Mie 28 Oct 2009
Barriobajero I
Escrito por Jorge Fauró en General
El 19 de noviembre de 2004, la madre de Pedro Solo abrió la habitación de su hijo y le encontró muerto. Estaba desnudo, y sobre el giradiscos, como si renunciara a morirse, un vinilo de Nick Cave daba vueltas alrededor de la aguja sin prisa por que el plato se detuviera. A punto de cumplir los 36 años, Pedro Solo había llevado una vida de excesos que al final le mató. Pedro era mi amigo. Le perdí la pista a principios de siglo cuando se enroló en un mercante e inició una vida de aventura que le llevó por todos los puertos de Sudamérica, África y alguno de Europa. Quería ser escritor. Varios años después de morir me decidí a publicar algunos de sus relatos, apenas una docena agrupados bajo el el título de Barriobajero, diario de un puto yonki (¡Ojo, un yonki ilustrado). Este es el primero.
(Lo hicimos dentro del aseo de caballeros. Enseguida me acordé de Luis). FOTO. Cristina de Middel
Tango
Después de echar un vistazo a todos mis discos (para quedar bien ante los amigos, recréese usted en la palabra vi-ni-los) advierto que el tango no es uno de los puntos fuertes de mi archivo. Acabo de descubrir al polaco Goyeneche. Fue gracias a Bunbury. Al final de un concierto, el aragonés errante se echó al micro un par de tangos como venía siendo habitual antes de su espantada. Aquello no sonaba a la Velvet Underground, pero no le faltaba razón al maño cuando expresó la envidia que sentía del público mayoritario que aún no había descubierto la poesía de los arrabales. A los pocos días tuve que darle la razón. Me empapé del polaco y nunca se lo agradeceré a Bunbury lo bastante. Un botón de prueba: bajen los focos, hágase el silencio, enciendan sus cigarrillos, que allá va Goyeneche:
“Lástima, bandoneón, mi corazón, tu ronca maldición maleva…Tu lágrima de ron me lleva hasta el hondo, bajo fondo, donde el barro se subleva. ¡Ya sé, no me digás! ¡Tenés razón! La vida es una herida absurda, y es todo tan fugaz que es una curda, ¡nada más! Mi confesión. Contáme tu condena, decime tu fracaso, ¿no ves la pena que me ha herido? Y habláme simplemente de aquel amor ausente tras un retazo del olvido. ¡Ya sé que te lastimo! ¡Ya sé que te hago daño llorando mi sermón de vino! Pero es el viejo amor que tiembla, bandoneón, y busca en el licor que aturde, la curda que al final termine la función corriéndole un telón al corazón. Un poco de recuerdo y sin sabor gotea tu rezongo lerdo. Marea tu licor y arrea la tropilla de la zurda al volcar la última curda. Cerráme el ventanal que quema el sol su lento caracol de sueño, ¿no ves que vengo de un país que está de olvido, siempre gris, tras el alcohol?…” (Aníbal Troilo / Cátulo Castillo).
En esas que agarré la curda del Troilo y me agarré a la primera hembra que atisbé en la barra. Horas antes había estado con Luis, un pimpollo de 24 años que vendía un material irregular, a veces bueno, a veces un disparate, pero suficiente para, a su edad, conducir un coche de lujo, vivir en un chalé de cojones y exhibir a una rubia imponente en el asiento del copiloto. Tal era mi estado que ni siquiera me presenté. Me quedé mirándola, y cuando estaba a punto de decirle algo tan estúpido como decíme tu condena, contáme tu fracaso (Goyeneche), se me ocurrió algo mejor. Ante aquellos 120 kilos de humanidad maquillada, me imaginé a mí mismo como el replicante de Blade Runner. Solté, entonces, el famoso diálogo de Rutger Hauer, y así me presenté ante aquella enorme humanidad de rasgos femeninos y nívea piel: Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos C brillar en la oscuridad más allá de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.
Toma, toma y toma.
(Me apreté contra el cuerpo de aquel globo aerostático con el vigor del replicante). FOTO. Cristina de Middel
Funcionó. En menos de 10 segundos, mi lengua seca y pastosa estaba en la boca de aquél conglomerado elástico y gomoso. Noté el asunto ponerse a 200 y me apreté contra el cuerpo del globo aerostático con el vigor del replicante. Ella jadeó. Aprecié su gemido en cuanto uno de mis dedos se adentró bajo su falta y se hundió dentro de un cráter como tres campos de fútbol. El vaivén de mi dedo hacía chup-chup e incluso podía oír el eco.
- Vamos -le ordené.
Lo hicimos dentro del aseo de caballeros. Enseguida me acordé de Luis, de su coche de lujo y de su puta madre. Con un buen material podría haber estado follando durante horas, pero me corrí a la tercera embestida.
- ¡Córrete, gorda! -exclamé.
La suerte estaba conmigo. Era el primer polvo de aquella chica en dos años. Me confesó que se había corrido a la primera caricia, mientras estábamos en la barra, y que volvió a hacerlo mientras yo olisqueaba allá abajo y me hacía polvo las rodillas contra el suelo del WC.
- ¿Me das tu teléfono?
- Claro -le respondí con media sonrisa.
Sabía de memoria el número del cabrón de 24 años del coche de lujo y chalé de cabo chusquero de Sinaloa.
Apunta, le dije.
- Oye, no me has dado tu nombre para que lo anote en el móvil.
Tras pulsar los nueve dígitos que componían el número del dealer, leí como escribía, como si fuera la mujer más feliz del mundo: Roberto Goyeneche.
Guardado en la memoria del teléfono. Hecho. Salir.

