popular alcanza cotas de genio, y nunca he olvidado el grafiti que contemplé sobre una tapia manchega, con la misma expresión burlona y francamente complacido, durante una pausa para estirar los miembros en uno de tantos viajes, que así rezaba: “El Bonillo es una nación”. Estoy seguro de que Hobsbawm, si pudiese leerlo, pues allí seguirá aún para todo el que deseare verla, hubiese estallado, como yo, en una sonora carcajada.

ERIC HOBSBAWM, Naciones y nacionalismo desde 1780, Editorial Crítica.

Hace unos días tuve una larga conversación con un reputado profesor de universidad, Catedrático de Historia e Instituciones Económicas. Hablando de la coyuntura económica que estamos padeciendo, le decía que quizá la única vertiente “positiva” que yo le veía  a esta crisis era la enorme cantidad de libros sobre economía que se están publicando y vendiendo últimamente en España o la cantidad de debates televisivos y tertulias radiofónicas en torno al tema económico que uno puede ver o escuchar a lo largo del día. Si antes eran muy pocos los que mostraban interés por el tema (los economistas siempre se han quejado de que la gente no se preocupa por tener unos conocimientos mínimos), ahora son muchos los que, afectados directa o indirectamente por la crisis, tratan de encontrar una respuesta a lo que está pasando en España y en el mundo, tratan de saber por qué no llegan tan fácil a fin de mes o por qué cuesta tanto encontrar trabajo. Donde antes se discutía sobre fútbol o sobre política, ahora se discute sobre economía con una familiaridad inopinada.

Entre esta oleada de libros sobre economía que se vienen publicando, ocupa un lugar destacado el apartado de los libros que tratan de analizar la trayectoria histórica y los orígenes del capitalismo, tratando de encontrar una posible explicación a la crisis financiera actual. Algunos son libros coyunturales como la propia crisis, libros escasamente documentados y de lectura fácil y llevadera, escritos deprisa y corriendo para aprovechar el tirón y pensando en aquellos cuya limitada paciencia no les permite profundizar lo debido. Para quien huya de esta literatura precipitada y quiera ahondar en la materia existen otras opciones más recomendables. Una de ellas es el libro que con el explícito título de Imperialismo acaba de publicar la Editorial Capitán Swing, como segundo título de su colección “Entrelíneas”.

Imperialismo es un oportuno volumen que recoge dos textos clásicos y fundadores de la teoría imperialista: “Estudio del Imperialismo”, obra pionera en la materia del economista inglés John A.Hobson e “Imperialismo. Fase superior del capitalismo”, célebre folleto escrito por de Vladímir I.Lenin. Como colofón a estos dos estudios, la edición incluye un excelente epílogo del afamado geógrafo David Harvey.

Pese al relativo desconocimiento que se tiene de ella en España, la obra de John Hobson sobre el imperialismo ha sido un trabajo de referencia para muchos de los autores que han intentado explicar el fénomeno imperialista. En obras de Rosa Luxemburgo, Hannah Arendt, Trostky, Schumpeter o Max Weber, hallamos ecos y referencias a la teoría hobsoniana. Concebido como una crítica a la política colonialista e imperial de Gran Bretaña, el análisis de Hobson parte de lo que él llama “teoría del subconsumo” y argumenta que el imperialismo británico fue la única salida al crecimiento de una economía capitalista cuyo nivel de producción no podía ser asumido por la metrópoli londinense.

Lenin por su parte, intentó demostrar en su escrito que el imperialismo no era ni más ni menos, que la fase última en la evolución del capitalismo. Con su tendencia a la formación de monopolios y oligarquías del capital financiero, el capitalismo rebasó pronto los límites nacionales y necesitó una expansión internacional (a costa de los países que vivían al margen del sistema) que permitiera exportar y acrecentar ese capital.

Tanto para aquellos que han criticado el neoliberalismo de George W.Bush como para aquellos que siguen defendiendo las ventajas del “libre mercado” como un factor tendente a la democratización, la lectura de estos dos textos les puede resultar muy ilustrativo. Si la globalización es el futuro - o ya el presente - inevitable, qué mejor que retroceder en el tiempo y ver qué tal les fue a quienes ya pensaron en el mundo como un todo, a los profetas de la “aldea global” y el mercado mundial.

 Imperialismo, John A. Hobson - Vladímir I. Lenin, Capitán Swing Libros

Dicen los expertos que los actuales son tiempos difíciles, tiempos de incertidumbre y pérdida de valores. Términos como “modernidad líquida”, “sociedad del riesgo” o “sociedad de hiperconsumo”, empleados todos ellos por eminentes sociólogos, no son más que distintas formas de referirse a una misma realidad, la de una sociedad moderna en la que todo es efímero y volátil; una sociedad en la que la duda y el recelo, la sospecha y la inquietud, nos hacen vivir en un estado de alerta initerrumpida. La traslación de esta inquietud al mundo editorial, nos brinda un panorama en el que también lo fugaz y lo pasajero se impone. Escaparates y ferias del libro nos abruman con reclamos y novedades de un mercado editorial sobresaturado, lleno de lo que un historiador italiano llamó “libros meteorológicos”: libros oportunistas – aunque pocas veces oportunos – y coyunturales cuya corta vida casi nunca justifica tanto papel y tanta tinta.

Por todo esto y por muchas otras cosas, merece la pena dirigir nuestra mirada hacia editoriales nuevas que luchan por hacerse un hueco en esa jungla de papel que es el negocio editorial nacional. Una de estas editoriales es Capitán Swing Libros, un joven sello madrileño liderado por Daniel Moreno, que ha irrumpido en las librerías españolas como quien pone una pica en Flandes, con el firme propósito de rescatar del olvido, textos clásicos de la sociología o la historiografía europea y americana que, por diferentes e incomprensibles motivos, no habían sido editados todavía en España. Libros como Florencia insurgente de Maquiavelo o ¿Por qué no hay socialismo en los Estados Unidos? de Werner Sombart, han sido su carta de presentación.

Su última novedad publicada es La guerra campesina en Alemania, un extraordinario ensayo de Friedrich Engels, del que Capitán Swing nos ofrece una edición cuidada y completísima que, además del texto de Engels, incluye un magnífico prólogo de Ernst Bloch y una serie de apéndices (correpondencia entre Marx y Engels, un texto de Martín Lutero y muchas otras cosas) que completan y enriquecen la edición. Leyendo el texto de Engels, ejemplo magistral de historia social de la Alemania medieval y las revoluciones de 1830 en Francia y 1848/50 en Alemania, sorprende pensar que hasta ahora nadie se había fijado en él. Una cosa es que Engels haya vivido siempre – editorialmente hablando – a la sombra de Marx; otra cosa distinta es que nos inunden sagas de vampiros y niños aprendices de magos, mientras auténticos clásicos como el de Sombart o éste de Engels permanezcan sin editar.

Por esto, me parece justo reconocer el esfuerzo de editoriales jóvenes como ésta que tratan de llegar a un público diferente, ofreciendo un producto cuidado y de calidad, un libro clásico de los que dan lustre a nuestras modestas bibliotecas. Esa es mi propuesta para luchar contra la crisis. Para vencer este desasosiego espiritual que reina en nuestra sociedad, para salir de esa espiral de lo precario y lo efímero, propongo una vuelta a los clásicos, un retorno a las lecciones que nos brindaron en su día los más grandes y de las que tantas y tantas generaciones han aprendido. En este sentido, propongo la lectura de Friedrich Engels porque, a diferencia de lo indigestos que nos pueden resultar algunos libros de historia que se publican actualmente, el libro de Engels es un clásico y, que yo sepa, a nadie le amarga un clásico.

 La guerra campesina en Alemania, de Friedrich Engels, Capitán Swing Libros

Escribir es un vicio, una delicia, una necesidad para algunas personas; y cuando Sinesio de Cirene redactó Elogio de la calvicie en el siglo de los hunos y los zen, quizá poseído por la lujuria de las letras que engendra, pare y cría composiciones literarias, ya que la otra sólo induce a leer, lo hizo por puro divertimento, por estima de lo mundano, de las pequeñas cosas que conciernen a la actividad cotidiana y nos complacen. El disfrute de productos artísticos y la magnitud de éste, entretenida, liberadora y feliz, no esconde relación alguna con su importancia como arte según la trayectoria e hitos de ésta: Sinesio afirma en su ensayo que los pelones tienen mejor juicio que los cabelludos y lo razona, enfrentándose a otro elogio de Dión Coceyo, ya que, ejemplifico, de entre el ganado, las lanudas ovejas “son las más idiotas”; y no pretende con su audacia ascender a los altares de la filosofía, sino divertir y, si acaso, reivindicar de un modo implícito el valor de las pequeñeces si se elaboran con soltura e inteligencia.
Elogio de la calvicie es un sutil juguete argumentativo que ha logrado arrancarme alguna que otra carcajada, culto y anecdótico, muy superior al triste razonamiento previo que hubo de inspirar tal crítica del calvo de Cirene al disertante de Prusa, que no era ningún pelón melancólico por lo que Sinesio expone; si bien, al tratarse de un juguetito sin importancia, de una bagatela intelectual, hay que divertirse con su aptitud sofista y su paradoja neoplatónica y no tomárselo en serio. El filósofo procura seducir sin manejar nociones trascendentes; ni falta que hace. De cualquier forma, lo llamativo sería considerar que la prelambrera de Dión, según la tesis de Sinesio, constituya un indicio en apoyo de tan simpático disparate.

SINESIO DE CIRENE, Elogio de la calvicie, Errata Naturae.

No muchos protagonistas de la historia han conseguido el triste honor de ser llamados monstruos. De ellos, a causa de su contemporaneidad y del hito en las atrocidades que favoreció, Adolf Hitler es la bestia negra, un hombre de chicha y nabo, compañero en secundaria de Wittgenstein, que sedujo a los alemanes con carisma retórico, escenificó sus deseos de victoria, desagravio y grandeza y les puso en mente al traidor, al culpable de todas las desventuras patrias: el mismo judío que, según rumores, engendró a su padre largo de manos.

Hay desacuerdo en torno al origen de su inferencia antisemita, a si surgió en los bretes que sostuvo con estudiantes judíos y reforzose por otras circunstancias o sólo cuando le fue de utilidad en sus escenificaciones, pues su demagogia no les influiría y era un público que le negaba el aplauso. Quizá con objeto de discernirlo, de advertir la manera en que le fue posible reconocer los demonios sociales sin equivocación alguna y manejarlos eficazmente a gusto de sus ambiciones, hundir a una nación en la infamia y “llevarse a un mundo” con él, los análisis se multiplican. Si se es de la opinión de que la verdadera personalidad asoma en periodos de crisis, los últimos catorce días de ‘Herr Wolf’ en su búnker berlinés deben de antojarse significativos; polémicos si sirven para exhibir al monstruo con emociones tan humanas como la ira, la desesperación y el afecto por sus incondicionales, pues ofende a la obtusa y melindrosa conciencia general que ve a los malvados casi como a alienígenas, a seres de otra raza que perpetran crímenes que ellos serían incapaces de llevar a cabo.

De tal se ocupa el difunto y controvertido Joachim Fest en El hundimiento, un relato esmerado y riguroso del derrumbe nazi, donde el ‘Führer’ planea maniobras lunáticas y aúlla ante la traición en un fárrago apocalíptico de paranoia asesina y ejércitos inexistentes; y fuera, escombros, agujeros de obuses y cadáveres por doquier, suicidios y orgías desenfrenadas en un país al que un grupo de hombres brutales, apoyado por la mayoría y dispuesto a resistir inútilmente para ahondar en la tragedia de la derrota, había conducido a la aniquilación.

JOACHIM FEST, El hundimiento, Galaxia Gutenberg.

vita.jpgSostengo en mis manos una edición argentina de las tragedias de Esquilo, manoseada, cuarentona, a punto de desbaratarse, lo que le confiere un aspecto acorde con la antigüedad de su contenido y, tal vez, acentúe mi veneración. Algo disparatado, posiblemente; la consecuencia de unir, de relacionar mi apasionamiento por los libros con rúbricas literarias antiguas, supervivientes, y un soporte en decrepitud.

Delfín de la epopeya homérica según Wilamowitz-Moellendorff, se dice que Esquilo compuso casi un centenar de obras trágicas de las que, sin duda, sólo conservamos siete. Aristófanes le hizo vencedor y no a Eurípides en su certamen dionisíaco e infernal de Las ranas, los modernos le pescaron siglos después, el titán de la roca, el buitre y la cadena se convirtió en estandarte de románticos, cultos y progresistas, Esquilo ayunó y los occidentales comieron.

Con delicadeza, melindre frente al deterioro, repaso y escruto las páginas de la fatalidad, la desmesura y la idealización, en las que suplicantes huyen y ejércitos persas son destrozados, benefactores afrontan castigos, se atacan polis y se ejecutan terribles venganzas, del esfuerzo inútil en el ser humano por resistirse a su destino y sin escape para la iniquidad, absurdo de un demócrata religioso, innovador, artista de la catarsis y la conclusión equilibrada, con el que siempre disfrutaré más, y perdónenme, que con los coñazos medievales: la paradoja de lo que es menos antiguo y, a la vez, está más apolillado. Si bien son las ideas las que definen los avances, no hay otro porvenir para el que escoge lo que se acomoda a sus intereses de entre las llamas ofrecidas por el titán.

ESQUILO, Tragedias, Gredos.

conversaciones-con-woody-allenAún recuerdo el rótulo de algunas de sus primeras películas en la marquesina del cine Carlos III. Era una de esas típicas marquesinas a lo norteamericano, con unos aleros iluminados, con el título de la película compuesto letra a letra. Aquel cine daba un aire cosmopolita a la calle donde vivía, que en aquel entonces era el centro neurálgico de mi ciudad. Recuerdo en especial Bananas y Stardust Memories. En aquella época mucha gente hablaba sobre aquel joven talento de la comedia, de aquella terrorífica secuencia de la cabeza de un caballo en una cama de El Padrino o sobre la secuencia de la mantequilla en Último tango en París.

Pocos años después, una noche que mi tío estaba enfermo, decidimos sacar entre todos la cama de su habitación y ponerla en el salón. El pobre no quería perderse la película que echaban esa noche en la tele. La mayoría nos subimos a la cama de mi tío como un improvisado Edgardo. Fue una noche de risas, sobre todo cuando Woody Allen (Virgil Starkwell) sale de la prisión con una improvisada pistola hecha de jabón pintado de betún. A la mañana siguiente, mientras desayunaba,  le dije a mi madre: “Mamá, supongo que voy a dedicarme al cine”. A mi madre eso le pareció tan extraño como a la madre de Alvy cuando éste le cuenta por qué se preocupa: “El universo se expande” y recuerdo que, como ella, me trató de poner en la línea recta con algo como un “Brooklyn no se expande” (Annie Hall). Desde entonces, creo que no me he perdido ni una sola de sus películas. Yo no creo en Dios, creo en Woody Allen.

Este libro no es un libro de recuerdos

Es un documental escrito por Eric Lax a través de sus conversaciones con Woody Allen durante más de treinta años. El libro, de modo inteligente, no está estructurado cronológicamente, sino que responde a los ámbitos de trabajo de Woody Allen desde la idea hasta el producto final (la idea, el guión, la dirección, el reparto, la música…). Será fácil comprender que la parte mas  destacada es la del guión.  Así, este libro de casi 500 páginas echa a caminar para volver atrás una y otra vez, sin que eso produzca cansancio alguno. Además, uno se siente identificado con cualquiera de los dos conversadores. No es fácil encontrar pasajes faltos de interés.

Woody Allen desentraña su manera de trabajar. Se extraña de haber podido hacer cine durante tanto tiempo y que se lo haya permitido ese monstruo ciclópeo de Hollywood. Habla de sí mismo como un trabajador con suerte. Es agradable leer cómo se plantea el trabajo, cómo reescribe constantemente, hasta el punto de volver a rodar una película por entero cambiando el ochenta por ciento del reparto porque no le gusta el resultado (September); cómo elimina tramas de la historia porque no funcionaban, aunque estén interpretadas por grandes como Vanessa Redgrave… Es agradable leer sobre la pasión de Woody Allen por la música (posiblemente el norteamericano que más sabe sobre la música de ese país entre 1900 y 1950), sobre los comienzos titubeantes (las partidas de poker con David Niven y Telly Savalas mientras ellos ruedan Doce en el patíbulo), sobre su seguridad injustificada y sobre la época actual.  En fin, comenzamos leyendo un libro sobre un joven redactor y un joven guionista de televisión y terminamos leyendo las conversaciones de dos viejos amigos que hablan del futuro, siempre de la próxima película con la misma pasión que ponían en los primeros escritos. A pesar del mucho tiempo pasado y de las muchas películas estrenadas.

Creo que Conversaciones con Woody Allen es una buena lectura para cualquiera, pero si usted, además es guionista o escritor(a), puede que se sienta un poco más comprendido y acompañado.

Conversaciones con Woody Allen
, Eric Lax, Lumen, Barcelona, 2008.

Si hay una tragedia, un suceso catastrófico real que haya conmovido al mundo, un Apocalipsis tangible, una historia fascinante con los ingredientes apropiados para ser novelesca, se trata, sin el espíritu en péndulo de Vigil, de la zozobra del Titanic. Con todo, fue Hans Magnus Enzensberger, intuitivo ensayista de la liberación mediática, el que lo supo al escribir sobre tal zozobra seis décadas después y dos antes de que hiciese añicos la taquilla de cine; y reconoce que es un filón para poetas: una osadía de la industria naval, su primer crucero, la tribu representada en magnates del tipo del tordo, burgueses de renta media y pobretones emigrados, un telegrafista mameluco y descortés que enoja al buque que no se halla muy lejos, la ambición que no le ve las orejas al lobo, botes escasos y, a la hora de la verdad, un desperdicio; un iceberg que se dirige hacia ellos inexorablemente, el choque, el pánico, la miseria humana, baúles chorreantes, la pugna de rangos por la supervivencia, unos músicos que tocan sus acordes hasta que el océano glacial e inclemente les acaricia los tobillos, una mujer insumergible y un capitán a punto de jubilarse que se hunde con su barco, asido al timón.

El hundimiento del Titanic, de Enzensberger, es una obra poética y pictórica que abriga más desencanto que marxismo, si bien se alude a Lenin y un agitador brama en la entrecubierta; pero, aunque los pasajeros le escuchan, no le comprenden; y, tras el naufragio, la civilización sigue su curso con destino a una nueva hecatombe; y continúan los juegos de cartas y la neblina gris en el salón de fumar, los masajes, los baños turcos, las saunas finlandesas, los champanes y el ridículo té con sacarina; y así terminará el mundo, “con los vítores de hombres ingeniosos que se toman todo a broma”, en palabras de una puta. Sus libérrimos treinta y tres cantos, que tienen más de crónica, desazón y reproche que de elegía, son un análisis caótico e imprevisto en verso libre de la sociedad contemporánea, de la conducta de Occidente resumida en las horas del cataclismo, e incluso una hipótesis acerca del saber, una caja vacía, que no comparto; y la duda irremisible de por qué hay lamentos si no se atiende a razones, por qué se enjugan las lágrimas y seguimos nadando.

HANS MAGNUS ENZENSBERGER, El hundimiento del Titanic, Anagrama.

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A propósito de un ensayo de la Profesora M.J. Balsach sobre J. Miró

Es el choque entre espíritu y materia lo que más, quizá, las almas eleva a cimas o hunde en abismos. El artista suele saber de esos cielos e infiernos. Los ha recorrido más de una vez. Alguna, desde luego. Y después el crítico, el lector docto de su obra, debe ser capaz de seguir las huellas de la aventura total, ya esté resuelta en obra plástica, ya escrita para la lectura. O para la interpretación musical. Y así se forma una especie de tríada, : autor-obra-lector/crítico, que se suele situar en el centro mismo de nuestra cultura.

Es curiosa esta palabra, “cultura”, en la que muy brevemente nos vamos a detener para decir que se relaciona, por su raíz, (indoeuropea: /kwel-/), con:“culter”, (=  “reja del arado”), y su diminutivo “cultellus”, (= “cuchillo”), y con “cultus”, (= “cultivado”), y “colo”,“colere” (= “cultivar, ejercitarse en algo”. Y también “habitar”). La raíz ide. nos lleva también, curiosamente, a conceptos como “rueda” y “arado”. Eso, entre otras conexiones que ahora debemos dejar al margen, no sin antes razonar que todo lector avezado, docto, actúa como un muy especial “habitante o frecuentador” de la obra, y como una especie de “cuchillo” que sobre la misma se cierne, y la rodea, la va envolviendo con su mirada, la acecha, casi : abriendo caminos, esclareciendo sentidos, haciéndonosla, en definitiva, “campo arado” sobre el que los menos doctos podemos luego sembrar. No estaría acaso de más recordar aquí aquella imagen de la famosa “navaja” de Guillermo de Occam: Porque nada es redundante en el fantástico ensayo de la profesora MªJ. Balsach.

Porque resulta que el crítico de una obra, (pictórica, en este caso), es un lector muy especial, “rara avis” en el más excelso sentido del término, cuando deviene intérprete veraz y descubridor de misterios iniciáticos: mundos, por lo común, cerrados al público que sólo, (si acaso…), mira. El ensayo de que hablamos es, por propio designio de la autora, obra abierta a todo público culto.

“Si acaso”, acabamos de escribir: porque no debemos confundir un “ver” que no sea también “mirar” ni un “mirar” que no sea además “ver”: pues que el cuadro ya hecho de un pintor, sea cual sea su época y estilo, es algo que hay que mirar viendo en él. Y algo que se debe ver mirando sus cosas. Y es tarea del crítico alcanzar el des-velamiento definitivo de la obra, que bastante tiene ya el artista con encarar los mundos a su propia alma o corazón de par en par, como se suele decir, abiertos. Nuestra propuesta es bien simple: acudan a esta obra, que creemos fundamental para conocer mejor, si ya se conocía, la obra de Miró, y desde luego para centrarla en su adecuado contexto cultural, universal, sin lo que toda obra queda como manca de algo. Gracias.

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Joan Miró: cosmogonías de un mundo originario (1918 - 1939), Marìa Josep Balsach. Traducción de Mª José Viejo, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona, 2007.

Escasas son las ocasiones en que me he encontrado con una novela capaz de arrebatarme a mordiscos de mi entorno e imbuirme ferozmente en su gatuperio; y es difícil no proseguir la lectura sobre diez negritos que van a una isla, en la que uno se ahoga y quedan nueve, para conocer el hado de los restantes; en especial si la que amadrina el embrollo es la reina del crimen, Agatha Christie, quien, excepto durante los días que se esfumó en Berkshire, al sudoeste de Inglaterra, a causa de un presunto ataque amnésico por la angustia que le había originado la infidelidad de su primer marido y la muerte de su madre, acostada en medio del infortunio, diría Sófocles, no rompió un plato más que con la pluma.

Tal incidencia y la inquietud mediática que produjo, como Diez negritos, quizá esconda un “arenque rojo”, pues aún se debate si ocurrió, si la amnesia la indujo a abandonar su coche en una cantera de Newland’s Corner o, en realidad, la novelista fue tragada por dicho teleósteo en un truco publicitario. Si se desea comprender lo que precede, será indispensable afrontar el libro, irrumpir en la mansión de la isla del Negro y padecer como sus moradores cuando se evaporan las figurillas de porcelana en el salón.

El engarce de la lengua resulta común; los protagonistas, menos uno, carecen de profundidad: Agatha Christie no es Patricia Highsmith; pero la incertidumbre y el suspense son arrobadores; la contextura y la motivación del asesinato, meritorias; y al devorar Diez negritos —obsérvese la cursiva y ahorrémonos gracietas sobre antropofagia—, apurando uñas y arrancándose mechones, ansioso por que la verdad, la verdad desnuda, resplandezca, señalaría Poirot, aquí tan ausente como Jane Marple; y asimilando su epílogo, a uno se le antoja ver entre líneas un mohín picarón, tal vez impropio, de la vieja e ingeniosa Agatha Christie.

AGATHA CHRISTIE, Diez negritos, Molino.

…dice la chica.

Y él responde: “Y por todo lo demás”.

Cuesta comprender cómo una novela tan maravillosa y emblemática no había sido traducida hasta ahora en España. De hecho, sólo consta en el ISBN otro libro de Ann Beattie, Nadie como tú, publicado en el 97. También podemos encontrar uno de sus relatos en la Antología del cuento norteamericano, esa joya preparada por Richard Ford. Y eso que Beattie ha sido comparada con varios de los grandes autores norteamericanos clásicos, y elogiada y aplaudida por los nuevos.
Postales de invierno se abre con un prólogo caudaloso y entusiasta de Rodrigo Fresán, una de las máximas autoridades en literatura norteamericana. Fresán ya nos inocula su emoción por el libro, que no dista mucho de películas como Los Tenenbaum o novelas como El guardián entre el centeno: está repleto de magia oculta tras los diálogos rápidos y tras los personajes de vida caótica.

Pérdidas
Beattie nos describe las tribulaciones sentimentales y los desvelos de su protagonista, Charles, un veinteañero que arrastra el dolor por la pérdida de una mujer, Laura, quien le abandonó para regresar con su marido. A su lado, otros personajes no menos emotivos: Sam, triste por la muerte de su perra; Clara, la madre con un pie en la locura; Pete, el padrastro que se siente solo…
Beattie logra, con un tono pop y agridulce, retratar una época de desencanto, el año de 1975, cuando se ha pasado la euforia de los 60 y “las mujeres vuelven a llevar sujetador” y América ha perdido su inocencia (Vietnam, Watergate, Nixon, el asesinato de JFK). Y crear a un personaje a la deriva, obsesivo y aún enamorado, que recuerda a su amada en cada sabor, en cada sueño, en cada pesadilla, en cada paisaje, en cada deseo, en cada pensamiento, incluso en ese postre de naranja y chocolate que sólo ella sabía elaborar. Hasta el punto de que la vida, sin Laura, sólo es una parodia, un sinsentido.

[El libro, plagado de referencias musicales de los 60 y 70, cuenta con una selección del soundtrack en esta web: http://www.myspace.com/postalesdeinvierno]

Postales de invierno, de Ann Beattie
Libros del Asteroide, Madrid

carl-amery.jpg¿Qué posibilidades de renacer tiene el mensaje hitleriano en pleno siglo XXI? Carl Amery se plantea esta incómoda cuestión en un libro que, a pesar de haber cumplido una década de vida, hoy cobra mayor protagonismo que nunca. Hoy cuando, según datos de la FAO, entre marzo de 2007 y marzo de 2008, el precio del trigo ha aumentado un 13%, el de la soja un 87%, el del arroz un 74% y el del maíz un 53%, los coches parecen tener prioridad sobre las personas a la hora de ser nutridos. Para las empresas de producción de etanol no hay nada de escandaloso en el hecho de que se desvíen cultivos para producir alimento hacia sus intereses mientras los responsables del Programa Mundial de Alimentos de la ONU han anunciado que podrían retirar la ayuda alimentaria a 100.000 niños en todo el mundo si no consiguen en breve 755 millones de dólares para hacer frente a la subida de los precios. De acuerdo, no es de esperar que el sector privado renuncie a suculentas ganancias por culpa de los escrúpulos, pero que el mismísimo Parlamento Europeo acepte sin problemas que un ser humano cuyo único delito es huir del hambre y la miseria pueda pasar hasta 18 meses en la cárcel es lo suficientemente grave como para considerar acuciante la pregunta de Amery.

Auschwitz, ¿comienza el siglo XXI?, de Carl Amery
(Fondo de Cultura Económica).

El siglo precedente fue violento, cínico y resabiado; y su literatura, en consecuencia, lúgubre. El actual no presagia aires de renovación, y aunque el desarrollo y el conocimiento amplíen sus horizontes cada vez con mayor celeridad, la miseria escrupulosa, el letargo del pan y el circo, los custodios de la conservación de las desigualdades y de su poder, disfrazados o no, sus borreguitos y los de las utopías inútiles marcan una época de seres racionales que nunca supieron hacia dónde van, y no porque exista algún estadio al que dirigirse: de joven, la humanidad no trotó y ahora galopea.

El desinterés y la desidia son males contemporáneos que debemos erradicar, una pérfida ataraxia que conlleva incultura en vez del espíritu imperturbable necesario para la lucidez; y siempre será provechosa la lectura de El extranjero, novelita de Albert Camus afín al absurdismo que interpuso el propio autor en la escuela existencialista. Camus indaga entre los escombros del feliz ideal de progreso y sus convites y extrae la historia de una generación pasiva e indiferente, desengañada, que observa el mundo a través de los ojos de Meursault, claro antihéroe al que el fallecimiento de su madre no le perturba en absoluto y que, en el resplandor rojizo de una playa ardiente, asesina y luego es incapaz de decir por qué.

Novela insólita y sugestiva: la conducta de Meursault, sujeto incomprendido y por cuya frialdad desagrada a quienes se relacionan con él, sobrecoge, no sólo porque uno de los rasgos del psicópata es la carencia de empatía que éste exhibe, sino por el inquietante temor, casi certidumbre, de que su raíz provenga de la vida en sociedad. El regusto amargo de El extranjero sorprende, pues la filosofía de Camus apunta que la existencia no asume un propósito concreto, como aparenta no asumirlo la de Meursault, pero tal significa que somos libres para labrarnos un futuro. Lo deprimente es que las cadenas nos las ponemos nosotros mismos.

ALBERT CAMUS, El extranjero, Alianza.

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