Bob Esponja ya no vive aquí
Los millones de litros de crudo vertidos en el Golfo de México desde el pasado abril o la velocidad a la que asciende la tasa de desaparición de especies al día parecen indicar que más que un grito de auxilio, Océanos (Oceans, 2010) es el testamento del mundo submarino. La última película de Jacques Perrin y Jacques Cluzaud no es el típico “documental de La 2″, aunque esté protagonizado por animales y eche mano de una profunda voz en off. Aquí el espectador abandona su tradicional vouyerismo y se sumerge en las profundidades del océano como un habitante más. La cámara-ojo se infiltra entre sus residentes en un cuidado trabajo de grabación que ha durado cuatro años, y que convierte este documental en el más caro de la historia de la no ficción. Con mayor proximidad que la que disfrutamos en “Fondo Bikini”, los responsables de Nómadas del viento (Le peuple migrator, 2001) muestran, a través de extraordinadinarias imágenes, la vida allí donde la mano del hombre no ha llegado… y la tragedia de los lugares donde el “hommo sapiens” sí lo ha hecho. Una diferencia que determina el devenir de las especies con el tiempo contado como la llama de una cerilla. No hay poesía cuando una mano firme corta la aleta a un tiburón recién cazado, para segundos después echar al escualo, todavía vivo, por la borda sin pestañear para que siga agonizando en el fondo del mar.
Sin embargo, más que un destino apocalíptico, Océanos mezcla la extrema belleza de un mundo submarino nunca visto, con la sensibilidad visual de las mejores obras del cine. Un poema audiovisual donde la naturaleza salvaje es la absoluta protagonista. Una pieza única que consigue trasladar al espectador la acción, el romance, el drama y la comedia de un mundo que se mueve con su propio lenguaje, el de los sentimientos.
La cámara de Perrin y Cluzaud, mejor dicho los cámaras -especializados en estas lides-, descubren la delicadeza de las ballenas, nadan a la velocidad de los delfines, captan la caza de las aves sumergiéndose en el agua como flechas, se infiltran en la guarida de los cangrejos, o en las peleas a pie de pista. Todo ello sin que la exquisitez de sus fotogramas cese en un metraje que deja sin respiración. El sonido ambiente y espectacular acompañado de una cuidada banda sonora conmueve a la vez que embellece un montaje hiperrealista.
La virtud de Océanos reside en todo lo anterior pero, sobre todo, en la creatividad de sus directores para ofrecer un documental que convierte en actores a los seres que filma, sin maquillaje ni atrezzo, que aboga a la conciencia de los espectadores mediante el denostado “mientras hay vida hay esperanza”, sabiendo que para que unos vivan otros deben morir. Así es la vida, la crueldad de la selección natural o la agresión del hombre. Un mundo donde la amabilidad de los Patricio o los Bob Esponja nunca existió pero sus habitantes también pueden enseñar el respeto por las especies marinas.
El Cine aúna diferentes campos artísticos, literatura, teatro, pintura, fotografía… todos ellos combinados con la tecnología, por supuesto, pero se hace necesario un equilibrio. Ejemplos de ese equilibrio los hay y muchos. Kubrick y su 2001: Una odisea en el espacio (1968, 2001: A Space Odyssey) también rompió moldes por sus efectos especiales y cuenta con unas imágenes que más allá de su espectacularidad, poseen una profundidad conceptual que la hace objeto de diversas lecturas, algo de lo que la cinta de Cameron carece. Otro equilibrio menos lejano y llamativo es El secreto de sus ojos, de Juan José Campanella, que tiene posibilidades de llevarse una 



