Mie 7 Oct 2009
EL BONILLO ES UNA NACIÓN
Posted by César Noragueda under Otras lenguas
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No puedo evitar que una mueca burlona y una mirada de conmiseración asomen a mi semblante al advertir cómo se desgañitan algunos partidarios del nacionalismo, ya fueren meros patriotas fervorosos o luchadores independentistas, cuya simpleza de órganos es igual de lamentable que su petulancia e ineptitud para ver más allá de sus narices, asumir que antes son individuos del género humano, que la nuestra es la misma travesía, y comprender que la organización estatal contemporánea es la más razonable, que el céfiro irresistible que globaliza sopla desde siempre y, erradicando sus agudas imperfecciones, es positivo que lo haga.
Quizá no tendría que mirarles de ese modo si leyeran una obra con un epígrafe pragmático y bien feo redactada por Eric Hobsbawm, ángel y no apóstol de Cambridge, de las ballenas y la revolución dual, en la que el marxista británico aborda el asunto nacionalista con una nitidez y erudición envidiables: Naciones y nacionalismo desde 1780, preparada tras las Conferencias Wiles que impartió hace ahora veinticuatro años. No sé si debemos agradecerle más el apunte de los orígenes ideológicos nacionalistas y la historia de las construcciones nacionales, hito contemporáneo de la humanidad para gozo de Rousseau, con sus periodos territoriales, de autodeterminación sociocultural y wilsoniano, o que meta el dedo en la llaga refiriéndose a la ingeniería unificadora de la cultura e identidad estatales, a las adulteraciones de la “mitología programática” en orgullos patrióticos y multitud de arrebatos de emancipación, ajenas a la certidumbre histórica, y los conflictos con la progresiva supranacionalidad. Pero conviene acordarse de la tesis del viejo Maurice Block, citada y compartida por Hobsbawm, según la que “el principio de nacionalidades es legítimo cuando tiende a unir, en un conjunto compacto, grupos de población dispersos, e ilegítimo cuando tiende a dividir a un estado”.
Si bien no suele darse, hay ocasiones en que la ironía popular alcanza cotas de genio, y nunca he olvidado el grafiti que contemplé sobre una tapia manchega, con la misma expresión burlona y francamente complacido, durante una pausa para estirar los miembros en uno de tantos viajes, que así rezaba: “El Bonillo es una nación”. Estoy seguro de que Hobsbawm, si pudiese leerlo, pues allí seguirá aún para todo el que deseare verla, hubiese estallado, como yo, en una sonora carcajada.
ERIC HOBSBAWM, Naciones y nacionalismo desde 1780, Editorial Crítica.
Hace unos días tuve una larga conversación con un reputado profesor de universidad, Catedrático de Historia e Instituciones Económicas. Hablando de la coyuntura económica que estamos padeciendo, le decía que quizá la única vertiente “positiva” que yo le veía a esta crisis era la enorme cantidad de libros sobre economía que se están publicando y vendiendo últimamente en España o la cantidad de debates televisivos y tertulias radiofónicas en torno al tema económico que uno puede ver o escuchar a lo largo del día. Si antes eran muy pocos los que mostraban interés por el tema (los economistas siempre se han quejado de que la gente no se preocupa por tener unos conocimientos mínimos), ahora son muchos los que, afectados directa o indirectamente por la crisis, tratan de encontrar una respuesta a lo que está pasando en España y en el mundo, tratan de saber por qué no llegan tan fácil a fin de mes o por qué cuesta tanto encontrar trabajo. Donde antes se discutía sobre fútbol o sobre política, ahora se discute sobre economía con una familiaridad inopinada.
Dicen los expertos que los actuales son tiempos difíciles, tiempos de incertidumbre y pérdida de valores. Términos como “modernidad líquida”, “sociedad del riesgo” o “sociedad de hiperconsumo”, empleados todos ellos por eminentes sociólogos, no son más que distintas formas de referirse a una misma realidad, la de una sociedad moderna en la que todo es efímero y volátil; una sociedad en la que la duda y el recelo, la sospecha y la inquietud, nos hacen vivir en un estado de alerta initerrumpida. La traslación de esta inquietud al mundo editorial, nos brinda un panorama en el que también lo fugaz y lo pasajero se impone. Escaparates y ferias del libro nos abruman con reclamos y novedades de un mercado editorial sobresaturado, lleno de lo que un historiador italiano llamó “libros meteorológicos”: libros oportunistas – aunque pocas veces oportunos – y coyunturales cuya corta vida casi nunca justifica tanto papel y tanta tinta.
No muchos protagonistas de la historia han conseguido el triste honor de ser llamados monstruos. De ellos, a causa de su contemporaneidad y del hito en las atrocidades que favoreció, Adolf Hitler es la bestia negra, un hombre de chicha y nabo, compañero en secundaria de
Aún recuerdo el rótulo de algunas de sus primeras películas en la marquesina del cine Carlos III. Era una de esas típicas marquesinas a lo norteamericano, con unos aleros iluminados, con el título de la película compuesto letra a letra. Aquel cine daba un aire cosmopolita a la calle donde vivía, que en aquel entonces era el centro neurálgico de mi ciudad. Recuerdo en especial
Escasas son las ocasiones en que me he encontrado con una novela capaz de arrebatarme a mordiscos de mi entorno e imbuirme ferozmente en su gatuperio; y es difícil no proseguir la lectura sobre diez negritos que van a una isla, en la que uno se ahoga y quedan nueve, para conocer el hado de los restantes; en especial si la que amadrina el embrollo es la reina del crimen,
…dice la chica.