MIEMBROS EN ACTIVO

José Ángel BarruecoJosé Angel Barrueco

Fueron muchos los libros que me marcaron. Enumerarlos ahora sería una tarea ardua. Mi pasión por el cine me condujo al cómic, y el cómic me empujó a la novela de aventuras. A partir de ahí he sido un fiel lector, compulsivo, adicto, casi enfermizo. No concibo la existencia, desde la infancia, sin un libro a medio leer en la mesilla. Una vez, en la biblioteca donde consolaba mi ansia de lectura, sus directoras me pidieron una frase para un marca-páginas: “Sumergirse en un libro es rozar la luna con las yemas de los dedos mientras los pies continúan en la tierra”, dije. Durante la lectura me convierto en otro, salto sin red y vuelo entre diversos mundos, aprendo a amar la vida, que ya no concibo sin contar historias y sin que me las cuenten.
En tiempos de guerra, resulta aún más adecuado combatir la barbarie y la locura de las balas con las páginas de un libro. Frente a los fusiles grotescos de la realidad, antepongamos la espuma suave de la literatura.

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José Ángel G. Bretones

Algo es cierto: leer es imaginar. Sin embargo, en el caótico archivo de mi mente —donde sólo parecen estar ordenadas las cosas más inútiles—, aún hay espacio para cuando imaginaba sin saber leer, que es un mundo parecido pero al revés.
La lectura como vicio se me impondría un poco más tarde. Y como cualquier adicción, empezó con una dosis gratis: la a. Servidor, que a temprana edad pecaba de vergüenza torera, intentaba hacerse el valiente y leerla con amigos, a escondidas. Después se impondría añadirle alguna consonante. Así llegaron las sílabas. Caminaban éstas muy despacio al principio, formando tímidas palabras. Pero acabaron trotando cual caballería turca. Aprendí a leer ‘esternocleidomastoideo’. Poco a poco, como cualquier adicción, las dosis ingeridas eran cada vez mayores. Las palabras se convirtieron en párrafos y páginas enteras. Al final era capaz hasta de consumir libros. Uno o dos a la semana, montones al mes, muchísimos al año. Daba igual mientras no dejara de leer.
Leer puede resultar peligroso: imaginar te quita las ganas de hacer cualquier otra cosa.

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Marta CastilloMarta Castillo

La lectura es un milagro. Lo comprendí súbitamente leyendo la trilogía de Primo Levi sobre los campos de exterminio nazis. Durante el tiempo en que estuve sumergida en aquellas páginas me trasladé a una vida ya concluida y un hombre que había muerto se incrustó en mi existencia. Estuve a su lado y él estuvo a mi lado. Eran sólo tres libros, pero con un poder prodigioso, pues habían logrado doblegar de un modo feroz el abismo espacial y temporal que separaba a dos personas. Con los libros he experimentado muchas clases de milagros. He encontrado libros que me han abrazado, que me han insuflado fuerza, que me han brindado una paz inmensa o que me han armado para la guerra. Tengo libros que son viejos amigos, con los que me gusta conversar de vez en cuando, y otros que han sido quemados vivos y han resucitado una y mil veces.

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Manuel Laza

La lectura es una forma de alimento intangible: ni más ni menos como los sueños. O como el cine. Es una aventura donde un alguien, que es siempre “el otro” que habita en todo lector, busca un encuentro, una aventura donde completar su espíritu, al que halla falto de algo. Y la literatura es también el resultado de un acto demiúrgico, soberano, casi impostor en cierto modo, pues quiere darnos por real aquello que soñamos. ¿Acaso Don Quijote no libera a los galeotes porque Cervantes conocía de primera mano cuál era el destino de los condenados a galeras, como razona en un bello escrito Gregorio Marañón (padre)? Léanlo en Austral.
Hoy creo haber pasado de ser un lector voraz a un lector “veraz”: en el sentido de que trato de leer varias veces lo que me agrada y gusta, y no ceso nunca de preguntarme qué hay, en realidad, detrás de todo cuanto en la verdadera literatura se escribe. Creo que mi interés por la etimología y la semántica me viene leyendo a los clásicos del Siglo de Oro. Pero creo que en literatura me interesa todo, muy especialmente la actual transformación que está experimentado. Claro que eso es ya casi sociología…

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César NogaredaCésar Noragueda

El descubrimiento de la literatura resultó para mí algo tan trascendente que abandoné los juegos infantiles a edad temprana: dejé a un lado monigotes, chisgarabises y polichinelas y, entre otros asuntos de índole afín, me consagré a devorar los libros que llegaban a mis manos. Era un mundo nuevo, cautivador e inacabable, en el que podía combatir a los felones Pistolete y Comadreja a lo largo de la quilla, por ejemplo; y en la época en que ese cosmos inabarcable fue mutando hacia caracteres más peliagudos y, en consecuencia, más placenteros, tuve ocasión de maravillarme con las sabrosas ambiciones de Vetusta, o con el comienzo y el fin de Macondo y los Buendía, entre otras hazañas. Aún me queda vagabundear lo mío entre los estantes polvorientos del mundo de la literatura; y si les parece bien, hagámoslo de la mano: compartir tal vivencia se me antoja de lo más estimulante.

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Iván A. M. Ricarte

Aprendí a leer muy pronto, motivado por mi hermano que ya era un devorador de Mortadelos y Superlópez. Pronto se acabaron los cómics que habían en casa, y el afán de imitación que sentimos los pequeños hacia nuestros mayores hizo que rápidamente pasara de leer libros infantiles a juveniles.
Solía leer los mismos libros que mi hermano, aunque algunos no me atraían en absoluto. El resto de mis lecturas de infancia y adolescencia las obtuve en la biblioteca de mi ciudad, Elche, a la que iba dos veces por semana. Desde mi casa había casi una hora caminando, pero mi madre me daba dinero para el autobús. En invierno, me lo gastaba en comprarme una empanadilla; en verano, en todos los polos de 5 pesetas que me podía permitir con el precio del billete.
Así adquirí una cultura literaria y una pasión por los libros desde muy pequeño, que me ha llevado a trabajar de bibliotecario, de coordinador de un Club de lectura, de librero y de comentarista de libros en varios blogs en Internet.
Qué quieren que les diga, soy feliz entre libros, y me gustaría compartir mi felicidad con todos ustedes.

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Marga Valderrama

La singularidad del arte pictórico posiblemente sea que, con las danzas (rituales en su mayoría) y determinados cánticos, es una de las primeras manifestaciones artísticas, si no la primera, que debió practicar la humanidad. Es, con mucho, anterior a la escritura. El hombre prehistórico, además de realizar lo que hoy conocemos como “pinturas rupestres”, debió de servirse de ellas para transmitir mitos y conocimientos. Y más: hay pinturas, como las del Tajo de las Figuras (Cádiz), que “cuentan una historia”: ¿el primer cómic de la Humanidad?
¿Es por eso que, sea cual sea la naturaleza y estilo de un cuadro, éstos pueden “ser leídos”, como una especie de mostración plástica de hechos que se pueden referir verbalmente? ¿No puede “leerse” casi cualquier cuadro?
El arte nos remite a una dimensión muy específica del ser humano: “el animal que hace arte” es un tipo de ser que intuye, de algún modo, cierta in-completitud en su naturaleza, sabe que “le falta algo”. Y llena ese vacío con sus obras. Personalemnte veo en Dalí el pintor más cercano al “homo universalis” del Renacimiento.

 

MIEMBROS DE AÑO SABÁTICO

Rafael GonzalezRafael González

Desde el principio, para mí leer y viajar han sido verbos sinónimos. En realidad, durante mucho tiempo esa fue la única forma de poner tierra de por medio: abrir un libro de Verne, de Salgari, de Karl May. Creo que mi relación con los libros la define perfectamente Francis de Croisset: “La lectura es el viaje de los que no pueden tomar el tren”. Es curioso: años después, cuando por fin puedo tomarlo, pocas cosas me resultan tan estimulantes, en ningún caso más, como leer prologando la aventura del viaje, o en pleno trayecto. Leemos, sobre todo, para ensanchar nuestras vidas, dilatarlas, porque con una no nos alcanza, quizá si viviésemos dos siglos…; por eso también viajamos: intentamos escapar de nuestro entorno para huir de nosotros, de lo que somos día a día, y convertirnos en otros, personajes distintos viviendo vidas diferentes de las nuestras, aunque siendo nosotros.
En resumen: cada vez que abro un libro siento como si el morro de mi avión se levantara; y, sin embargo, también me sirve esta cita de Tomás de Kempis: “He buscado la felicidad por todas partes, pero no la he encontrado en ningún sitio, excepto en un rincón y en compañía de un pequeño libro”.

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Paco SanguinoPaco Sanguino

El primer libro que pasó de mis manos a mis ojos fue El padrino, de Mario Puzo. Yo tenía 13 años. Esa lectura estaba censurada por mis padres. Yo esperaraba la noche para leer como los vaqueros la esperan para que sus huellas queden borradas durante el día. Capturaba el libro de la estantería y leía un fragmento. Recuerdo la descripción y muerte de Santino, el primogénito, y esa sensación de que leer era ir formando parte de la memoria de alguien. Rememoro la lectura y rememoro aquel tiempo (el libro de tapa dura del Círculo de Lectores, la terrible decisión de mi madre frente al catálogo de novedades, la maleta de mi padre…). Rememorar es inventar. Desde entonces, sigo ese proceso como un viticultor fiel: leo, rememoro e invento en un ciclo tan inestable como las estaciones.

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Pedro Pern�asPedro Pernías

Una vez, cuando era muy pequeño, mi hermano me llevó a comprar un tebeo: mi primer tebeo. Creo que era un Tiovivo… A la semana siguiente, cuando volvimos al kiosko del Raval Roig donde vendían los tebeos, mi hermano volvió a coger el Tiovivo y yo le dije: “Coge otro…, que ese ya lo tenemos…”. Él se echó a reír diciendo: “No te preocupes, que cada semana es diferente…”. Siempre habría algún dibujante, escritor o lo que sea que, mientras yo leía lo que había sido escrito, se dedicaría a escribir lo que tendría que ser leído la semana siguiente… Era maravilloso. La promesa de un mundo futuro sin aburrimientos estaba al alcance de mis ojos. Poco después, estaba sentado al pie de un pequeño armario que tenía varios estantes llenos de los libros de ciencia-ficción de mi padre.

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Paco Fuster

Entre mis lecturas periódicas, suelo reservar un hueco para la que yo llamo metalectura. Quiero decir que me gusta leer y reflexionar sobre las múltiples formas de lectura. Siempre he pensado que cada libro tiene tantas lecturas como lectores y me he guiado por los consejos que tomé prestados del ensayo de Virginia Woolf ¿Cómo hay que leer un libro? “El único consejo —decía Virginia— que una persona puede dar a otra, en lo referente a leer, es que no siga consejo alguno, que sólo use su propia razón, que llegue a sus propias conclusiones. […] Dar entrada a autoridades, por muy togadas que sean, en nuestras bibliotecas y dejar que nos digan cómo debemos leer, qué debemos leer, qué valores debemos dar a lo que leemos, es destruir el espíritu de la libertad que es la vida de estos santuarios. En todas las demás esferas del vivir, nos pueden atar mediante leyes y convenciones, pero en ésta, no”.

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Eva Furman

Ante unas concurridas escaleras mecánicas, siempre busco el hueco por el que subir serpenteando. Troto escaleras arriba, impulsándome en el mecanismo de ascensión. Podría esperar a que las escaleras, simplemente, me depositaran arriba. Pero me gusta superponerme a ese ritmo intrínseco, acelerarlo con mi propio esfuerzo.
Cuando no podemos interrumpir nuestra vida cotidiana para dedicarnos a viajar y conocer, leer es el medio para hacerlo. No puedo esperar a que la vida, simplemente, me deposite en todas las situaciones y contextos que quisiera conocer. Porque el tiempo es, “alas”,  finito.
Así que abro el libro, salto dentro, y sobrevuelo, ubicua, el curso de las vidas, de muchas vidas, tantas, que no podría vivirlas.
Recorro Kabul tras la caída de los Talibanes con Åsne Seierstad, me afilio a la revuelta estudiantil de la china contrarrevolucionaria con Ma Jian, me prostituyo en un burdel de Marruecos, con Le Clezio de biográfo…

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Eva García, Joaquín Quílez, Chiara Merino y Luis Leante.

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