Lectores, lectoras: Marte se mueve.

A partir de ahora podrás conquistar el planeta rojo en la dirección siguiente:

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Benidorm Low Cost Festival. Parque de L’Aigüera, 23 y 24 de julio. Más de 23.000 personas se reúnen durante dos días en el centro de la ciudad para escuchar rock y pop de primera, rock y pop a la última, un pedazo de la vanguardia que inunda los espacios radiofónicos del moderneo y los programas de descarga. Editors, Love of Lesbian, Iván Ferreiro, Los Planetas, Placebo, The Raveonettes,… Entre lo más llamativo figura la ausencia total de incidentes. Todo ha parecido salir sobre ruedas. Pero no. En un hogar cercano a los tres escenarios donde se celebra el festival, el rock y Satán han vuelto a hacer comunión nuevamente.

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(10.000 satánicos adoran a Love of Lesbian durante el Benidorm Low Cost Festival)

No me lo invento. Oficinas de la Policía Local de Benidorm el mismo día en que se pone fin al evento. Hora, 04.35 de la madrugada. El parte policial lo firma un agente del cuerpo y viene a recoger lo siguiente: “Comparece en el retén de la Policía Local quien manifiesta ser doña …… (…), nacida en 1960, y manifiesta que acude a estas dependencias  para exponer sus quejas y estado de nerviosismo y ansiedad debido a la música satánica que procede de la Plaza de Toros. Que le ha provocado dolor de estómago, mareos y ganas de vomitar, y que le está provocando mentalmente violencia debido a la música satánica, ya que soy una persona siempre apacible, pero debido a este tipo de música y su volumen, me encuentro en un estado emocional agresivo. Que no entiende cómo por parte  del Ayuntamiento se permiten este tipo de conciertos satánicos y a las horas que finalizan los mismos, ya que son las 04.45 horas y todavía está sonando la música”.

Ya decía yo que el olor que desprendían algunos rincones del parque no podía emanar solamente del cúmulo de orines consecuencia de las micciones de 23.000 transeúntes. También era azufre aquello, el hedor llegado del infierno que a cada poco exporta Lucifer entre los hijos del rock and roll. La denunciante intuyó a Satanás y enseguida le provocó “mentalmente violencia”. Menos mal que el Low Cost conforma eso que ahora llaman indie; si llegan a tocar Ozzy Osbourne o Alice Cooper ahora Benidorm estaría ardiendo entre las llamas del infierno para desgracia del PIB nacional.

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 (Brian Molko, de Placebo, con el diablo en el cuerpo)

Estoy convencido de que la denunciante no ha oído hablar nunca de Marilyn Manson o de Black Sabbath, pero ojo: no adujo ante la policía la imposibilidad de dormir por esa música de mierda o por el ruido infernal vomitado por los amplificadores. No. Dijo bien: música satánica, cánticos llegados directamente de las calderas de Pedro Botero, de las cuevas de Belcebú, de las entrañas del macho cabrío. Y no finge ni el dolor de estómago, ni los mareos, ni las ganas de vomitar. Y su carácter de común apacible deriva en un estado emocional agresivo. Ya no me cabe duda de que entre el glamour kitsch de Benidorm se coló el inevitable poderío del mismo demonio.

Al rock and roll se le ha vinculado desde sus orígenes con la música del diablo. Los Stones se autoproclamaron sus satánicas majestades y en los años 60 se recomendaba escuchar el Sgt. Pepper’s de los Beatles al revés, porque era allí, entre los surcos del histórico vinilo de los fab four, donde Luzbel nos enviaba mensajes mucho antes de que Charles Manson y su banda de tarados siguieran las órdenes de Lennon a través de la letra de Helter Skelter. Recientemente, una emisora de EE UU, país que cree a partes iguales en los ángeles del cielo y en el ángel caído, publicó su lista de prohibidos: bajo el signo de Satanás, la nómina de bandas de imposible emisión se nutría de nombres tan ilustres como AC/DC, Elvis Presley, Guns N’ Roses, Iron Maiden, Jerry Lee Lewis, Judas Priest, Kiss, Led Zeppelin, Motley Crüe, Marilyn Manson, Metallica, Ozzy Osbourne, Pink Floyd,  Rolling Stones, Slayer, Slipknot, The Beatles, The Eagles, Twisted Sister o Rammstein.

El año que viene, cuando el Low Cost celebre su segunda edición en Benidorm, ya nada será igual. Que tiemble María Jesús. Y que prepare agua bendita para contener a sus diabólicos pajaritos.

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Desde hace un mes casi no escucho otra cosa. Me refiero al On the rock de Andrés Calamaro, uno de los artistas con los que me acuesto y me levanto indistintamente hasta la obsesión desde que lo descubrí con Los Rodríguez. He ido a su web para comprobar qué número de su prolija discografía hace este On the rock, para descubrir que entre álbumes en estudio, recopilaciones y trabajos en directo, hace nada menos que el número 24 de su discoteca. Uno piensa que, salvo que te llames Dylan o Presley, cualquier artista estaría acabado a partir del décimo LP, pero no es el caso de Andrelo, que ya nos apabulló con el magnífico La lengua popular después de un par de obras maestras (Alta suciedad y Honestidad Brutal). On the rock no es ni sólo rock and roll, como indica el título, ni pop ni folk, sino todos los estilos, porque el álbum atesora tantos palos diferentes que si uno se chapuzara en la música por vez primera con este disco, tendría ante sí toda la historia de la música popular del último medio siglo.

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(El de Buenos Aires, completamente en trance)

On the rock arranca con Barcos, una de esas exaltaciones de la amistad eterna entre dos a la que El Cigala y el Niño Josele le ponen el dramatismo flamenco al punto que la canción emociona. Te extraño, el segundo corte del CD, es un medio tiempo maravilloso sin estribillo, o con estribillo constante, según se mire, que incluye un rap de El Langui. El pasodoble de los amigos ausentes nos devuelve a los tiempos de Los Rodríguez, para continuar con otro medio tiempo titulado Todos se van, uno de esos temas que evocan el final del verano, cuando después de unas vacaciones inolvidables se queda uno con la nostalgia del tiempo vivido. Los divinos es uno de los singles del disco, otra evocación veraniega de la soledad en la gran ciudad. El álbum se endurece con Flor de samurai, un himno anárquico, y continúa con Insoportablemente cruel a ritmo de jazz donde Calamaro se acompaña de Calle 13 y Jerry González. Con Tres Marías, Andrelo se adentra en el mundo del rock sudamericano de las últimas décadas. Comparte micro con Vicentico, y de hecho, la pieza recuerda a los trabajos más celebrados de Los Fabulosos Cadillacs. Con Te solté la rienda, Calamaro y Enrique Bunbury despachan una ranchera de José Alfredo Jiménez. El maño, hay que decirlo, efectúa un ejercicio vocal magnífico que acaba comiéndose a su amigo. Me envenenaste es otro rock and roll que podría haber formado parte de cualquier disco de Los Rodríguez; si hasta me parEce oír a Ariel Rot de fondo. Gomontonera y El perro constituyen dos pedazos de rock and roll que ponen el cierre a un disco magnífico. Atención al estribillo de El perro, que hará las delicias del público en las actuaciones en directo del argentino. Un álbum indispensable.

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Para los que aman la música; para los que la odian. Para los que consideran que Benicássim tuvo tiempos mejores; para aquellos que pensaban que en Benidorm sólo se bailaban Los Pajaritos y se equivocaron. Para esa inmensa minoría que escucha a los Editors y detesta  a Bisbal; para todos aquellos que un día imaginaron que allá donde triunfaron Julio Iglesias y Raphael podían hacerlo Los Planetas. Para ese tipo que pasa de los 40 y le siguen gustando Placebo e Iván Ferreiro; para ese espíritu adolescente que adora a The Raveonettes y suda la gota gorda bailando con Vive la Fête. Para esa chica de 18 años que hace diez jugaba en los columpios del parque; para esa señora pensionista que recuerda l’Aigüera como aquel barranco por el que que caían las torrenteras por las gotas frías que en Benidorm han sido. A todos ellos les digo: no…, no me quedan entradas del Low Cost, lo siento. Para todos ellos que no la compraron a tiempo a pesar de su precio, sirva este diario del festival, esta bitácora de campaña. Hey, ho , let’s go!

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Hay vidas que se apagan como rescoldos incapaces de avivar el fuego y vidas cuyas cenizas permanecen vivas en la memoria de todos los tiempos. Las primeras nos corresponden a nosotros, personas anónimas amadas por nuestros seres queridos, entre los que dejamos la huella indeleble del amor y el recuerdo. Luego están las otras, las vidas del rescoldo y la llama, esa llama inmortal reservada a los actores, a las actrices, a los hombres y mujeres de Estado, a los poetas, a los tiranos, a los futbolistas, a los escritores, a los héroes de guerra y a las estrellas del pop. No hay nada como una buena muerte a tiempo para construir el mito y la leyenda. Unamuno decía que el deseo principal del ser humano es la inmortalidad. El decía que todos en cierta forma buscamos la inmortalidad. No hay ser más inmortal que una estrella del rock. Elvis, Michael Jackson, Kurt Cobain… no morirán nunca mientras pervivan en el imaginario popular, mientras haya un solo adolescente en el mundo que pinche sus discos o descargue sus canciones. Ya son inmortales. Para algunos de nosotros, uno de esos seres extraordinarios se llamó (se llama), Eduardo Benavente (Madrid, 30 de octubre de 1962 - Alfaro, 14 de mayo de 1983).

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(Eduardo Benavente. FOTOGRAFÍA. PABLO PÉREZ MINGUEZ)

Fue el primer mártir de la Movida madrileña. La muerte de Canito, el batería de Tos (luego Los Secretos), sirvió para oficializar la fecha de nacimiento de la Movida a través de un concierto homenaje que puso data de bautismo a toda una generación de músicos y artistas, pero con el trágico fallecimiento de Eduardo tres años después, la misma generación supo que sus ídolos también morían, que tras la fascinación que irradiaba el personaje, se estaba construyendo un mito en vida cuya figura se engrandeció a medida que pasaban los meses desde aquel accidente de coche en Alfaro (La Rioja) un 14 de mayo de 1983. Acaban de cumplirse, pues, 27 años de la muerte de Eduardo Benavente, Eduardo Pegamoide, batería del grupo que lideraba Alaska y luego líder indiscutible de Parálisis Permanente y de toda una generación post punk que encontró en Autosuficiencia, su canción más celebrada, un himno generacional que ha encontrado pocos rivales posteriormente entre el rico cancionero pop español.

La muerte de Eduardo constituyó el primer mazazo sufrido por aquellos jóvenes inquietos. En esa época de explosiva creatividad y desenfrenada alegría también se podía morir. Luego, otros se dejaron la vida en el camino, pero aquel deceso, por inesperado, zanjó lo que podía haberse convertido en la carrera imparable de un músico que con sólo 20 años causó una influencia notabilísima tanto en su público como en sus coetáneos, desde Alaska, Canut o Berlanga hasta sus íntimos amigos los Caligari, que durante meses le recordaron en sus conciertos (y en su primer elepé) con una magnífica versión de Un día en Texas.

Con apenas 17 años se enroló en un grupo denominado Prisma, donde coincidió con Nacho Cano (sí, el de Mecano) y Toti Árboles (luego batería de los Pegamoides y también de Parálisis). Tras un breve periodo en Plástico, donde también milita Toti,  y en Los Escaparates, entra a formar parte de Alaska & los Pegamoides. Toca la batería. No es muy bueno técnicamente, aunque sí aceptable. El dominio en la composición de temas ejercido por Nacho Canut y Carlos García Berlanga mantiene a Eduardo en segundo plano. Cuando el hijo del cineasta abandona la banda, Benavente pasa las baquetas a Toti y se convierte en el guitarrista oficial de la formación. Estamos en 1982 y el grupo, que se había hecho popular con canciones como Bailando, abandona el pop para endurecer y oscurecer su sonido. A partir de ese momento, los Pegamoides se convierten en los Banshees españoles, apartando las historias de hospital y de botes de Colón heredadas de Berlanga para componer, a dúo con Canut, canciones que hablan de suicidio (Volar), seres extraños en el jardín, cristales blindados o las leyes de la física (Reacciones), que siempre han parecido fascinar a los autores de la época (recuérdese también Una décima de segundo, de Nacha Pop).

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 (Imagen que apareció en la contraportada de Quiero ser santa)

A la vista del nuevo rumbo que Eduardo quería imprimir al grupo, el año anterior había creado ya Parálisis Permanente junto a su hermano Javier y Nacho y Johnny Canut, además de la inestimable colaboración de Jaime Urrutia, que aparece en los créditos y en las fotografías del primer single del grupo, un disco compartido con los Caligari en la época en que éstos últimos cantaban al sadomasoquismo, a la muerte de Cristo en el Gólgota y se presentaban en directo con aquella frase de “somos Gabinete Caligari y somos fascistas”.

En 1983, con los Pegamoides ya disueltos, Eduardo es de lo nunca visto en España. Impone el negro como color y la palidez en el rostro como seña de identidad (Un chico moreno y muy blanco de piel, le cantó luego Ana Curra). Importado del after punk británico, lleva una cruz por pendiente y decora con sogas de ahorcado los simplistas escenarios del Rock Ola y el colegio mayor Mendel. Es lo que Loquillo llamaría luego rock and roll actitud. El personaje comienza a crear tal fascinación entre los de su generación que todos decidimos que queremos ser como él, oír voces del más allá y jugar a las cartas en el cementerio. Su primer single, Autosuficiencia, y su único LP, El Acto, deben su leyenda a la enorme calidad que Canut y Benavente imprimen a sus canciones. La portada del álbum, una magnífica fotografía de Pablo Pérez Mínguez donde Ana Curra se consagra como la gran fantasía punk de la Movida, hacen el resto.

El Acto no es que sea un buen disco, es que es de los mejores discos del rock español y uno de los cinco primeros de la década de los 80. Para la minoría que entonces disfrutaba de aquel momento (luego llegó la universalización del movimiento y la apropiación indebida por personajes que habían echado pestes de todo aquello), Parálisis Permanente se convirtió en la banda de la que todos hubiéramos querido formar parte, en un grupo de culto con el que en 1983 sólo podían rivalizar Gabinete o Décima Víctima en la atracción irremediable que producían sus canciones, su imagen, su puesta en escena.

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 (Una de las fotografías de PABLO PÉREZ MÍNGUEZ correspondientes a la sesión para la portada de El Acto)

En la época de los hoy añorados sellos independientes, donde una misma banda sacaba un single cada dos meses, Parálisis editó su canto del cisne antes de la trágica muerte de Eduardo. Ya sin Canut, Nacidos para dominar y Sangre, las dos caras de la última grabación de Parálisis, evidenciaron las limitaciones de Eduardo en la composición de letras (decenas de versos acabados en la misma sílaba), aunque no en las melodías, que mantenían la fuerza de los discos anteriores gracias a los efectos de guitarra obtenidos por ese pedal mágico llamado Chorus, que distorsiona el sonido y oculta los fallos de los no virtuosos. Paralelamente, Eduardo ya se había embarcado en otro proyecto, Los Seres Vacíos, con la que entonces ya era su pareja sentimental, Ana Curra, vocalista y teclista de una banda que emulaba el sonido Siouxsie.

En los alrededores de mayo de 1983, la agencia de management Roll, que agrupaba a las principales bandas de la época, había organizado varios festivales con todo su elenco de artistas. El primero de aquellos festivales tendría lugar en Zaragoza. El día anterior a la actuación,  Parálisis Permanente tocaba en León. Entre ambas ciudades, sus componentes hicieron el viaje en dos coches. En uno de ellos viajaban Toti, Curra y Eduardo; en el otro, Rafa Balmaseda (bajo) y Antonio Morales (guitarra). Lo cuenta Rafa Cervera en su libro Alaska y otras historias de la Movida: “El Panda que llevaba a Rafa Balmaseda y a Antonio Morales llegó a Zaragoza sin problemas. Allí aguardaban Pito [el mánager], su equipo y los componentes de Dinarama, Derribos Arias, Gabinete Caligari, Loquillo y los Trogloditas y Nacha Pop. La inquietud comenzó a apoderarse de la expedición de Roll a medida que el retraso del otro coche aumentaba. Todos los grupos habían hecho ya la correspondiente prueba de sonido, pero el automóvil de Benavente, Curra y Toti ni siquiera había llegado”. La Guardia Civil confirmó a Pito el accidente.

“El accidente fue espantoso –contó Ana Curra un año después del trágico acontecimiento a Juan Carlos de Laiglesia y Borja Casani en La Luna-. Fue un reventón de una rueda… Íbamos en dos coches y uno de ellos lo conducía yo. Yo tenía sueño, tenía un poco de sueño, y eso es algo que me hizo luego pasarlo muy mal porque no sabía si es que me había quedado dormida, pero fue un reventón en la autopista… se me fue el coche, no lo pude controlar”.

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Dos días más tarde, el diario El País dio así la noticia: “Eduardo Benavente Pérez, miembro del antiguo grupo Alaska y los Pegamoides, falleció el sábado, sobre las cinco de la tarde, en un accidente de automóvil ocurrido  a la altura de la localidad riojana de Alfaro. Eduardo, 20 años y natural de Madrid, viajaba en un Seat Ronda, matrícula M-3458-EX, junto con Ana Isabel Fernández, de 24 años, que conducía, y Jorge Árboles Sánchez, Toti, componentes, junto con él, del grupo Parálisis Permanente. A la altura del kilómetro 17 de la autopista A-68, en el término de Alfaro, en medio de una gran tormenta con agua y viento, el coche se salió de la calzada por causas que aún se desconocen y dio varias vueltas de campana”.

Benditos sean los muertos sobre los que cae la lluvia, dijo Paloma Chamorro en el programa La Edad de Oro que dedicó por entero a Eduardo días después del suceso. Lo demás, decía al comienzo, es inmortalidad.

Discografía
Con Alaska y los Pegamoides
Álbumes de estudio

* Grandes éxitos (Hispavox, 1982) Reediciones en 1984, 1986 y 1991 (CD).

EP

* Horror en el Hipermercado (Hispavox, 1980). EP con las canciones «Horror en el hipermercado», «El hospital», «Odio»
* Otra dimensión (Hispavox, 1981). EP con las canciones «Otra dimensión», «Bote de Colón», «Quiero salir».
* Bailando (Hispavox, 1982). EP con las canciones «Bailando (versión corta)», «La rebelión de los electrodomésticos», «Vértigo». Nº1 en ventas. Vendió unas 25.000 copias.
* Bailando (Reino Unido, Kingdom, 1982). EP de 12′′ con las canciones «Bailando (versión inglesa)» / «Redrum (versión inglesa)» / «La tribu de las Chochoni».

Sencillos

* Bailando (supersingle) Maxi sencillo de 12′′ con las canciones «Bailando (versión española larga)» y «Bailando (versión inglesa)». Ediciones en España (Hispavox), México (Gamma), Francia (Black Scorpio) y Holanda (CNR Records) (1982) Vinilo 12’’
* Bailando (Francia, Black Scorpio, 1982) con las canciones «Bailando (version espagnole)» y «Bailando (version anglaise)». Vinilo 7′′.
* Bailando-Dancing (Canadá, Able Records, 1982) con las canciones «Bailando-Dancing» y «Redrum» (versión inglesa). Vinilo 7′′.
* Bailando/Alta tensión (Holanda, CNR Records, 1982) (Alemania, Metronome, 1982) con las canciones «Bailando» y «Alta tensión». Vinilo 7′′.
* La línea se cortó/Reacciones (Hispavox, 1982) con las canciones «La línea se cortó (remix)» y «Reacciones». Vinilo 7′′.
* El jardín/Volar (Hispavox, 1982) con las canciones «El jardín» y «Volar». Flexi sencillo 7′′ promocional.

Recopilaciones

* Alaska y los Pegamoides (Hispavox, 1982)
* Simplemente lo mejor (Disky Records, 1997)
* Llegando hasta el final (Subterfuge Records, 1997) Último concierto de Pegamoides, el 26 de noviembre de 1982 en la sala Yoko Lennon’s de Bilbao
* Mundo Indómito (Subterfuge Records, 1998) Recopilatorio de grabaciones inéditas ([maqueta|maquetas])
* Grandes Éxitos (edición para coleccionistas) (EMI, 2006) doble CD recopilatorio.

Con Parálisis Permanente

* EP compartido con Gabinete Caligari (grabado en 10/81; Tic Tac - Tres Cipreses TT5-3C D, 2/82). Contiene los temas «Autosuficiencia», «Tengo un pasajero». Reediciones: DRO 003, 1982; Tres Cipreses 3C-006, 1983.
* EP Quiero ser santa (DRO, DRO-002, 1982; Tres Cipreses 3C-002, 1982).
* LP El Acto (grabado en 7/82; Tres Cipreses, 3C-003, 10/82)
* Single «Nacidos para dominar» / «Sangre» (grabado los días 3 y 4 de marzo de 1983; Tres Cipreses 3C-010, 1983)
* LP Los singles (DRO - Tres Cipreses, 1984, recopilatorio, incluye tomas del programa Caja de ritmos)
* CD Singles y primeras grabaciones (recopilatorio, DRO, 1995)
* CD Grabaciones completas 1981-1983 (recopilatorio, 2001)

Con Los Seres Vacíos

* Maxi single. Los celos se apoderan de mí / La casa de la imperfección (Tres Cipreses, 1982). 7″.

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(Jaime Urrutia, poco antes de ser arrastrado por la ola)

A punto de cumplir 52 años, Jaime Urrutia (Madrid, 1958) lleva camino de convertirse en un crooner a la española, o mejor, en una especie de Johnny Cash de La Latina que no se deja amedrentar ni por las modas ni por los nuevos sonidos del siglo. Va a lo suyo, grabando elepés cada muchos años en la medida en que su inspiración  y su afán por perfeccionar las letras se lo permiten. Después de escuchar decenas de veces Lo que no está escrito, el disco que acaba de editar (el tercero  en estudio y el cuarto en solitario desde que dejó Gabinete), no me veo capaz de concluir si es un buen o un mal trabajo. Es, como ha dicho en alguna entrevista, Jaime Urrutia en estado puro, con sus ritmos de pachanga y sus títulos de canciones sacados de frases hechas, su voz de fumeta y esa forma de cantar que parece un logopeda. Se le entiende todo a Jaime. Lo que no está escrito, me atrevo a afirmar, no es mejor que Patente de corso (2003), pero está mejor acabado que El muchacho eléctrico (2005). Sin ser un álbum  redondo, el último trabajo del ex Caligari te invita a escucharlo muchas veces por más que contenga algunas lagunas y un par de temas de relleno casi prescindibles. Grabado entre noviembre  y diciembre de 2009 en Circo Perrotti (Gijón), con grabaciones adicionales en La Sala (Valencia), el sonido del álbum es absolutamente vintage, recuerda a las grabaciones de los 60, con sus teclados Farfisa y sus Rickenbacker. Yo ya me lo he comprado y no me arrepiento, no sólo por devoción de fan (tengo del primer al último disco de Gabinete, singles, recopilaciones y primeras maquetas incluidas), sino porque, qué coño, ¿conocéis alguno mejor?

Lo que no está escrito
Típica canción de Jaime. Pachanguera, verbenera, al principio la odias y, cuando te das cuenta, la estás cantando en la ducha. Me ocurrió lo mismo con El calor del amor en un bar (por cierto, la portada del álbum es, como aquella de 1986, de El Hortelano). Desde hace 25 años, se puede encontrar en cada elepé de Jaime Urrutia o Gabinete una pieza de este tipo, desde Suite nupcial a La culpa fue del cha cha chá, pasando por ¡Qué barbaridad! o Maribel.

Tanta paz lleves
A ritmo de swing, Jaime nos cuenta la típica historia del tío pesado que acaba muriendo y todo el mundo respira aliviado. Por cruel que parezca, todos hemos conocido a algún individuo cansino que luego aparece ensalzado en los obituarios. Pues mira no, tanta paz lleves como descanso dejas.

Tarde
Una joyita de tema donde se entremezclan el amor, el paso del tiempo y una letra de Jaime muy bien acabada.

De perdidos al río
La mejor canción del disco. Otro título con frase hecha de los que tanto gustan al madrileño. El teclado de Esteban Hirschfield, inspirado en los 60, le da a la canción un aire retro que casa a la perfección con la melodía. Una de las mejores canciones de Jaime Urrutia.

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 (Chss, silencio)

Siempre a veces
Otro temazo. Una ráfaga de buen rock and roll con la que es imposible no mover los pies. El título juega con otra tradición clásica del género de decir una cosa y lo contrario (Hello goodbye, With or without you,…). El ritmo, muy stoniano, la convierte en una de las mejores piezas del álbum.

Y nos dirán
Aunque no es una mala canción, suena a ya escuchada. De hecho, Jaime repite letra (Cariño, tenemos que huir, lejos, muy lejos de aquí, canta en esta pieza; Le dijo, tenemos que huir, lejos, muy lejos de aquí, recitaba en Al final de todo, del disco Cien mil vueltas -1991-, de Gabinete Caligari). El tema está grabado con lo mínimo, sin bajo, y aunque, repito, no está mal, no puedo evitar que me recuerde a la de hace 19 años.

Tus problemas
Letra y música de Juan Carlos Sotos, colaborador habitual de Jaime Urrutia en la composición de canciones. Un buen medio tiempo que le da consistencia al disco. Como dicen los créditos, parece que el autor estaba pensando en este intérprete cuando la compuso.

¡Venga ya!
Un rock and roll clásico de lo más flojito del CD. No pasará a la historia entre el cancionero de Urrutia. Destacan, sin embargo, las guitarras de aire años 50. Prescindible.

Aquí sin más
Lo que no está escrito remonta con esta canción, que se supone autobiográfica y de la que se deduce que Jaime está en buen momento personal. Le importa un huevo lo que ocurra más allá del entorno en el que a él le gusta estar, en su sofá o en su trinchera, viendo pasar los días y que salga el sol por Antequera.

Tratando
Recupera esta canción que ya conocíamos por En Joy, el directo de 2007, en la que comparte estrofas con Andrés Calamaro. Me parece un tema magnífico. Debe de ser ya la segunda o tercera colaboración entre ambos músicos (la primera se produjo en el último disco de Gabinete y posteriormente hubo otra en aquella gloriosa versión de ¿Dónde estás? en la que intervenían Bunbury, Loquillo y Andrelo). Potente rock and roll que corona el disco.

Sin problemas
Una instrumental que aún no entiendo muy bien qué pinta en un disco de Jaime. Sustituye la voz por una armónica tipo Midnight cowboy, muy década de los 60 crepuscular. Por más veces que la oigo me deja indiferente.

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 (No es a santa compaña, es un cuadro de Caspar Friedrich)

Hay canciones no aptas para suicidas, canciones que lo mejor que puedes hacer después de escucharlas es lanzarte a la vía o darte un banquete de láudano. Si no fuera porque muchas de ellas se encuentran entre las piezas más bellas jamás compuestas, uno desearía que no hubieran salido nunca del imaginario de su autor, tan tristes ellas, tan execrables de la pura añoranza que rezuman. Desearía, digo, que muchas de estas canciones hubieran permanecido ocultas en el disco duro del artista, encerradas en un frasco de tinta fresca para no salir jamás a la luz, sordas para el oído del público, mudas en boca de su intérprete, tenebristas como un lienzo de Caravaggio.

Hace un par de noches paseaba a mi perro provisto de mi iPod, escuchando el estrepitoso golferío de Iggy Pop, feliz y rampante tirado por mi can, hasta que se coló en mi cerebro Little soul, el quinto corte del último disco de Depeche Mode, Sounds of the universe. Cuando me dispuse a traducir el contenido de la letra (en realidad una oda al enorme ego de los de Basildon) ya era tarde: una melodía envolvente y triste me invadió el corazón hasta dejarme plano. Me di media vuelta y regresé a casa. Lo cierto es que al  perro también le observé abandonado a la melancolía.

La primera vez que me puse a llorar al oír una canción debía de tener 17 años. Ocurrió -paradojas de la vida- con el Boys don’t cry de los Cure, un tema típico del chico añora a chica pero se guarda las lágrimas porque los hombres no lloran. Sí, lo sé, es estúpido llorar con Boys don’t cry, pero evito describir el estado de ebriedad en que me encontraba, por no recordar que la adolescencia es ese periodo idiota donde uno es capaz de gimotear mientras escucha Asturias, patria querida.

La canción con la que acabé diciendo aquello de “nunca más” (para volver a zambullirme en su glorioso deleite a los cinco minutos siguientes) fue Eleanor Rigby, de los Beatles. Aquello era tristeza y depresión de la buena, sobre todo, cuando McCartney decía aquello de Eleanor Rigby murió en la iglesia y fue enterrada con su nombre. Nadie acudió. El beatle repetiría la jugada casi 40 años después con otra pieza soberbia y más que triste a la vez, Jenny Wren (Como tantas chicas, Jenny Wren pudo cantar, pero un corazón roto destruyó su canción).

La paternidad me ha hecho especialmente sensible a aquellas canciones que hablan sobre niños que mueren cuando aún no han llegado a la pubertad. Siempre me entristecí mientras escuchaba All my love, de Led Zeppelin, la composición que Robert Plant dedicó a su hijo después de morir a causa de un extraño virus. Se levanta, se hace la taza, la tostada con todo otra vez , recordaba Plant a su vástago desaparecido. Clapton pasó por el mismo trance años más tarde (¿Sabrías cómo me llamo si te viera en el cielo? Tears in heaven). Hay una portentosa canción de Evanescence titulada Hello que la cantante del grupo, Amy Lee, dedica a su hermana pequeña, muerta de forma repentina cuando ni siquiera había alcanzado la edad de salir con chicos.

En los años 80, la era post punk trajo lo que vino en llamarse la onda siniestra. De aquel movimiento, y coincidiendo con esa época de la vida en que uno lee a Kafka y a Thomas Mann y entra en la edad adulta con una depresión de caballo, figuraban entre lo más pinchado de mi discoteca un grupo de Madrid llamado Décima Víctima, injustamente olvidado 30 años después. Con canciones cuyos títulos no dejan espacio a la duda (Inseguridad, Sumido en la depresión, La voz que me persigue, Escombros de un triunfo,…), Décima Víctima alcanzó la cima de la negrura con Decisión, un tema de su primer elepé que retrata fielmente al suicida:

Esperando el momento y la ocasión
lo he perdido si una vez tuve el valor.
A cambio perdura el silencio,
oculto y ahogo lo que siento.

 Por temor a la mas cruda decisión
he cambiado parte de la realidad.
Con frases y juegos de palabras,
huyendo de cruces de miradas.

 Hubo intentos de volver a la quietud
arrastrando con la sangre compasión.
No quiero palmadas en mi espalda
la causa no ha sido la esperanza.

 Los problemas han helado la razón,
en los hechos hay vestigios de vejez.
Si es esta la euforia de la vida,
que cambios nos traerán los días.

 Asqueado de una farsa de ilusión,
protegido en la templada soledad.
Hundiendo la cara entre las manos,
perdido en un siglo tan extraño.

 Esperando el momento y la ocasión
lo he perdido si una vez tuve el valor
A cambio perdura el silencio,
oculto y ahogo lo que siento.

Una banda esencial de la década pasada, Radiohead, ha escrito en mi opinión el tema más triste de la historia, una pequeña obra maestra con la que, sin embargo, la crisis económica griega te parece una película de Cantinflas. Me refiero a No surprises. De principio a fin estás esperando a que Thom Yorke se lance al vacío y te arrastre con él. Después de escucharla estás preparado para tumbarte en el diván del psicoanalista y confesarle tu infancia. Esta es sólo la primera estrofa:

Un corazón que esta lleno como un basurero.
Un trabajo que lentamente te mata.
Golpes que nunca sanaran.
Te ves tan cansado-infeliz…
Derroca al gobierno
Ellos no, ellos no hablan por nosotros
Tomaré una vida silenciosa,
un apretón de manos con el monóxido de carbono.

El añorado Antonio Vega, de cuya muerte se cumple ahora un año, dedicó a su pareja fallecida todo un elepé, 3.000 noches con Marga. Confieso que después de Boys don’t cry, Te espero es la única canción con la que me he emocionado después de escucharla por primera vez:

Empieza a amanecer, hace tanto frío acércate. Deja que sienta tu calor, volcán que a veces tengo y otras no. Hoy no es sólo un día más, ni tampoco un día menos que contar. Es un sueño que me hace sudar, recostado entre tus brazos hasta despertar. Cambiémos de lugar, hoy una casa aquí mañana más allá. Ajenos a la vencidad, pareja de rebeldes en cautividad. Tregua para la pasión, tregua para compartir dolor, tregua para la razón, y yo… te espero. Y yo.. te espero. Te espero porque volverás, tal vez me dé la vuelta un día y estés tu detrás. Te espero porque se quedó en el tintero la promesa de un mundo mejor. Y yo… te espero. Y yo… te espero. Te espero porque volverás, Te espero porque se quedó, en el tintero la promesa de un mundo mejor.Y yo…yo te espero. Te espero porque se quedó en el tintero la promesa de un mundo mejor. Te espero porque volverás, te espero porque se quedó en el tintero la promesa, en el tintero la promesa de un mundo mejor.

Hace unos meses, la web Spinner elaboró para Spotify una lista con las 25 canciones más (exquisitamente) tristes de la historia. Si lo que quieres es que te vuelva la depresión, prepara el Ipod y a llorar. La siguiente relación (aquí van sólo las 10 primeras) no es apta para días de lluvia:

  • ‘The River’ - Bruce Springsteen (1980)
  • ‘Nothing Compares 2 U’ - Sinead O’Connor (1990)
  • ‘No Surprises’ - Radiohead (1997)
  • ‘A Change Is Gonna Come’ - Sam Cooke (1964)
  • ‘Space Oddity’ - David Bowie (1969)
  • ‘That’s the Way I’ve Always Heard It Should Be’ - Carly Simon (1971)
  • ‘Lost Cause’ - Beck (2002)
  • ‘I’ve Gotta Get a Message to You’ - Bee Gees (1968)
  • ‘Back to Black’ - Amy Winehouse (2006)
  • ‘Shilo’ - Neil Diamond (1968)

Para ver la lista completa, haz clic aquí.

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 (McLaren, en una imagen de los últimos años, y en una actitud menos punk)

Malcolm McLaren, el manager que lanzó a la fama a los Sex Pistols y que, con la explosión del punk en aquel mítico Londres de 1977, contribuyó a dividir en dos la historia del rock and roll, acaba de fallecer en Nueva York a la edad de 64 años. Se lo ha llevado un cáncer, una enfermedad tan conocida y común para marcharse al otro barrio, que para un tipo como él casi parece una vulgaridad. Con su muerte, el mundo del rock ha perdido a uno de sus últimos provocadores, al individuo que, fuera cierto o no, cimentó su leyenda como padre putativo del punk y de una revolución estética y musical que influyó de forma determinante en todos los géneros, bandas y artistas posteriores, por más que los Damned, los Ramones o los New York Dolls, de los que fue agente en la última época de la banda, anduvieran enarbolando la actitud (más que la bandera) del movimiento mucho antes de que Johnny Rotten gritara Dios salve a la reina  a bordo de un barco sobre el Támesis.

Junto a su pareja de comienzos de los 70, la hoy prestigiosa diseñadora Vivienne Westwood, McLaren le puso imagen al punk después de que su asistente se topara en plena calle con un tal John Lydon (luego Johnny Rotten), un tipo estrafalario con el pelo verde que exhibía en su camiseta su odio a Pink Floyd. De gestos como ése se alimentó el punk: negación de todo lo que el rock había construido hasta ese momento, el famoso nihilismo de la generación pre-Thatcher (No future), el grito de la clase obrera y su rebelión contra la acoquinada monarquía británica y un look fundamentado en el fondo de armario del peor orfanato de Inglaterra (condimentado con crestas de mohicano o el desaliño capilar de un adolescente recién levantado).

Cuatro acordes pop pasados por la batidora de una guitarra muy sucia y la entonación vocal de un lunático a punto de vomitar sobre su psicoanalista pusieron en marcha la maquinaria engrasada por McLaren para hacer triunfar a los Pistols y, de paso, inaugurar el movimiento punk en uno de los barrios más coquetos de Londres (Chelsea). Como añadido, la oleada del imperdible aniquiló los aburridos grupos de aquella década: de canciones que ocupaban toda una cara de un disco a base de virtuosismo y el canto de los pájaros se pasó a alcanzar el éxtasis en apenas tres minutos.

 

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(Sid Vicious, McLaren y un bobby que pasaba por allí) 

Con un olfato para el marketing como han tenido muy pocos tipos en este negocio, McLaren lanzó al grupo en actitud de intentar echar abajo al Imperio Británico. Tanto God save de Queen como Anarchy in the UK fueron vetadas en la BBC. Sabedor de que en la Inglaterra del 77 la censura equivalía a publicidad gratuita y miles de discos vendidos, el agente se empeñó en presentar a los Pistols como el grupo más sucio de Gran Bretaña, hasta que las autoridades del país prohibieron a la banda tocar sobre suelo inglés. Sobre suelo, apréciese el matiz. Nadie dijo que no pudieran interpretar sus canciones sobre las aguas del Támesis.

McLaren les subió a un barco. La puesta en escena de Rotten hizo el resto, y de la noche a la mañana, la intervención de la policía y el consiguiente escándalo catapultó al grupo. En el vídeo que acompaña a este post se aprecia cómo la policía desaloja a empujones al agente del grupo. Por allí andaba ya Sid Vicious;  lo demás ya es historia. Habla Malcolm: “Fuimos la primera generación en rebelarse contra la sociedad de consumo, porque no nos daba una sensación de verdad. Sentíamos que no podíamos confiar en esa sociedad y buscamos ideales y los ideales los encontramos en la calle, cuando tomábamos una piedra, o hacíamos un cocktail molotov”. Ea.

Enterrado el punk, el peculiar personaje se embarcó en otros proyectos menos exitosos, como el apadrinamiento de Adam & the Ants o the Bow Wow Wow. Tampoco está comprobada la paternidad del siguiente experimento del manager fallecido, pero lo cierto es que hasta que Malcolm McLaren no se atribuyó la patente del scratch (el famoso rasgueo que los disc jockeys producen sobre el vinilo con la aguja del tocadiscos) a los DJ no les había dado aún por aplicarlo del modo que aún hoy perdura y que nutre de forma habitual géneros tan dispares como el hip hop o la música electrónica.

Considerado casi en idéntica medida genio o farsante, Malcolm McLaren ya ha entrado en la historia de la música contemporánea. Se concluye que por su elevada cuota de responsabilidad en la ascensión y caída del punk, sin la contribución del personaje nunca habrían existido bandas tan dispares como The Police, The Cure, Siouxsie and The Banshees o los propios U2, grupos que por afinidad con el movimiento o por aprovecharse sin ningún pudor de aquella ruptura que explotó en el 77, reinaron en los años siguientes y aún siguen haciéndolo tres décadas después. Su muerte a los 64 años viene a corroborar el lema oficioso del punk. Era verdad, no había futuro.

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 (Julieta Venegas, camuflada entre las flores en su último disco)

La mexicana Julieta Venegas acaba de sacar nuevo disco, Otra cosa, un conjunto de composiciones de amor, desamor, huidas y reencuentros al que no se le pueden poner muchas pegas. Es un buen álbum. La de Tijuana nos tiene acostumbrados a discos sencillos, agradables de escuchar y, sobre todo, sin pretensiones de gran estrella. Julieta es muy buena. Aquí, en España, la descubrimos en 2004, cuando saltó a la fama internacional con (2004), su tercer álbum, aunque ya había grabado dos trabajos anteriores, Aquí (1997) y Bueninvento (2000).

Es lo malo del aficionado español, que conoce muy tarde lo que viene de Iberoamérica y, además, por lo común, lo desprecia. Ñeeec. Error. Si aquí hubiéramos tenido la misma cultura rockera que nuestros amigos de más allá del charco, el pop y el rock ibéricos podrían codearse ahora con el poderío anglosajón, en lugar de estar pendientes de las versiones que cuatro gilipollas destrozan sin miramientos en Operación Triunfo. Menos mal que nos queda la Movida para presumir de algo propio.

Hagamos memoria. Cuando en Inglaterra triunfaban los Beatles y los Stones, aquí reinaba Antonio Molina. No es que tenga nada contra Antonio Molina, es más, en las letras de muchísimas coplas hay tanta poesía como en las obras completas de Miguel Hernández, pero que un veinteañero español de los años 60 abomine del Sgt. Pepper’s es como para sentarlo en el diván, psicoanalizarlo y preguntarle qué ha hecho con su vida. Podrán decir que España vivía una dictadura. Argentina también, y más cruel si cabe, y dio a luz a Charly García y a Spinetta, a los Tequila, a Sergio Makaroff  y a Moris. Aquí sólo se nos ocurrió meter a Miguel Ríos en la cárcel, y Bruno Lomas no fue suficiente para abanderar el rock patrio.

En 1984, Loquillo y los Trogloditas publicaron un disco de título bien significativo: ¿Dónde estabas tú en el 77? Supongo que muchos de vosotros tendréis padres rondando la cincuentena. Preguntadles si escuchaban a los Pistols en el 77. O a Loquillo en el 84. No digo yo que Serrat esté mal, que me parece un monstruo, pero, hombre, preguntadles también si conservan (si es que alguna vez lo tuvieron) algún single de Glutamato.

Iberoamérica nos ha dado siempre sopas con ondas. Lamentablemente, no ha sido hasta hace una década cuando dejamos de importar a Luis Miguel y al Puma para darnos cuenta de que Argentina, Colombia, México  o Uruguay atesoraban una riquísima historia del rock, muy apreciable y original, por cuanto lejos de imitar al gran hermano estadounidense (el rock fronterizo de México nada tiene que ver con el rock sureño del imperio) fusionaban al hijo del blues con ritmos propios, como el tango, la cumbia o el son.

Conocimos tarde a Los Lobos, a Charly y a Fito Páez, y gracias a Los Rodríguez supimos de un tal Calamaro que era gloria bendita. A principios de los 90, músicos españoles (y no me refiero a Bosé o a Julio Iglesias) comenzaron a ser conocidos allá y a tocar en pequeñas salas y luego en grandes estadios. Hablo de Sabina y de Héroes del Silencio, de Juan Perro y de Enrique Bunbury, y de muchos otros que, como navegantes de siglos pasados, trajeron a España lo que sonaba allí. Hace unos años, comenzaron a editarse una serie de discos que yo recomiendo. Bajo el título de Calaveras y diablitos (nombre basado en una canción de Los Fabulosos Cadillacs) se han editado varios álbumes con los que se consiguió popularizar en España grupos como Tijuana NO (México), Paralamas (Brasil), Aterciopelados (Colombia), Todos Tus Muertos (Argentina) o Los Rabanes (Panamá), una gozada para el oído y para los amantes del rock en castellano.

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Nadie les pide volver, pero insisten en hacer creer al personal que hay una turbamulta de fans exigiendo su regreso a la puerta de las discográficas, como si cuarentones/as histéricos/as se hubieran apostado ante la entrada de Polydor o Hispavox para reclamarles con la misma insistencia borreguil con que la Concapa ladra contra la Ley del Aborto. No me extrañaría que La Razón y ABC publicaran cualquier día que un millón de personas, según los convocantes, reivindica ante la ministra González-Sinde el retorno de Hombres G, Objetivo Birmania o Parchís. Aviso de que es más improbable que la Concapa pida que vuelvan Barón Rojo.

Leo atento la noticia de la próxima salida de un recopilatorio de Olé Olé (¡horror!) y me hago mis cálculos. Salida del disco en abril, rueda de prensa a mediados de mes, campaña de marketing a principios de mayo, caldeo de ambiente en los días siguientes y  gira veraniega a partir de julio. Me pregunto en qué demoscopia se habrán basado para llegar a la conclusión de que Olé Olé deben volver a la escena musical española. Más que una noticia parece una amenaza. Ya ocurrió con Hombres G. ¿Por qué regresaron? ¿Pero quién les había dicho que volvieran? ¿A quién se le ocurrió la idea de que uno de los grupos más impresentables de la historia de la música en español debía echarse de nuevo a la carretera y, lo que es peor, grabar un disco? Después de todo, la jugada les salió bien a medias. El primer año de su reencuentro llenaron un par de plazas de toros y alguien debió de pensar que aquello representaba el reencuentro de los Beatles. El verano siguiente no lograron convocar ni a los más despistados de la España profunda. ¡Zape! Y si aún tenéis alguna duda, echadle un ojo a este vídeo. A mí me ha quitado las ganas de desempolvar algún que otro vinilo.

Vaticino lo mismo con Olé Olé. Y hasta con Barón Rojo, que también andan de regreso. Con Leño hubo una de mosqueo. Otro amago. Se juntaron hace unas semanas para rendir homenaje a Miguel Ríos (este señor debería tener una estatua en cada gran ciudad española) y los nostálgicos de la caverna clamaron por una gira a lo largo de España, pero ni Rosendo ni los otros dos miembros de Leño son David Summers. Lo que fue bien, bien estuvo, que no toquen los cojones las narices con segundas partes que nadie pide.

Salvo que te llames Ian McCulloch. Me alegra ver que el cartel del FIB cuenta con Echo & the Bunnymen. Los autores de The Cutter conformaron hace 30 años ese pelotón de bandas after punk en el que también militaban The Cure, Siouxsie & the Banshees o Psychedelic Furs. Con U2 y los Smiths fueron lo mejor de la década. Su regreso hace un lustro, lo confieso, me asustaba. Estoy en contra de los regresos. Sin embargo, grabaron un elepé, Syberia, que devolvía a los Bunnymen al Olimpo de las grandes bandas para dar un par de lecciones a tanto grupo mediocre camuflado bajo la prestigiosa Denominación de Origen Indie. En 2009 han editado The Fountain. La fórmula se les agota y el disco se sitúa un peldaño por debajo de su antecesor, pero pueden presumir de haber vuelto con dignidad porque su sonido (y ese es el mérito de los buenos grupos) es intemporal: lo mismo puede sonar en los 80 que en los 90.

Malagueñas psicodélicas
Esta semana se ha presentado en Benidorm el Low Cost Festival (23 y 24 de julio, Parque de l’Aigüera). El cartel me parece cojonudo, debo decir, porque, entre otras cosas, Placebo son una de esas bandas que cuanto más las oyes más te gustan. En cuanto al resto, no vamos a descubrir a estas alturas a Los Planetas. Los demás (Love of Lesbian, Lori Meyers o Iván Ferreiro) constituyen valores seguros. Pero si de algo sirven estos festivales es para advertir que, afortunadamente, la música atesora una gama de estilos tan variada que reconforta conocer nuevas bandas que garantizan el futuro del negocio. Me refiero a Vive la Fête o The Right Ons, a los que apenas conocía y que me han devuelto la ilusión del fan. Echad un vistazo al cartel y buscadlos en Youtube o Spotify. Puedo asegurar que la nómina del Low Cost no tiene rellenos y aconsejo desde aquí no perderse ni un solo concierto.

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 (Eric, J., Florent, Banin y Julián, antes de cantar por fandanguillos)

Y ojo a Los Planetas. Acabo de escuchar su nuevo trabajo en Disco Grande, el programa que Julio Ruiz conduce en Radio 3 (podéis bajaros el podcast desde la web de la emisora). Aunque yo les prefiero en su versión más pop, Una ópera egipcia me parece un disco tremendo. Lo digo para que estéis preparados para escucharlo el próximo julio en Benidorm. Conociendo la trayectoria del grupo, dudo que J. y Florent se lancen a un concierto de grandes éxitos. Supongo que eso lo dejarán para dentro de diez años, cuando una turbamulta de fans se agolpe ante el Ministerio de Cultura para reclamar su regreso.

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