Bob Esponja ya no vive aquí

Guardado en: Documental — Junio 8, 2010 @ 1:58 am

Focas de WeddellLos millones de litros de crudo vertidos en el Golfo de México desde el pasado abril o la velocidad a la que asciende la tasa de desaparición de especies al día parecen indicar que más que un grito de auxilio, Océanos (Oceans, 2010) es el testamento del mundo submarino. La última película de Jacques Perrin y Jacques Cluzaud no es el típico “documental de La 2″, aunque esté protagonizado por animales y eche mano de una profunda voz en off. Aquí el espectador abandona su tradicional vouyerismo y se sumerge en las profundidades del océano como un habitante más. La cámara-ojo se infiltra entre sus residentes en un cuidado trabajo de grabación que ha durado cuatro años, y que convierte este documental en el más caro de la historia de la no ficción. Con mayor proximidad que la que disfrutamos en “Fondo Bikini”, los responsables de Nómadas del viento (Le peuple migrator, 2001) muestran, a través de extraordinadinarias imágenes, la vida allí donde la mano del hombre no ha llegado… y la tragedia de los lugares donde el “hommo sapiens” sí lo ha hecho. Una diferencia que determina el devenir de las especies con el tiempo contado como la llama de una cerilla. No hay poesía cuando una mano firme corta la aleta a un tiburón recién cazado, para segundos después echar al escualo, todavía vivo, por la borda sin pestañear para que siga agonizando en el fondo del mar.

Fotograma de OcéanosSin embargo, más que un destino apocalíptico, Océanos mezcla la extrema belleza de un mundo submarino nunca visto, con la sensibilidad visual de las mejores obras del cine. Un poema audiovisual donde la naturaleza salvaje es la absoluta protagonista. Una pieza única que consigue trasladar al espectador la acción, el romance, el drama y la comedia de un mundo que se mueve con su propio lenguaje, el de los sentimientos.

La cámara de Perrin y Cluzaud, mejor dicho los cámaras -especializados en estas lides-, descubren la delicadeza de las ballenas, nadan a la velocidad de los delfines, captan la caza de las aves sumergiéndose en el agua como flechas, se infiltran en la guarida de los cangrejos, o en las peleas a pie de pista. Todo ello sin que la exquisitez de sus fotogramas cese en un metraje que deja sin respiración. El sonido ambiente y espectacular acompañado de una cuidada banda sonora conmueve a la vez que embellece un montaje hiperrealista.

La virtud de Océanos reside en todo lo anterior pero, sobre todo, en la creatividad de sus directores para ofrecer un documental que convierte en actores a los seres que filma, sin maquillaje ni atrezzo, que aboga a la conciencia de los espectadores mediante el denostado “mientras hay vida hay esperanza”, sabiendo que para que unos vivan otros deben morir. Así es la vida, la crueldad de la selección natural o la agresión del hombre. Un mundo donde la amabilidad de los Patricio o los Bob Esponja nunca existió pero sus habitantes también pueden enseñar el respeto por las especies marinas.


Lo que hay que tener

Guardado en: cine americano, ciencia-ficción, General — Enero 21, 2010 @ 12:47 am

El realizador James Cameron vuelve a la carga, igual que la que suscribe vuelve a abrir el blog tras un paréntesis -demasiado largo-. Con el Globo de oro de Mejor director y Mejor película bajo el brazo, el canadiense empieza el año como era de esperar, recogiendo su saco de premios. Y es más que previsible que el próximo 2 de febrero, cuando se hagan públicas las nominaciones para los Oscar, escuchemos el título de su última obra en más de dos ocasiones. La “película de estas navidades” es, para una legión, la película del año o, incluso, del siglo. En cambio, no hay dudas al afirmar que Avatar ha revolucionado la tecnología en el cine 3D. De hecho, cualquiera que haya pagado los nueve o diez euros, según el caso, obligatorios para poder lucir las cómodas gafas que permiten ver la tercera dimensión del filme, sabe que ha valido la pena. Y es que, zambullirse en todo un universo que desafía a la imaginación y vivir  una experiencia en la que ha podido sentir, literalmente, que algún navi de tres metros está sentado a su lado “no tiene precio”. Parece, pues, que Cameron vuelve a conseguir, como ya hizo con Titanic, atrapar al espectador, y de paso a los encargados de dar los galardones, a golpe de efectos especiales. Y es que sólo él podría llevar a cabo tamaña aventura épica futurista que porta la ecología como bandera.

Escena de “Avatar”

Acabada la película, el espíritu”Greenpeace” ya se ha adueñado de la mayoría de la sala, y no hay quien no desee fervientemente formar parte del “Rainbow Warrior”, convertido en su propio avatar atlético, inteligente y con esa especial habilidad para conectar con todo bicho viviente. Estupendo, ya somos todos azules, dejamos a “los Gasol” por debajo del hombro y vamos en taparrabos, pero el que se haya perdido tan fantástica historia en la sala de un cine, con todo lo que un proyector, una pantalla de varios metros, un sonido envolvente y un par de gafas 3D aporta, dudo que vayan a salir tan fascinados de su sala de estar. Tras “dormir” las casi tres horas de largometraje -nunca mejor dicho- lo único que van a desear es haber escogido cine de barrio. Probablemente, haya quien crea lo contrario, para gustos colores. Sin embargo, desde mi punto de vista, el cine debería de ofrecer algo más, aparte de avances tecnológicos, lo que se dice un guión, vamos, una historia con miga. Porque, ¿Si técnicamente es impecable pero el resto de elementos hace aguas sigue siendo una buena película? Supongo que si hay escritores que llegan a ser best-sellers sin realizar demasiados esfuerzos literarios, ¿Por qué no va a ocurrir en el Séptimo Arte? Entonces, ¿qué es lo que hay que tener?

Escena de “2001: Una odisea en el espacio”El Cine aúna diferentes campos artísticos, literatura, teatro, pintura, fotografía… todos ellos combinados con la tecnología, por supuesto, pero se hace necesario un equilibrio. Ejemplos de ese equilibrio los hay y muchos. Kubrick y su 2001: Una odisea en el espacio (1968, 2001: A Space Odyssey) también rompió moldes por sus efectos especiales y cuenta con unas imágenes que más allá de su espectacularidad, poseen una profundidad conceptual que la hace objeto de diversas lecturas, algo de lo que la cinta de Cameron carece. Otro equilibrio menos lejano y llamativo es El secreto de sus ojos, de Juan José Campanella, que tiene posibilidades de llevarse una nominación a los premios de la Academia de Hollywood. Un filme de los que te dejan clavado en el asiento, increíblemente interpretado y técnicamente rodado, con una trama redonda que no necesita de un exagerado “G.I. Joe” metido a malo de película, aunque sus malos lo son (y lo que es más, existen en la vida real), ni de recursos fáciles aunque sus premisas sean tan sencillas como la amistad, el amor o el deseo frustrado. Aquí dejo un (imagino, falso) plano secuencia asombroso:


Hace unos meses, cuando fui a ver la última de Woody Allen, Si la cosa funciona, la proyección fue un desastre durante los primeros quince o veinte minutos de la cinta. El gerente de la sala, que reconoció saber de antemano este fallo, me dijo algo así como que al tratarse de una película de Woody Allen, en la que lo que importa son los diálogos, no pasaba nada. Pues eso, que apaguen el proyector que con escuchar los diálogos (doblados, claro) es suficiente. Claro que si el neoyorkino se hubiera dedicado sólo a escribir no tendríamos joyas (visuales) como Manhattan (1979):


Me quedo pues con los Campanella, Allen y Kubrick que diseccionan al ser humano con bisturís de celuloide consiguiendo aturdir tanto o más que cualquier avatar que se les ponga por delante, y eso sin hablar de otros monstruos que sobreviven en la cartelera alicantina, Coen (Un tipo serio) o Haneke (La cinta blanca) por citar algunos. Así que si todavía no has visto Avatar, tranquilo que hasta marzo hay tiempo, al parecer ésta, tiene “lo que hay que tener”, al menos, para triunfar.

¿La nueva “Annie Hall”?

Guardado en: Estrenos, General — Octubre 26, 2009 @ 3:57 pm

500 d�as_Annie Hall
El hecho de que el videoclip, escalón evolutivo incuestionable del binomio cine y música, sea el caldo de cultivo de algunos de los directores más interesantes del cine actual, véase el caso de Jonze (Cómo ser John Malkovich) o Gondry (Rebobine, por favor), junto a que en Estados Unidos algunos la hayan bautizado como la “Annie Hall de la generación i-Pod”, me ha llevado a ver la ópera prima del realizador de videoclips Marc Webb, (500) Días juntos -cuyo título en inglés (500) Days of Summer se ajusta más a la historia, por el juego de palabras entre el nombre de la chica y el verano, en la lengua de Shakespeare, que los protagonistas pasan juntos-.
Terrazas similares
Si Woody Allen se sentaba junto a Diane Keaton en un banco a medianoche para contemplar el puente de Brooklyn en Manhattan, aquí Tom y Summer lo hacen frente a otra obra arquitectónica, esta vez, de la ciudad de Los Angeles.

El banco de TomManhattan
Una atípica historia de “chico conoce a chica” en la que el príncipe azul es ella -no es casualidad que ella siempre vista de ese color- y que, como apunta su protagonista, muestra los daños que las películas y el pop han provocado en el significado de la palabra “amor”. Así, el cine y la música parecen haber hecho estragos en idealistas como Tom (Joseph Gordon-Levitt, a algunos les sonará como el pequeño de la familia de extraterrestres en la serie Cosas de marcianos) o para realizadores como Marc, que desarrolla un largometraje plagado de referencias cinéfilas y musicales. Como ejemplo de lo anterior, el vídeo promocional que director y actores hicieron, la canción por supuesto es de She & him, grupo de la otra mitad de la pareja protagonista, la actriz y cantante Zooey Deschanel.


O en la fantasía musical del enamorado protagonista con el tema de Hall & Oates, You make my dreams come true.


Parecía inevitable, pues, que la música formara uno de los pilares del debut de Webb, con un currículum como el suyo, aunque el resultado final no sea perfecto, consigue momentos inteligentes. Sus noventa minutos recorren sin seguir la lógica del tiempo los 500 días de amor y desamor a través de los ojos de Tom. La nouvelle vague, Bergman, Allen, los cuentos de Disney o el cómic refuerzan los evidentes guiños cinéfilos y de cultura pop. Me quedo con la escena del cine con el propio Gordon-Levitt perdiendo una bergmaniana partida de ajedrez, esta vez frente a Cupido, o Deschanel como la Nana de Vivre sa vie. Elementos que ayudan a Webb en la construcción de una historia sobre el amor en el siglo XXI, en la que las parejas visten su casa de Ikea, el trabajo que se tiene -Tom escribe tarjetas de felicitación pese a que es arquitecto-no es con el que uno sueña y en el que a veces estar enamorado no significa conseguir a la chica. Quizá por ello los escenarios de esta historia sean un ascensor, un karaoke o una tienda de discos. Un puzzle hecho a base de saltos temporales que tanto los actores principales como los divertidos amigos secundarios ayudan a hacer más creíble. “Ahora sólo recuerdas las cosas buenas pero cuando mires al pasado no olvides recordar todas las partes”, afirma la particular “Pepito Grillo” de la cinta, una teenager con más madurez que el protagonista. Un todo que el espectador compartirá con él únicamente al final del metraje.
¿Estamos ante la nueva “Annie Hall”? No lo creo, pero habrá quien después de verla diga que es la película del año y quien enarbole algunos clichés (y un final algo flojo) como bandera de su crítica. No obstante, yo me quedo con lo bueno porque creo que dentro del género “comedia romántica” tiene un ritmo fresco que consiguió no sólo hacerme sonreír sino también hacerme cómplice. No es Annie Hall, sin embargo entretiene y el público disfrutará, seguro, de su banda sonora, igual que lo hicieron antes con películas como Algo en común (Zach Braff, 2004). Una selección de temas que une There is a light that never gets out de The Smiths, con Us o Hero de Regina Spektor o Sweet Disposition de The Temper Trap, entre otros muchos que acompañan a la perfección cada momento de la cinta. Como la voz en off advierte al principio no es una historia de amor, es una historia sobre el amor o -apunto- sobre cómo aprendemos a mirar para encontrarlo.

La venganza judía

Guardado en: Estrenos — Septiembre 24, 2009 @ 11:58 am

En una de las tramas surrealistas de la multitelevisada serie Los Simpson, Homer consigue convencer a Mel Gibson para que rehaga el “remake” de la película Caballero sin espada (Mr. Smith goes to Washington, Frank Capra, 1939), ya que la adaptación del australiano se ajustaba bastante al clásico de Capra y a Homer le aburría. La aportación de este descerebrado padre de familia se reduce a cambiar el parlamento del protagonista -que en la obra de Capra soltaba un idealista James Stewart ante el Senado estadounidense con el fin de despojar a la política del velo de corrupción que la cubría- por una demostración de violencia culminada con la decapitación del mismísimo presidente de los Estados Unidos.


Si el lápiz de Matt Groening puede frenar la corrupción política a base de tiros y patadas ¿por qué no va la cámara de Tarantino a cambiar el rumbo de la II Guerra Mundial? Mi intención no pasa aquí por crear paralelismos entre el dibujante y el cineasta. Sin embargo, es verdad que la construcción de realidad alternativa y tremendamente exagerada -llámese hiperrealidad, si se desea- de Tarantino parte, al igual que la serie, de iconos y momentos de la cultura contemporánea reconocibles, mezclado con grandes dosis de ironía y provocación. De la misma forma que es imposible ver a los Simpson como un retrato fiel de la familia de clase media americana, no se puede pretender ver Malditos Bastardos como un film bélico que se ajuste al rigor que largometrajes anteriores han hecho de la guerra, porque es que ni siquiera podríamos englobarla dentro de ese género. “Érase una vez en la Francia ocupada…”


El director de Pulp Fiction se traslada al París de los años 40, una Francia ocupada por el ejército nazi, que el grupo de bastardos capitaneados por Aldo “el Apache”, un Brad Pitt tremendamente gestual, se encargará de recuperar. A pesar de que Tarantino lleva desde Kill Bill alargando los diálogos -en los que poder lucir su inagotable agilidad mental- y los minutos de película, Inglorious basterds -las erratas ortográficas se derivan del “homenaje” a la película italiana Quel maledetto treno blindato, titulada en USA como The Inglorious Bastards- no es ni mucho menos aburrida. Con una clara facilidad para mezclar el humor más sarcástico con la violencia más desatada Tarantino teje una venganza judía desde diferentes frentes usando las armas que mejor conoce. Así, rescatando los conocimientos cinéfilos, artísticos o musicales de lo más profundo de su mente el realizador fabrica un producto nuevo marcado por su propio sello de transgresión. Y es que el tapiz que utiliza este enfant terrible del cine americano no se queda simplemente en las virtudes del género bélico sino que va más allá. De ahí que se permita el lujo de recurrir, como es habitual, a melodías totalmente anacrónicas en el contexto de la Francia ocupada -y encajarlas como nadie, como el gran momento final presidido por el tema Cat people de David Bowie-, a la cámara lenta, a planos congelados, a una larga lista de guiños históricos y cinematográficos e, incluso, a convertir a Hitler en una parodia al más puro estilo pop art.
Desde el primer capítulo de esta historia me hago cargo de que no voy a ver una peli “normal”, teniendo en cuenta que está dividida por capítulos, y que por el estilo de rodaje es más propio de un western, sobre todo, como dice el propio Tarantino, el spaghetti western. Y es que las primeras secuencias son para el protagonista absoluto de la cinta, el austríaco Christoph Waltz -que se llevó el premio al mejor actor en la última edición de Cannes por esta película- en la piel del coronel Hans Landa. Un sádico cultivado capaz de hablar cuantos idiomas se le pongan por delante (francés, inglés o italiano se unen a su lengua materna, el alemán) y congratularse por el mote de “cazajudíos” por el que se le conoce.
Hans Landa
Bueno, el primer capítulo sirve para presentarlo a él y para conocer también el origen de la venganza de Shoshanna, la auténtica heroína judía de la cinta, interpretada por la francesa Mélanie Laurent. El montaje es una vez más uno de los pilares fundamentales, junto a un excelente manejo del lenguaje audiovisual. La cámara recoge la angustia en los ojos de Shoshana mientras escuchamos la conversación de Landa con Goebbels. Hablando de Waltz y Laurent, no hace falta decir que el reparto coral es, a mi juicio, inmejorable. Cada uno de los bastardos, ese impagable Eli Roth (Death Proof) que compite en gestos con Brad Pitt, el atractivo y algo “esquizofrénico” Til Schweiger (Un conejo sin orejas) junto al resto de la tropa. O la bella Diane Kruger, protagonista de la escena en la taberna, uno de los momentos más absurdos y tarantinianos. Remarcables son también los esfuerzos idiomáticos de casi todo el casting, digo casi porque únicamente los bastardos de la tierra del tío Sam dominan una lengua, el inglés. “Quizá es una pregunta estúpida, pero ¿Hablan algún otro idioma a parte del inglés?” interroga Kruger a Pitt. La respuesta es no, y su consecuencia directa, una divertida escena en la que el teniente Aldo, con un fuerte acento del sur de Estados Unidos, intenta hacerse pasar por cineasta italiano mientras el villano Landa le insta, en un perfecto italiano, a repetir su nombre. Por cierto, el Navas estrenó la película en V.O.S. aunque la mantuvo sólo el fin de semana, recomiendo su visionado en este formato si el próximo viernes la sala vuelve a colgarla en cartel -en la versión doblada solo mantienen una parte del diálogo en versión original quedando muchas interpretaciones y chistes eclipsados-.
Definitivamene, Tarantino no pretende dar una lección de Historia, ni siquiera centrarse en el cine bélico al uso, de hecho, el único momento de conflicto armado lo vemos a través de otra película “El orgullo de la nación”, con Daniel Brühl en el papel del héroe de guerra Lo demás podría ocurrir en cualquier otro título de la filmografía de este cineasta.


Así es como deberíamos enfrentarnos a Malditos Bastardos, sabiendo que, al igual que el fake anterior, no es más que otra fantasía provocadora del director de Tennessee, otra pulp fiction.

Diario de un perdedor

Guardado en: General — Septiembre 15, 2009 @ 1:45 am

Faltan escasos días para la inauguración del mayor certamen dedicado al cine en el territorio nacional, el Festival de San Sebastián. Mientras, Venecia recoge ya los restos de la última edición de su Mostra. Desde el sábado los leones del palmarés del certamen dirigido por Marco Müller ya están en manos de sus propietarios, lo que no sabemos es cuánto tiempo tardarán en llegar las obras proyectadas en la Mostra a nuestras carteleras. Precisamente, este septiembre ha aterrizado en los videoclubs la ganadora del León de Oro del año pasado, The wrestler (El luchador, 2008) de Darren Aronofsky. En ella el director de Réquiem por un sueño convierte al actor Mickey Rourke en Randy “The Ram”, una vieja gloria de la lucha libre que intenta sobrevivir a las consecuencias físicas y psicológicas de esta actividad 20 años después de su éxito. A golpe de cámara Aronofsky construye los últimos momentos de luz de una estrella que lleva años apagándose. Una realización repleta de realidad sin artificios, con cámara al hombro y directo a los ojos del espectador cuyo único objetivo es reforzar la historia de un hombre que lucha por deshacerse de la soledad que inunda su vida.


El luchador es un retrato de esa América profunda en la que las segundas oportunidades no existen, donde las personas se levantan cada día para seguir peleando en la vida que les ha tocado aunque ya no les queden fuerzas para hacerlo. Individuos que desean aferrarse a algo pero han olvidado cómo hacerlo. Es imprescindible mencionar el excelente trabajo de un Rourke en renovado estado de lucidez, antítesis del personaje que encarna. Su conmovedora interpretación golpea al espectador con ternura y compasión y le valió una nominación a los Oscar -algo que no tiene porqué ser garantía de calidad pero que en este caso es el perfecto ejemplo del mito del Ave Fénix-. Remarcable es también el resto del reparto con Marisa Tomei y Evan Rachel Wood a la cabeza, en la piel de los motores de Randy, para bien o para mal. Sin duda, una extraordinaria pieza que además cuenta con la música de otro de New Yersey, Bruce Springteen, -Globo de Oro incluido- y que acompaña el camino de este perdedor que sólo vuelve a ser alguien frente al público, en el ring.