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(Primer premio del cartel de Hogueras, 1969) 

Woodstock, el viejo Woodstock, ya es todo un cuarentón. El festival de música, paz y amor organizado en Nueva York y que certificó la mayoría de edad del movimiento hippy, acaba de cumplir 40 años entre recordatorios de la prensa especializada, de la generalista y de no pocos comentarios teñidos de nostalgia y de lamentaciones de lo que pudo ser y no fue en los años siguientes: paz, amor y flores en el pelo.

Los días 15, 16 y 17 de agosto de 1969 representaron, y creo no exagerar, el culmen de una revolución protagonizada por medio millón de personas que multiplicó su efecto por todo el mundo. Ese año, la Unión Soviética lanzó el Soyuz; en Estados Unidos, Lyndon Johnson fue reemplazado por Nixon; Led Zeppelin lanzó su primer disco y los Beatles se encaramaron al tejado de Apple Redords para ofrecer su última actuación; Arafat asumió la jefatura de la OLP; John y Yoko se casaron en Gibraltar; Katharine Hepburn y Barbra Streisand ganaron el Oscar; en Nueva York se produjeron los disturbios de Stonewall que darían lugar al Día del Orgullo Gay; se estrena Easy Rider; la secta de Charles Manson asesina a la actriz Sharon Tate; los norteamericanos se lanzan a las calles para protestar por la guerra de Vietnam y John Lennon devuelve su medalla del Imperio Británico por el apoyo que su país concede al conflicto; dos miembros del movimiento de los Panteras Negras mueren asesinados mientras duermen, en una operación en la que participan 14 agentes de policía. Yo cumplí tres años. Ese año nacieron, entre otros, Marylin Manson, Dave Grohl, Bobby Brown y Jay-Z.

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(Había ambientillo, eh)

Hoy estamos acostumbrados a este tipo de festivales. Nuestro Benicàssim figura entre los primeros del mundo. Otros ya son leyenda, como Reading, Glastonbury o Mont de Marsan, pero ninguno reúne el encanto amasado por Woodstock, que se erigió en monumento a la paz y a la libertad. Dylan, los cuatro de Liverpool, los Who o los Stones llevaban casi una década en primera línea, aunque Woodstock, antes de Altamont, celebrado meses después, demostró que el rock and roll todavía no había perdido la inocencia. Lo haría en Altamont. Jagger y Richards, al igual que Dylan, se descolgaron del certamen de Nueva York. En el famoso festival en que los Angeles del Infierno redujeron (es un decir) al tipo que quería disparar contra Mick, el rock se quitó el babero, firmó el acta de defunción del hippismo y el espíritu de Woodstock se desvaneció como un bonito recuerdo del que, afortunadamente, queda la añoranza, la película que montó Scorsese y grandísimas canciones, además de recuerdos imborrables sobre el escenario. Mis actuaciones preferidas son, por este orden, las de los Who, la de Jimi Hendrix y la de Jefferson Airplane, pero si echamos un vistazo a los carteles, sería difícil reunir hoy día a tanta leyenda.

Así fue la “exposición aquariana” de White Lake.

Viernes, 15 de agosto

  1. Richie Havens
  2. Swami Satchidananda.
  3. Country Joe McDonald 
  4. John Sebastian
  5. Incredible String Band
  6. Bert Sommer
  7. America  
  8. Tim Hardin
  9. Ravi Shankar
  10. Melanie
  11. Arlo Guthrie
  12. Amazing Grace
  13. Joan Baez
  14. Joe Hill

Sábado, 16 de agosto

  1. Quill
  2. Keef Hartley Band
  3. Santana
  4. Canned Heat
  5. Mountain
  6. Janis Joplin
  7. Sly & The Family Stone
  8. Grateful Dead
  9. Creedence Clearwater Revival
  10. The Who
  11. Jefferson Airplane

Domingo, 17 de agosto a Lunes 18

  1. Joe Cocker
  2. Country Joe and the Fish
  3. Ten Years After
  4. The Band
  5. Blood, Sweat & Tears
  6. Johnny Winter
  7. Crosby, Stills, Nash & Young
  8. Paul Butterfield Blues Band
  9. Sha-Na-Na
  10. Jimi Hendrix 

Aparte de la música, poco queda de aquello. La sociedad ha engullido el espíritu de la comuna, y salvo algún perroflauta, apenas quedan hippies más allá de la pose ensayada de algunas estrellas del rock. Menos mal que Dylan resiste. El de Minnesota acaba de rechazar una oferta para poner su voz al GPS. ¿Os imagináis? “A Cuenca, Bob”. “La respuesta está en el viento, amigo”.