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Se buscan emprendedores e insensatos del siglo XXI
11 Junio 2011

Al final de todas las medidas, ajustes y deberes cumplidos de la economía española ojalá alguien se dé cuenta que el problema es que nos faltan emprendedores, empresarios del siglo XXI, una rara especie en la península ibérica que suele ser capaz de sobrevivir sin dificultades bajo las consabidas condiciones de globalización, información, conocimiento, innovación, etc.

El caso es que deberíamos tener claro que el empleo lo crean las empresas, y en nuestro país, en un altísimo porcentaje las PYMES. Pero lo evidente no siempre es lo crucial en política económica.

Capital humano, pero no suficientes emprendedores

Tenemos alumnos universitarios y titulados con un muy alto nivel de formación. Lo que no tenemos son suficientes emprendedores, capaces de crear empresas competitivas, viables en sectores de futuro, diestros en explotar el conocimiento, en impulsar empresas de base tecnológica, exportadoras de bienes de alta o media tecnología.. Estos alumnos en vez de intentar montar una empresa esperan a ser llamados para un empleo o buscan salidas profesionales en Alemania, Brasil, países emergentes… Exportamos capital humano tras una costosa formación que pagamos todos los españoles.

Por otra parte, los pocos emprendedores jóvenes que se atreven a iniciar la aventura de una empresa, en una coyuntura económica tan adversa como la actual, no los tratamos bien. No tenemos una financiación diseñada para hacer viables este tipo de proyectos de alto riesgo (business angels, capital venture…), no tienen espacios (ecosistemas de innovación) donde interactuar para descubrir nichos interdisciplinarios, no hay incentivos significativos para construir redes profesionales efectivas. Y lo más importante, la investigación de las universidades y su masa crítica de investigadores es absolutamente ajena al ámbito emprendedor, salvo muy honrosas excepciones.

Nuestra cultura emprenderora es debil y la ahogamos

Nuestra infraestructura y marco legal empresarial quizás sea válido para la vieja economía, la actividad inmobiliaria, el pequeño comercio, el turismo, etc. Pero es absolutamente precario y anticuado para el desarrollo de proyectos relacionados con las TIC, la nanotecnología, la biotecnología o la innovación a gran escala en los mismos sectores tradicionales.

La burocracia y las regulaciones son reducto del pasado y no están hechas a medida de un marco incentivador e ilusionante, pensado para jóvenes empresarios dispuestos a crear empresas del siglo XXI y empleo. El marco regulatorio, fiscalidad, condiciones laborales, financiación, que las grandes empresas tradicionales sortean con menos dificultades contratando servicios especializados, ahogan a las pequeñas empresas al poco de nacer. Sólo hay que leerse a modo de ejemplo las innecesariamente complejas convocatorias oficiales de financiación, ayudas, etc que nacen de las administraciones públicas. Parecen diseñadas para desanimar a jóvenes emprendedores.

La Ley de la Ciencia: una oportunidad perdida

Esta reflexión la ligo a la Ley de la Ciencia (Ley de la ciencia: desencanto y frustración) que se acaba de aprobar y que lamentablemente considero es una oportunidad perdida. En la actual crisis económica, huérfana de modelo, en una era del conocimiento aceptada internacionalmente, la Ley de la Ciencia debía haber sido un revulsivo que enlazara lo publico y lo privado, dos compartimentos estancos incomunicados que, en un país con cinco millones de parados constituye un derroche insostenible (ver también Business Angels y Ley de la Ciencia). La debilidad de la citada Ley de la Ciencia es más sorprendente en un contexto donde bastantes universidades y redes universitarias sí están convencidas en apostar con fuerza por el emprendedurismo.

Como dice un buen amigo de mi universidad, las grandes transformaciones pocas veces nacen del consenso, sino de aquellos llámense visionarios, lideres o emprendedores que han sabido ver más allá de la situación actual y tener los arrestos para cambiar y remover viejos intereses.. Este amigo me recordó además a G. Bernard Shaw: “El hombre sensato se adapta al mundo; el hombre insensato persiste en intentar que el mundo se adapte a él. Por lo tanto todo progreso depende del insensato”.

Andrés Pedreño Muñoz

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