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La venganza judía

Guardado en: Estrenos — 24 Septiembre 2009 @ 11:58

En una de las tramas surrealistas de la multitelevisada serie Los Simpson, Homer consigue convencer a Mel Gibson para que rehaga el “remake” de la película Caballero sin espada (Mr. Smith goes to Washington, Frank Capra, 1939), ya que la adaptación del australiano se ajustaba bastante al clásico de Capra y a Homer le aburría. La aportación de este descerebrado padre de familia se reduce a cambiar el parlamento del protagonista -que en la obra de Capra soltaba un idealista James Stewart ante el Senado estadounidense con el fin de despojar a la política del velo de corrupción que la cubría- por una demostración de violencia culminada con la decapitación del mismísimo presidente de los Estados Unidos.


Si el lápiz de Matt Groening puede frenar la corrupción política a base de tiros y patadas ¿por qué no va la cámara de Tarantino a cambiar el rumbo de la II Guerra Mundial? Mi intención no pasa aquí por crear paralelismos entre el dibujante y el cineasta. Sin embargo, es verdad que la construcción de realidad alternativa y tremendamente exagerada -llámese hiperrealidad, si se desea- de Tarantino parte, al igual que la serie, de iconos y momentos de la cultura contemporánea reconocibles, mezclado con grandes dosis de ironía y provocación. De la misma forma que es imposible ver a los Simpson como un retrato fiel de la familia de clase media americana, no se puede pretender ver Malditos Bastardos como un film bélico que se ajuste al rigor que largometrajes anteriores han hecho de la guerra, porque es que ni siquiera podríamos englobarla dentro de ese género. “Érase una vez en la Francia ocupada…”


El director de Pulp Fiction se traslada al París de los años 40, una Francia ocupada por el ejército nazi, que el grupo de bastardos capitaneados por Aldo “el Apache”, un Brad Pitt tremendamente gestual, se encargará de recuperar. A pesar de que Tarantino lleva desde Kill Bill alargando los diálogos -en los que poder lucir su inagotable agilidad mental- y los minutos de película, Inglorious basterds -las erratas ortográficas se derivan del “homenaje” a la película italiana Quel maledetto treno blindato, titulada en USA como The Inglorious Bastards- no es ni mucho menos aburrida. Con una clara facilidad para mezclar el humor más sarcástico con la violencia más desatada Tarantino teje una venganza judía desde diferentes frentes usando las armas que mejor conoce. Así, rescatando los conocimientos cinéfilos, artísticos o musicales de lo más profundo de su mente el realizador fabrica un producto nuevo marcado por su propio sello de transgresión. Y es que el tapiz que utiliza este enfant terrible del cine americano no se queda simplemente en las virtudes del género bélico sino que va más allá. De ahí que se permita el lujo de recurrir, como es habitual, a melodías totalmente anacrónicas en el contexto de la Francia ocupada -y encajarlas como nadie, como el gran momento final presidido por el tema Cat people de David Bowie-, a la cámara lenta, a planos congelados, a una larga lista de guiños históricos y cinematográficos e, incluso, a convertir a Hitler en una parodia al más puro estilo pop art.
Desde el primer capítulo de esta historia me hago cargo de que no voy a ver una peli “normal”, teniendo en cuenta que está dividida por capítulos, y que por el estilo de rodaje es más propio de un western, sobre todo, como dice el propio Tarantino, el spaghetti western. Y es que las primeras secuencias son para el protagonista absoluto de la cinta, el austríaco Christoph Waltz -que se llevó el premio al mejor actor en la última edición de Cannes por esta película- en la piel del coronel Hans Landa. Un sádico cultivado capaz de hablar cuantos idiomas se le pongan por delante (francés, inglés o italiano se unen a su lengua materna, el alemán) y congratularse por el mote de “cazajudíos” por el que se le conoce.
Hans Landa
Bueno, el primer capítulo sirve para presentarlo a él y para conocer también el origen de la venganza de Shoshanna, la auténtica heroína judía de la cinta, interpretada por la francesa Mélanie Laurent. El montaje es una vez más uno de los pilares fundamentales, junto a un excelente manejo del lenguaje audiovisual. La cámara recoge la angustia en los ojos de Shoshana mientras escuchamos la conversación de Landa con Goebbels. Hablando de Waltz y Laurent, no hace falta decir que el reparto coral es, a mi juicio, inmejorable. Cada uno de los bastardos, ese impagable Eli Roth (Death Proof) que compite en gestos con Brad Pitt, el atractivo y algo “esquizofrénico” Til Schweiger (Un conejo sin orejas) junto al resto de la tropa. O la bella Diane Kruger, protagonista de la escena en la taberna, uno de los momentos más absurdos y tarantinianos. Remarcables son también los esfuerzos idiomáticos de casi todo el casting, digo casi porque únicamente los bastardos de la tierra del tío Sam dominan una lengua, el inglés. “Quizá es una pregunta estúpida, pero ¿Hablan algún otro idioma a parte del inglés?” interroga Kruger a Pitt. La respuesta es no, y su consecuencia directa, una divertida escena en la que el teniente Aldo, con un fuerte acento del sur de Estados Unidos, intenta hacerse pasar por cineasta italiano mientras el villano Landa le insta, en un perfecto italiano, a repetir su nombre. Por cierto, el Navas estrenó la película en V.O.S. aunque la mantuvo sólo el fin de semana, recomiendo su visionado en este formato si el próximo viernes la sala vuelve a colgarla en cartel -en la versión doblada solo mantienen una parte del diálogo en versión original quedando muchas interpretaciones y chistes eclipsados-.
Definitivamene, Tarantino no pretende dar una lección de Historia, ni siquiera centrarse en el cine bélico al uso, de hecho, el único momento de conflicto armado lo vemos a través de otra película “El orgullo de la nación”, con Daniel Brühl en el papel del héroe de guerra Lo demás podría ocurrir en cualquier otro título de la filmografía de este cineasta.


Así es como deberíamos enfrentarnos a Malditos Bastardos, sabiendo que, al igual que el fake anterior, no es más que otra fantasía provocadora del director de Tennessee, otra pulp fiction.

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