1. En sus “Propuestas para definir al lector ideal”, Alberto Manguel acuña un mandamiento que, no hay razón para ocultarlo, inspira este espacio a merced de lectores sin agobios: “El lector ideal proselitiza”. Así es: una vez sobrepasado el punto final de un libro, señal inequívoca de que merecía la lectura, el buen lector debe ser amigo de sus amigos, y por tanto aconsejarlo a cuantos se le crucen por delante con aspecto de aprovechar el consejo. Los malos libros ni siquiera han de alcanzar el juicio adverso, al menos en este blog; no vale la pena hablar de ellos, para qué malgastar ese tiempo: que se pudran en el infierno de la indiferencia, ¿no?
2. Leer es preleer, y releer es leer. Lo dice Xavier Bru de Sala: “Los buenos libros contienen párrafos que no pueden disfrutarse, ni mucho menos asimilarse, mientras vamos al trote entre el anterior y el posterior. Hay que moderar el paso, ir cada vez más despacio, para dar tiempo a la mente, que se fije en los detalles, la armonía de la construcción y el ornamento, los subtextos, evocaciones y reverberaciones que contiene, las que despierta y convoca […]. Eso es lo contrario de deglutir, es muchísimo más que saborear y degustar. Eso, amigos, es leer de verdad”.
El lector sin prisas, no hace falta jurarlo, lee así.
3. “El verbo leer no soporta el imperativo”. Daniel Pennac comienza Como una novela (Comme un roman, París, 1992) dejando claro que abrir un libro por obligación es como correr los cien metros lisos con sobrepeso. Deborah Eisenberg, cuentista, es más directa, pero igual de contundente: “El placer es la única motivación válida para leer”. Así, no encontrarás en este blog sobre libros reseñas, comentarios u opiniones críticas sobre lecturas por imperativo filológico o periodístico. De eso se encargan otros. Aquí encontrarás al lector leído.
4. Isabel Coixet: “La vida real no interesa a nadie”.
5. Y Almudena Grandes: “Los libros siempre son vidas de más”.
Seguramente, ya está todo dicho.
González y Sanguino, octubre de 2006

