El Eje Mediterráneo español en la era de las Nuevas Tecnologías
23 Febrero 2008
Hace veinte años se habló por primera vez del Eje Mediterráneo español en un manual de economía española. Era mi aportación a una obra colectiva coordinada por José Luis García Delgado y que se insertaba dentro de los principales tópicos de la economía nacional de la mano de autores como Fuentes Quintana, Velarde Fuertes, Emilio Ontiveros… El Eje Mediterráneo español estaba “de moda” y la mayoría de los economistas lo consideraban el espacio con mayor potencial de la economía española. El propio Enrique Fuentes Quintana me encargaba cuatro años más tarde la dirección de un número monográfico de Papeles de Economía Española dedicado al “Arco Mediterráneo español” donde más de una veintena de especialistas profundizaban sobre diferentes aspectos del que ya se consideraba uno de los espacios geográficos con más potencial incluso de Europa.Tras un periodo dilatado de tiempo es interesante (e incluso puede que muy necesario) realizar un análisis más actual en el que se revisen algunas de las predicciones y orientaciones que se llevaron a cabo por aquel entonces. Además, la oportunidad de este tema viene justificada por el hecho de que, en el marco de las exigencias de la globalización, un país como España sigue necesitando más que nunca espacios geográficos de referencia que, ofreciendo la competitividad y atractivo internacional necesario, sean capaces de concentrar sectores de futuro y empresas que exploten el conocimiento y la atracción de talentos en el era de la Nuevas Tecnologías y el conocimiento. Desde esta perspectiva debiera ser contemplado actualmente el Eje o Arco Mediterráneo español propiciando nuevas reflexiones y aportaciones sobre el tema.
El Eje Mediterráneo queda configurado en la realidad no sólo como una mera agregación de espacios administrativos o geográficos con un potencial determinado. Cualquier análisis deja constancia de su relevancia para el mercado en términos de un buen número de variables relevantes: población, crecimiento, especialización sectorial, turismo, actividad inmobiliaria, concentración de riqueza, sistema de ciudades, etc.
Carencia de políticas que favorezcan el Eje Mediterráneo
Pero es obvio que se trata de un espacio teórico. Las Comunidades Autónomas segmentan su potencialidad incluso, como parte del mismo, ven competencias y amenazas más que sinergias y complementariedades derivadas del todo en su conjunto. Por otro lado, la miopía respecto del Eje Mediterráneo de los sucesivos gobiernos centrales en los últimos veinte años no ha hecho nada más que confirmar aquella visión del economista Perpiñá Grau al indicar la tradicional y tozuda visión radio-céntrica gubernamental de España en torno a su capital y la periferia.
El Eje Mediterráneo es frecuentemente visto como un problema por las diferentes Comunidades Autónomas que lo conforman, las cuales perciben en la Comunidad vecina una amenaza de competencia a la hora de atraer turismo, vender inmuebles o propiciar la localización de empresas interesantes. Nadie piensa en explotar el atractivo del Eje Mediterráneo en relación con las Nuevas Tecnologías o el conocimiento. Se pierde la visión de conjunto y las ventajas de su potencialidad como tal. Algo que es palpable si observamos cualquier aglomeración o eje económico mundial que sea relevante internacionalmente. Incluso cabría mencionar que la vecindad de algunas Comunidades Autónomas no ha propiciado ni tan siquiera la puesta en común de políticas elementales tales como meras plataformas de relación cultural, que incomprensiblemente se han visto envueltas en conflictos sectarios y artificiales.
Para el Gobierno central, el Eje Mediterráneo sencillamente no existe más allá de su inserción en algún que otro discurso político. No hay políticas que favorezcan o prioricen el Arco Mediterráneo como tal; no hay un estrategia ambiciosa para poner a este espacio al nivel de competitividad que exige su inserción en una economía global. Todo pasa por un “reparto” a las Comunidades Autónomas en transferencias o inversiones. El trazado radio-céntrico del AVE, las políticas sobre el agua, la carencia de una oferta potente de espacios de calidad para las empresas, la coherencia del sistema axial de puertos y aeropuertos etc. vienen a poner de relieve tal carencia.
Incluso en clave política, los sucesivos gobiernos centrales no han tenido la visión suficiente como para ver en la potenciación del Eje Mediterráneo una solución a los problemas de endogámicos de Cataluña o de la propia Comunidad Valenciana. Con políticas con una concepción territorial más abierta, quizás hoy la primera estaría menos volcada en su radicalismo nacionalista y la segunda probablemente hubiera sobrepasado una renta por habitante bastante superior a la actual, situada todavía levemente por debajo de la media ampliada de la UE. Ambas Comunidades estarían unidas por intereses comunes relevantes lo que no parece traducirse en la práctica en actuaciones concretas del calado que exigen este tipo de cuestiones.
En los últimos años las fuerzas del mercado han proseguido con del desarrollo y la vertebración geográfica y económica como tal eje. Esto a pesar de la disparidad y falta de convergencia y entidad de las políticas y actuaciones de las diferentes Administraciones Públicas.
Hay que insistir en que es en este terreno donde se están perdiendo grandes oportunidades. Actuar en dirección de las fuerzas del mercado hubiera tenido sus ventajas. No es descabellado pensar que si se hubieran diseñado políticas para potenciar el Eje Mediterráneo, siguiendo aquellos anhelados afanes de conseguir una “California europea”, hoy quizás sería ya considerado un espacio económico de referencia de los más prósperos y dinámicos de Europa.
¿Un nuevo modelo de crecimiento para el Eje?
En los últimos años el crecimiento inmobiliario y el auge de algunos otros sectores ya tradicionales como el turismo, los servicios y determinadas actividades manufactureras pueden haber hecho creer que el Eje del Mediterráneo caminaba por la senda idónea. Sin duda, explotar los atractivos residenciales es importante, pero no es todo lo que pueda dar de si el espacio en cuestión ni mucho menos.
El modelo de crecimiento por el que se apuesta no es una cuestión marginal. La fórmula turismo, inmuebles y actividades manufactureras tradicionales tiene limitaciones importantes. En este mismo periodo Irlanda ha pasado de farolillo rojo en la renta europea por habitante a liderar, tras Luxemburgo, este indicador en el conjunto de la UE. No es lo mismo crecer con ladrillos que con conocimiento.
Un despegue del Eje Mediterráneo español traería extraordinarios beneficios a las Comunidades Autónomas que lo conforman y al conjunto de España. Incluso Cataluña, aunque con ventaja con respecto al resto del Eje Mediterráneo español, le falta relevancia en términos de las economías de la aglomeración. En los últimos años se ha debatido entre un débil despegue en los sectores de futuro y la deslocalización de sectores tradicionales. Cataluña sin el Eje Mediterráneo no tiene entidad locacional suficiente. La Comunidad Valenciana, Murcia, Andalucía Oriental quedan como eslabones más débiles y desvertebrados dependientes de una imagen excesivamente ligada a sectores como el turismo, la demanda inmobiliaria o manufacturas tradicionales. España a su vez necesita de algún espacio aglutinador de atractivos suficientes (residenciales, climáticos, infraestructurales…) para atraer inversiones en sectores de futuro y retener talentos.
La inversión en infraestructuras, servicios y el diseño de políticas en general que hagan competitivo este espacio a nivel mundial sigue siendo una apuesta prioritaria para un país como España, necesitado de capacidad para atraer estos sectores de futuro… Pero, aunque nos pese, el Eje Mediterráneo seguirá siendo un espacio teórico sin el concurso en nuestro país de una política con amplitud y altitud de miras.
Andrés Pedreño Muñoz
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